ANÁLISIS

Colombia: el uribismo en su laberinto

Tras nueve días de furia, no cayó ningún miembro de la clase política, sólo personas de a pie. Sin tango ni Gardel, llegó otro clásico argentino: la devaluación. ¿Es esta crisis un viaje al futuro inmediato de la región?

La Atenas sudamericana, como se la conoce a Bogotá, ahora en llamas, bien podría retrotraernos en el tiempo a abril de 1948. Al "Bogotazo", como se dio en llamar aquellos disturbios que sucedieron al asesinato del líder político Jorge Eliécer Gaitán. Pero hasta aquí, después de nueve días de destruirlo todo, incluso la vida de por lo menos 24 personas, no ha caído ningún miembro de la clase política. Sólo personas de a pie. Armadas de esa ira que se fue acumulando con el correr del tiempo y la larga colección de desigualdades generadas por el poder y sus distintos estamentos e intérpretes.

Le sobró tiempo, y una pandemia, al establishment para cargar las baterías del hartazgo social. Una bronca que, hasta no hace mucho tiempo, canalizaban las guerrillas y otros generadores de esa violencia que caracteriza al país, casi, desde siempre. Desde los enfrentamientos entre liberales y conservadores en 1860, por fijar tan sólo una fecha.

Una sociedad, la colombiana, acostumbrada a tolerar a una elite política a la que el país se le termina en el muy bogotano Parque de la 93. Y con un Estado que, cuando no está ausente, suele hacer la vista gorda. Cuando no por la falta de infraestructura o seguridad, por la represión en todas sus formas o la desaparición de personas, como se ha denunciado en los últimos días. Denuncias que ya provocaron la reacción de las Naciones Unidas (UE) y la Unión Europea (UE), que consideran el accionar policial de "desproporcionado".

La figura de Iván Duque no sólo sintetiza a esa clase política sino también al delegado directo de la versión local del caudillismo regional, corporizado en la figura de Álvaro Uribe. Un caudillismo que en América Latina goza de los rasgos genéticos del camaleón ideológico. Puede parecer de derecha, o bien mostrarse de izquierda pero sólo lo motoriza el poder con el autoritarismo como todo combustible.

Mientras la protesta social rodeaba a Duque, hasta hacerle arrojar la ansiada reforma fiscal en la salamandra, fue su jefe, Uribe, el que desde Twitter lanzaba gasolina en la hoguera: "Apoyemos el derecho de los soldados y policías de utilizar sus armas para defender su integridad y para defender a las personas y bienes de la acción criminal del terrorismo vandálico..."

Horas después, fue Twitter quien le pidió al ex presidente que borrase ese mensaje que "glorificaba" la violencia.

El uribismo acorralado

Uribe y su delegado, Duque, necesitan urgentemente paliar el endeudamiento fiscal agravado por los efectos financieros de la pandemia. Era de manual que en esta, la tercera reforma en menos de dos años, iban a ampliar la masa de contribuyentes a los sectores medios y bajos. Esperaban recaudar con ella, más de u$s 6300 millones, que ahora no llegarán. Los mercados lo saben y el dólar ya comenzó su escalada.

Postales argentinas. Como ya no hay tango ni Gardel, para hacer de Medellín una sucursal del Abasto, Uribe, el paisa más famoso del mundo después de Pablo Escobar, les trajo otro clásico de la cultura popular argentina: la devaluación monetaria.

Así entre barricadas y saqueos, Duque se quedó sin ministro de Economía, y los líderes de la protesta ya lo descubrieron flojo de mandíbula y le apuntan al mentón. Hasta lo emplazan a dejar de lado la reforma de salud y le acercan una lista de demandas que van desde los cupos en la Universidad hasta cuestiones de género.

