Mucho se ha hablado de la perspicaz capacidad de Milei de darse cuenta de lo que la gente demandaba cuando él llegó al poder (bajar la inflación) y de lo inteligente que fue este Gobierno en capitalizar políticamente los buenos resultados obtenidos en la materia. Pero esa perspicacia y esa inteligencia pueden convertirse en miopía y desacople si el mismo presidente pierde la sensibilidad de darse cuenta de que las demandas han cambiado.

¿Alguien puede decir que el problema de la inflación está solucionado en la Argentina? No, claro que no. Menos con cinco meses de inflación consecutivamente al alza. La Argentina sigue siendo el país con la inflación más alta de la región después de Venezuela, y está lejos de la inflación anual de un dígito que tiene la gran mayoría de los países. Pero curiosamente la inflación ha dejado de ser, hace ya varios meses, el principal problema de los argentinos.

Habría que pensar en Daniel Kahneman y su teoría de las perspectivas para entender ese fenómeno. Viendo de dónde venimos, se entiende por qué la inflación preocupa. Pero también se puede observar la naturaleza del proceso económico en curso, para comprender que la inflación es un síntoma de muchos otros problemas por resolver, y que ella puede haber sido la urgencia que escondía otros problemas más estructurales e igual de preocupantes por atender.

Cuando el argentino reclamaba bajar la inflación, en realidad estaba reclamando resolver un problema más estructural: el nivel de ingresos. En los regímenes de alta inflación se hace difícil que los ingresos puedan perseguir a los precios, y ello hace que se conviva con una permanente pérdida del poder adquisitivo, lo que los vuelve insoportables para el bolsillo de los ciudadanos.

El bolsillo ya no mira solo los precios: ahora preocupan más el empleo y los ingresos.alizadelgun

Y algo de eso estamos viendo en materia de preocupaciones. Hoy la inflación ha dejado de ser la principal preocupación económica, que han pasado a ser los Bajos Ingresos y el Desempleo. La gente reconoce la baja de la inflación como un logro del Gobierno, pero hoy le reclama solucionar el problema estructural que está detrás de la inflación: la mejora de los ingresos. Sumado a que el estancamiento económico hace que también haya emergido la preocupación por el empleo.

Nadie dijo que el problema era sencillo de resolver. Pero llevado al extremo, uno no puede apagar la economía para terminar con la inflación. Es decir, desvestir a un santo para vestir a otro no es la forma sustentable de resolver el problema. Y algo de esa tensión está apareciendo en la dinámica económica.

La inflación ha descendido desde niveles estratosféricos, los ingresos se recuperaron parcialmente del primer cimbronazo de acomodamiento de precios relativos, pero han quedado rezagados. Y ello repercute en el consumo, en los niveles de actividad, e indirectamente en el nivel de empleo. Los sectores más mano de obra intensivos son los que vienen más rezagados en términos de actividad: construcción, industria y comercio.

La pregunta a hacerse es si el Gobierno está siendo sensible, políticamente hablando, a este cambio en las demandas. Y la respuesta que uno está invitado a esbozar es que no. Es más, la sensación es que si uno le ofreciese a Milei elegir entre dos beneficios posibles, bajar más la inflación de lo esperado, o tener más actividad económica de lo esperado, el propio Presidente nos invita a pensar que claramente elegiría lo primero. De hecho, se expuso públicamente a una promesa que parece ambiciosa de cumplir: en agosto la inflación empezará con “0”.

Uno podría pensar que nunca es mal negocio perseguir un objetivo que es deseable por todos. Todos los argentinos quisieran que la inflación sea “0”. Pero lo que parece inteligente, puede dejar de serlo si para lograrlo se debe perjudicar a otros objetivos que la gente hoy demanda más que bajar la inflación.

Si para bajar la inflación a cero hay que seguir retrasando los salarios y afectar con ello los niveles de consumo y actividad económica, entonces bajar la inflación a cero deja de ser un objetivo inteligente. Esta es la encrucijada en la que está el programa económico de Milei. La de ser sensibles a las demandas ciudadanas, o ser sensibles al deseo del gobernante.

Es cierto que una inflación de un dígito sería una gran noticia para la economía, pero los programas económicos deben buscar siempre su propia sustentabilidad. Bajar la inflación recesionando de más la economía (si se permite la figura), podría ser una solución subóptima pensando en la necesidad que tiene todo programa económico de buscar que la gente siga acompañando con el esfuerzo su implementación. Y para ello, no queda más que atender las demandas ciudadanas.

Y esas demandas parecen haber cambiado. Hoy la gente no dice que la inflación está solucionada, pero dice que está necesitando sentir que mejora sus ingresos (y su calidad de vida) y necesita sentir que no hay grandes posibilidades de perder el empleo o perder su fuente de ingreso. Dicho de otro modo, la opinión pública parece hoy más permeable a tolerar estos niveles de inflación, pero experimentar algo de recuperación en su poder adquisitivo.

Con un agravante para el Gobierno. Hasta el 10 de diciembre pasado, Milei tenía la excusa de que no podía gobernar. Que el resto de los actores se dedicaban a ponerle palos en la rueda y que él no podía tomar grandes decisiones. Eso cambió rotundamente en esta segunda mitad de mandato como consecuencia del resultado electoral.

Hoy Milei es un presidente que puede tomar decisiones. Tiene muchos más márgenes de acción, pero asumirá mucha más responsabilidad sobre los resultados de esas decisiones. Lo que el Gobierno haga o deje de hacer, determinará el curso de los acontecimientos. Por ello mismo, si Milei pudo identificar la demanda ciudadana al inicio del ciclo, deberá tener la inteligencia y astucia para saber identificar que las demandas han cambiado. De ello dependerá en buena medida, el éxito de su búsqueda por la reelección.