En los próximos 50 días tres países decidirán el rumbo del orden político global. Lo que resuelvan impactará en sus regiones y en todo el mundo. La dinámica internacional de los últimos tres años podría acelerarse o cambiar. Eso se juega en Brasil el 4 de octubre, Israel el 27 y Estados Unidos el 3 de noviembre.
Brasil
Son las presidenciales más decisivas en mucho tiempo en América Latina. A los 80 años, Lula va por un récord: cuatro mandatos, el segundo después de la cárcel. Último sobreviviente de la vieja guardia de la izquierda continental, defiende un legado desacreditado en la región pero aún vigente en Brasil.
Enfrente está Flávio Bolsonaro, heredero de su padre, condenado a 27 años por intento de golpe de Estado e inhabilitado para competir. Fue siempre el más político de la familia y mostró mayor solvencia que Jair. Propone más desregulación y apertura y revertir el alineamiento que desde hace 20 años acerca a Brasil a China y lo aleja de EEUU.
Una elección encaminada hacia Lula se empató. Nexus/BTG Pactual le asigna 46% a Flávio y 45% a Lula en segunda vuelta. El promedio marca 45% para ambos. Habrá balotaje: Lula cayó a 39%, lejos del 50% necesario, y Bolsonaro subió a 34%. Con 8% aparece la revelación: el psiquiatra y escritor Augusto Cury.
El cambio coincide con el desgaste del escándalo por el financiamiento de Dark Horse por Daniel Vorcaro, preso por la mayor estafa bancaria. Lo taparon las investigaciones contra Lulinha y la relación entre Vorcaro y Alexandre de Moraes, el juez que mandó a la cárcel a Jair y hoy es sospechado de ayudar al ex dueño del Banco Master.
Una victoria de Lula ratificaría que el giro regional a una derecha proestadounidense encuentra un límite en Brasil y confirmaría su vuelco hacia los BRICS. Para Argentina implicaría, según lo que pase con Milei el año que viene, entre uno y cuatro años más de invierno diplomático y agravar la crisis del Mercosur.
Una victoria de Bolsonaro sería un golpe mayor. Para Trump implicaría la conquista de todo el continente, salvo Canadá —México depende estructuralmente de Estados Unidos—, y plantearía si Brasil puede volver al redil. Sería un problema para Xi Jinping. Para Argentina galvanizaría la relación y el Mercosur. Pero un Brasil alineado a Washington podría bajarle el precio relativo al alineamiento argentino.
Israel
Las elecciones en Israel serán seguidas como nunca. Netanyahu cambió la dinámica de Oriente Medio tras la masacre del 7 de octubre, dividió a la política israelí y rompió con buena parte de sus aliados occidentales.
Su principal rival es Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa. La muerte de su hijo de 25 años combatiendo en Gaza en diciembre de 2023 lo impulsó hasta posicionarlo como favorito.
La última encuesta de Lazar Research para Maariv lo muestra primero pero lejos de la mayoría. Yashar obtendría 25 de las 120 bancas de la Knéset y el Likud 20.
Eisenkot podría ser primer ministro si acuerda con los ex premiers Bennett y Lapid y otros espacios anti-Netanyahu. La incógnita es si podrá formar mayoría sin Ra’am, el partido árabe de Mansour Abbas, cuya incorporación haría más inestable al gobierno. Netanyahu apuesta a un bloqueo que fuerce otra elección.
Un gobierno de Eisenkot tendría menos incentivos para prolongar guerras, pero no cambiaría la política de Defensa frente a Gaza, Cisjordania, Líbano o Irán. Sí abriría una oportunidad para desescalar si la Casa Blanca apostara por ese camino y recomponer vínculos con Occidente. Para Argentina no cambiaría nada: Milei es el político más popular de Israel y se alinea con el Estado, no con Netanyahu.
Estados Unidos
No está en juego el gobierno, pero es la más decisiva de las tres elecciones. Nunca antes un presidente había ejercido el poder de la mayor potencia militar y económica como Trump desde el 20 de enero de 2025. Eso fue posible porque tuvo mayoría en ambas cámaras, algo que podría terminar el 3 de noviembre.
Se ponen en juego las 435 bancas de la Cámara de Representantes. Trump convirtió estos comicios en un referéndum sobre su mandato. Aun si fuera muy popular, la tendría difícil.
Tiene apenas cuatro bancas de mayoría. Las últimas cinco midterms muestran que, en promedio, el partido del presidente pierde 31,2. El único que sumó en este siglo fue Bush en 2002: ganó 8 con una aprobación del 66% y el 11-S todavía fresco.
Trump tiene 39,6% de aprobación y 57,1% de desaprobación. Con un respaldo similar, en 2018 perdió 41 bancas. Los sondeos nacionales dan 48,1% a los demócratas y 42,3% a los republicanos. Las probabilidades de conservar ambas cámaras son bajísimas.
La duda está en el Senado, donde los republicanos tienen una mayoría de seis. El partido del presidente puede sumar: le pasó a Biden en 2022 y a Trump en 2018. Ahora podría perder hasta 3 y mantener el control: un 50-50 le daría el desempate al vicepresidente JD Vance.
La mirada está puesta en ocho estados muy parejos. En seis los republicanos ponen en juego su escaño y en las otras tres los demócratas, que en la mayoría aventajan por menos que el margen de error. Trump se aferra a un dato: desde 2016 los encuestadores subestimaron el voto republicano.
Un Congreso dividido sería una buena noticia para Trump. No tendría vía libre legislativa, pero podría neutralizar a los demócratas, consolidar las transformaciones iniciadas hace un año y nueve meses y promover a un sucesor. Para Milei sería el mejor escenario: un aliado en condiciones de seguir premiando la lealtad como en las elecciones del año pasado y en Malvinas.
El peor escenario sería que un Partido Demócrata corrido a la izquierda controle ambas cámaras. Sus iniciativas quedarían comprometidas y la amenaza de un tercer impeachment se dispararía. Entonces sí cambiaría el juego político global. El hombre más poderoso del mundo quedaría con la pólvora mojada, asediado dentro y fuera. En ese mundo, un gobierno de Milei en problemas podría no tener quién le arroje un salvavidas.