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La nueva realidad se hace carne

"Fuerte", se sorprendió Héctor Huergo, histórico periodista del campo. Mario Ravettino, el titular del Consorcio Exportador de Carnes Argentinas, acababa de exponer este martes con una crudeza poco habitual la propuesta de su espacio para el futuro del sector: que se consuma menos carne vacuna en los hogares argentinos y se destine más al mercado de exportación.

Su explicación en el marco de un encuentro sobre agroindustria convocado por el holding Clarín fue que viene cayendo tanto el poder adquisitivo de la población en términos de asado y afines que no vale la pena intentar volver a los 65 kilos per cápita por año de carne vacuna que en algún momento se comieron, sino más bien que la apuesta tiene que ser que la ingesta promedio baje más, de los casi 48 kilos en los que se encuentra hoy, hasta un nivel de unos 40 kilos por habitante por año, según puntualizó el empresario.

"Más allá del veganismo, hoy un kilo de carne equivale a cuatro kilos de pollo, así que si apuntamos al mercado doméstico, el desarrollo de la cadena cárnica no va a venir", añadió. Chau milanesa de nalga, hola suprema. Al mismo tiempo, pidió levantar todo tipo de cupos o las restricciones sobre el comercio exterior.

"Brasil es el principal exportador de carnes del mundo y ahí el consumo per cápita ronda los 16 kilos por habitante por año" ejemplificó. Cuando el escozor subía por la espalda de los presentes en el auditorio del MALBA, que igualmente no son de los que miden el gasto en las carnicerías, alguno se imaginó una irrupción de la feijoada como comida nacional en la Argentina.

Pero ahí, Ravettino aclaró: "Nosotros estamos planteando ir a 40 kilos por habitante" y remarcó que la idea siempre es garantizar "proteínas animales de calidad" para los argentinos.

No es nuevo que los exportadores pidan más juego en detrimento del mercado interno. Lo que sorprendió incluso a comunicadores del palo es que se expusieran números tan fuertes que revelan pensamientos descarnados (cuac) de un sector empresario pero también un punto de partida del deterioro social para lo que venga.

Sobre todo porque se trata de una sociedad en la que conviven el paradigma del consumo de carne como sello de bienestar con una caída constante de capacidad de compra en términos de kilos, producto de la aceleración de los precios y la licuación sostenida de los salarios desde 2018 hasta acá.

Durante los cuatro años del gobierno de Cambiemos, el consumo de carne por habitante por año cayó de 58 kilos a 46,1 en junio de 2019, según recuerda la consultora PxQ. Tras una recuperación a los 52,7 kilos hacia junio de 2020 que prácticamente se mantuvo igual para junio de 2021 (52,9 kilos), hoy estamos asistiendo a un derrumbe en picada, ya que hablamos de carne: para el sexto mes de este año estábamos en 47,7 kilos, casi 10% menos que doce meses atrás.

Más allá de las chicanas sobre la parrilla que lloraba esperando la vuelta del peronismo y que ahora sigue moqueando, hay una discusión pendiente sobre cómo la Argentina puede cabecear los centros que le tira un mundo ávido de comida en medio de reacomodamientos de todo tipo al calor de enfrentamientos bélicos a la salida de la pandemia.

Sobre todo porque estamos hasta las manos por no tener dólares y cada posibilidad de colocar mercadería en el mundo es agua en el desierto.

El tema es que son oportunidades que llegan en un momento de una situación de ingresos ultradelicada, marcada por un empobrecimiento sin estallido hace cinco años (crucemos los dedos) que desafía a todos los que se suben a este toro mecánico de variables macroeconómicas que hay que alinear, desde la brecha entre el dólar oficial y los paralelos hasta las tarifas de los servicios públicos.

Si un sindicalista de los pilotos de Aerolíneas Argentinas responde "que ajusten a Moria" cuando le tocan su fondeo, imaginate lo que se caldeará la cosa entre los trabajadores informales.

Es un jenga que da vértigo. Sobre ese contexto se viven días decisivos para los esfuerzos de un ministro que sumó carteras pero que, lejos de ser "super", hoy trata apenas de resistir el desgaste de un Frente de Todos que te chupa para abajo.

Sergio Massa, al frente de Economía, Producción y Agricultura, ahora con control de Energía pero sin viceministro y con un manejo compartido del Banco Central, lucha aunque sea para salir empatado en el mercado de cambios. Los dólares se van.

Todos le hacen los cálculos de los días que le quedan de reservas líquidas, y ese estado de cosas conspira contra su intento de convencer a exportadores de que larguen las divisas a algún tipo de cambio algo mejor que el oficial pero por debajo de los $ 300.

La pregunta se repite: ¿podrá esquivar una devaluación formal? Los escenarios en caso de que lo haga son dolorosos. Inflación de tres dígitos. Recesión. El bife, más lejos aún. El riesgo de que trate de evitarlo y la cosa se descontrole peor más adelante, también asusta. No está claro si hay un escenario posible de costos cero.

Con ese marco tan complicado se te llenan de cosquillas los esfínteres cuando ves la agenda de los principales referentes de la política, muy en cualquiera. El mambo de Cristina Kirchner es Twitter, causas judiciales y lawfare, sin nada para decir sobre los privilegios para Lázaro Báez en obra pública. Mauricio Macri, en tanto, mamadera, nunca explica su cercanía con funcionarios judiciales compañeros de deportes mientras ve censuras y persecuciones en medios con un solo ojo.

De yapa, Elisa Carrió, desde la Coalición Cívica, tira acusaciones dentro de su espacio de que hay gente que apaña a narcos o que mete amantes en listas electorales, en un tono que deja los cruces de La Cámpora en su momento con Guzmán casi como peleas infantiles.

Al final, hoy el que menos jode es Alberto Fernández, el presidente que se duerme un ratito en la asunción de un colega en Colombia, tal vez soñando con que todo pase.

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