A diferencia de otras columnas, en las que mi impulso es volcar al papel una opinión sobre temas de mi especialidad forjada a lo largo de más de tres décadas de experiencia profesional internacional, en esta oportunidad la motivación es distinta: intentar justificar la supremacía de lo natural por sobre lo artificial en tiempos de avance acelerado de la Inteligencia Artificial (IA).

En efecto, la IA avanza aceleradamente en el ámbito jurídico. En distintas jurisdicciones ya se la utiliza para analizar precedentes, predecir resultados procesales e incluso asistir en la redacción de sentencias.

Sin embargo, cuando trasladamos esta discusión al derecho bancario y financiero internacional, la pregunta deja de ser meramente tecnológica y se vuelve estructural: ¿puede una IA interpretar normas de múltiples países y -al mismo tiempo- comprender la lógica real del mercado financiero?

Distinto de otros ámbitos del derecho, el financiero internacional no se construye únicamente sobre normas positivas. Conviven allí leyes locales, tratados internacionales, regulaciones prudenciales, estándares de organismos multilaterales y, quizás más importante aún, prácticas de mercado no escritas.

En este ecosistema normativo multinivel, una decisión jurídicamente correcta puede resultar económicamente inviable, y una solución financieramente eficiente puede derivar en un riesgo regulatorio o reputacional inaceptable.

La Inteligencia Artificial es particularmente eficaz para procesar grandes volúmenes de información normativa, puede identificar conflictos de leyes, comparar regímenes regulatorios y detectar precedentes relevantes en múltiples jurisdicciones. En ese sentido, su aporte es indiscutible. Pero interpretar no es simplemente correlacionar datos.

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En el ámbito bancario y financiero, muchas decisiones se adoptan considerando factores que no figuran en ninguna norma: ¿cómo reaccionará un regulador frente a determinada estructura?, ¿qué nivel de riesgo reputacional tolerará un banco o bróker intermediario?, o ¿en qué contexto geopolítico se aplica una regla aparentemente neutral?.

Ese conocimiento “artesanal”, ese “olfato” especial, a menudo denominado en la jerga “scarred lawyer” (abogado con cicatrices), se adquiere con experiencia, con crisis financieras, con sanciones regulatorias y con memoria institucional.

Y la IA carece de ese elemento esencial. No tiene vivencia del riesgo, no comprende el impacto sistémico de una decisión ni asume responsabilidad por sus consecuencias. Puede sugerir interpretaciones, pero no ponderar el costo político, económico y reputacional que una determinada interpretación legal-fiscal puede generar.

Por ello, pensar en la IA como sustituto de un scarred lawyer o de un regulador, constituye un error conceptual. Su verdadero valor reside en potenciar el criterio humano y no en reemplazarlo.

En un mundo donde la regulación financiera es cada vez más compleja y transnacional, la tecnología puede ser una aliada poderosa, pero la decisión final seguirá dependiendo de la capacidad humana para interpretar contextos, anticipar reacciones y asumir responsabilidades.

En definitiva, la Inteligencia Artificial puede reemplazar tareas, pero no reemplaza el criterio. Y en el derecho bancario y financiero internacional, el criterio continúa siendo (aún) el activo más valioso.