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Sin rumbo no hay Remes, Lacunzas ni Lavagnas

Cuando estaba en el Congreso, Gustavo Petro acusó en una sesión especial en 2007 al entonces presidente de Colombia, Álvaro Uribe, de ser cómplice de matanzas a mano de paramilitares. Mostró ante los ojos del país documentos que por ejemplo revelaban que en una quinta propiedad de Sociedad Inversora Uribe Vélez se juntaban referentes de organizaciones armadas extraoficiales que hacían inteligencia y brindaban "seguridad mafiosa" a la población, que padecía el narcotrafico.

Más tarde, ya en 2019, cuando le tocó estar en el Senado, el ex presidente Uribe protagonizó un día una alocución encendida contra Petro en la que le hizo referencia a su pasado como guerrillero del M19. Cuando concluyó, los micrófonos captaron sus gritos directos al hoy presidente electo: "¡Sicario, sicario, sicario!".

A pesar de todo esto, la semana pasada, el referente de la izquierda que acaba de ganar las elecciones y asumirá el 7 de agosto y el líder de la fuerza de derecha que venía de imponerse en 8 de las últimas 10 elecciones se juntaron, hablaron y se sacaron una foto juntos.

O sea: dos tipos que se acusaron de asesinos a lo largo de su vida e incluso en la reciente campaña se dijeron desde autoritario hasta lavador de guita, vieron el quilombo de una sociedad dividida, con problemas económicos y profundos dramas sociales y dijeron ¿che, nos juntamos? "Dale".

Acá, sin embargo, el domingo no había ministro de Economía, la incertidumbre era total sobre la administración central de un país con el 70% de inflación y dólares paralelos en $ 250 y los integrantes de la mismísima fórmula presidencial no se dignaban a hablarse.

Un delirio y una irresponsabilidad tales que tuvo que ocurrir un llamado de una dirigente de los derechos humanos que se dedica a recuperar nietos secuestrados para recuperar el diálogo entre el presidente Alberto Fernández y la vice que lo había designado para encabezar la fórmula, Cristina Fernández.

Así, la noticia nacional un día después fue que morfaron juntos. Pero no hubo foto, tuit, declaración de la portavoz o nada. Nadie sabe que hablaron ni por teléfono el domingo ni en la cena del lunes, y eso que tienen en sus manos hacia donde vamos.

Y sería interesante blanquear las diferencias y sobre todo -si hubiera- los nuevos acuerdos. Porque algo terminó de quedar recontra claro este fin de semana: para armar el Frente de Todos, Cristina se volvió a juntar con los que siempre le marcaron errores económicos en sus mandatos, pero sin dejar de pensar en su fuero íntimo que en realidad lo que le critican los considera sus sus virtudes.

El caso testigo: el manejo de las tarifas y los subsidios, pero es un drama que se podría extender a las tasas de interés o el manejo del gasto público. Para ganarle a Mauricio Macri re va. Pero hace imposible gobernar.

Por eso nadie nunca con ilusión de hacer algo con impronta propia iba a agarrar el cargo que dejó Martín Guzmán por Twitter el sábado mientras hablaba la vicepresidenta, en otra que no imaginó ni Netflix.

De hecho, en más de un despacho pesuti el dato de que Sergio Massa siga en la Cámara de Diputados y no haya entrado al gabinete resultó más fuerte que el mismísimo nombre de la flamante ministra sin Copa Libertadores, Silvina Batakis. Como si hubiera sido un sello de que no hay mucho por hacer, como si esto fuera un escalón de una crisis que está en proceso.

En la comparación histórica del casting de ministros en definitiva nadie quiso ser el Hernán Lacunza que entró cuando se le quemaba el rancho a Macri, porque además queda mucho más tiempo que aquellos cuatro meses finales de 2019.

Y porque, además, el riesgo de ser el Jorge Renés Lenicov de la tarea sucia con Eduardo Duhalde es muy alto. Todos quisieran ser el Roberto Lavagna que llega después desde Bruselas en 2002 y entona la papada para anunciar el inicio de la reactivación. ¿Cómo iba a agarrar su hijo Marco, que la vio de primera?

Igual, la pregunta en torno a los nombres o respecto de qué hará Batakis o quien fuere es de segundo orden si no sabemos qué arreglaron o no Alberto y Cristina, o si al menos terminará en algún momento el Burlando al Presidente Tour que hace la vice, que está metiendo más fechas que Coldplay.

¿Es una estrategia de demolición adrede? ¿Nadie se pregunta si un político puede resistir que lo bardeen así al infinito? ¿Es compatible semejante delirada con pedirle al mismo tiempo que lidere un proceso económico para que no termine todo horrible? ¿En qué página del libro de Juan Carlos Torre hay algo similar?

En las horas en que el riesgo país bate récords, los dólares paralelos buscan sosiego tras la disparada a $ 280 y todo parece atado con alambre, dos comentarios en off y uno en on desde el corazón del establishment. Un financista optimista asegura en el WhatsaApp que estamos "mejor que el viernes" porque volvió el diálogo en el Gobierno y porque Batakis no tiene "la arrogancia del que se fue", por lo que no le van a trabar "tanto" la política energética.

Otro, más pesimista, en cambio, cree que el nuevo equipo no podrá refinanciar la deuda en pesos, que habrá más emisión desde el Banco Central y que nos acercamos a las puertas de una híper.

Desde la Televisión Pública, en tanto, el CEO de Syngenta, Antonio Aracre, de diálogo con Fernández y alguna vez hasta con Cristina, sugirió está semana aumentar de una vez un 20% el dólar oficial para luego congelarlo y encarar un mini plan de estabilización.

Será cuestión de que alguien informe algo sobre qué pasa con el diálogo entre el Presidente y la vice, como se difundió al detalle el encuentro Petro-Uribe, que subrayaron el "diálogo franco" con diferencias y buena leche. O habrá que ir a Abuelas de Plaza de Mayo.

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