Los sectores populares ya le habían tomado el pulso, estudiado, allá en mayo de 2019, cuando universitarios y profesores tomaron las calles en reclamo, nada más y nada menos que, de educación para todos. Justo, cuando el uribismo había perpetrado el cambio en la fiscalía general, para terminar favoreciendo a Uribe en una de las varias causas que pesan sobre él.

Más acá en la era pandémica, en septiembre último, otra protesta, por la muerte de un abogado a manos de la policía, volvió a sacar a las multitudes a la calle. Ejercicios de precalentamiento de los que fueron estos últimos días.

En el caso de que los diálogos políticos de las últimas horas no fluyan o, Duque y su jefe, quieran terminarlo todo aplicando un ajuste fiscal -que es lo único que tienen en la biblioteca-, a una sociedad de mayorías cada día más empobrecidas, la estrategia es una sola: avanzar como al patrón mejor sabe y más le gusta, a plomazo limpio.

Para el analista John María González, en los últimos años "asistimos a un mal manejo de los fondos derivados de la bonanza minero energética, arrastrada desde el gobierno de (Juan Manuel) Santos (2010-2018). Somos un país mucho más endeudado de lo que estaba el Perú cuando se desató la crisis y sin el ahorro interno con el que contaba Chile".

Desde ahí se fue gestando un malestar general que viene de arrastre pero que con la pandemia se pergeñó en la "tormenta perfecta", con un presidente inseguro, ingenuo, que viene arrastrando un desgaste desde el comienzo de su gestión, debe luchar con una ciudadanía molesta y con políticos de izquierda y sindicatos vetustos intentando pescar en río revuelto, acota González.

Tempestad en un país que, aún hoy, experimenta los resabios de décadas de violencia en todas sus presentaciones. Con actores políticos que todavía no le rinden cuentas a la justicia por la presunta violación a los derechos humanos, como en el caso que se conoce como "los falsos positivos" (bajas de civiles inocentes haciéndolas pasar por guerrilleros). Hechos que en otros países de la región, como Argentina, representan delitos de lesa humanidad y sobre los que Uribe tendría preguntas para responder, si así lo decidiera la Justicia.

¿Un espejo para el vecindario?

Las imágenes que llegan desde la capital colombiana no sorprenden. No es la primera revuelta regional ni será la última. La ira popular se alimenta casi a diario con negligencia, corrupción y nuevas reformas fiscales siempre en la misma dirección. Ya sea en México y sus 25 muertos en el metro del pasado martes, como en Colombia y "su más de lo mismo" de un gobierno sin dinero ni recursos intelectuales. No es ya un problema de ideología sino de obviedad. Siempre pagan los más necesitados.

Por eso la pregunta repiquetea con el correr de las horas. Esas imágenes, esos testimonios, ese vandalismo contra los puestos policiales o el ataque al Congreso, ¿no representan una suerte de viaje al futuro inmediato de otros países de la región?

Argentina viene cocinando, a fuego lento, una nueva crisis económico-social que lidera las apuestas. Chile y sus contradicciones, que se pretendía como modelo a seguir y terminó como un modelo para (des)armar, no acaba de gestar la transformación constitucional que libere sus ataduras con el pasado, con un gobierno, el de Sebastián Piñera, en jaque permanente. Brasil y el bolsofascismo, rodeado por el virus y la sinrazón y Perú, que hasta obligaría a Mario Vargas Llosa a que le haga decir directamente a Zavalita, su personaje en Conversaciones en La Catedral, que se volverá a joder, indefectiblemente, asuma quien asuma el próximo 27 de julio.

Economías en retroceso, 22 millones de nuevos pobres en la región y mayor concentración de la riqueza, según la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), se suman a pésimos manejos fiscales, endeudamiento y esquemas de corrupción. Ingredientes ideales para cócteles sociales por demás explosivos. Los que sumados a la mala praxis política y a la adicción regional al caudillismo, convierte al laberinto colombiano de los últimos días en el espejo tan temido. Ese que nos brinda la imagen casi exacta de lo que le podría esperar a buena parte de la región.

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