A dos años del inicio de la cuarentena, una conclusión: la libertad no se negocia

El mes de marzo de 2020 permanecerá imborrable en nuestra memoria. Fue el comienzo de la pandemia por el Covid19, desatada en China y extendida rápidamente a todos los países del mundo

Ante esto, casi todos los gobiernos tomaron medidas restrictivas a las libertades de las personas, aunque con alcances y extensiones temporales muy diferentes.

En Argentina, marzo del 2020 fue también el mes del comienzo del control a nuestros derechos. Una experiencia nunca antes vivida por muchas generaciones.

A dos años de la limitación a las libertades individuales dispuestas por la sucesión de decretos presidenciales de necesidad y urgencia, parece oportuno reflexionar sobre algunas conclusiones.

Una de ellas gira alrededor de un interrogante, que a su vez se apoya en una frase que sonaba -casi como forma de aliento- al comienzo de la pandemia.

En términos de deseo y búsqueda de mayores libertades y derechos ¿la pandemia nos hizo mejores ciudadanos?

Una cuarentena interminable y descontrolada

La pandemia fue abordada por el gobierno argentino el 12 de marzo de 2020 mediante limitaciones parciales a la movilidad (decreto de necesidad y urgencia 260/20), y a la semana de eso, por la restricción absoluta a la circulación (decreto 297/20).

Estos controles estatales persistieron hasta el 1 de octubre de 2021 (decreto 678/2021), y muchas de sus consecuencias fueron devastadoras.

Veamos.

La impresionante destrucción de la riqueza fue la consecuencia de la orden generalizada del cierre de comercios, industrias y actividades productivas privadas. Cada sector debió conseguir -cuando lo logró- su declaración de actividad esencial para poder subsistir.

El cercenamiento de la libertad de tránsito y circulación de las personas llegó, incluso, al inédito control estatal en el interior de los domicilios privados.

Además se relevaron casos inexplicables e injustificables de abusos que fueron, desde casos de compatriotas varados -abandonados por su país- en el exterior, hasta fronteras provinciales cerradas.

Paradójicamente, el control de la circulación denegó en la atención a la salud que precisamente buscaba garantizar.

La frase de Solange que aún resuena -fallecida en agosto de 2020 sin que el Estado le permitiera circular y ver a su papá- fue más contundente que las de algunos profesores universitarios para explicar el límite al poder del Estado: "Hasta mi último suspiro tengo mis derechos, nadie va a arrebatar eso en mi persona". La foto de Abigail en brazos de su padre, por su parte, no requiere de mayores explicaciones sobre hasta qué punto puede llegar la desaprensión a los derechos.

El derecho a la educación fue degradado a niveles alarmantes como consecuencia de interminables meses de escuelas cerradas. En lo inmediato deberá ser medida -y atendida- la deserción escolar y la caída del nivel académico, ya que nadie puede seriamente sostener que sucedió lo contrario.

Incluso el propio plan de vacunación contra el Coronavirus aún está siendo cuestionado, por manejos poco claros y denuncias escandalosas.

Finalmente y en términos institucionales, la división de poderes fue debilitada por un manejo ejecutivo sin control. La experiencia republicana nos enseña que el poder sin control no es buen consejero.

Frente a todo este debilitamiento de los derechos y libertades, el interrogante pasa por retomar la senda de la recomposición sobre lo perdido y renunciado.

¿La pandemia nos hizo mejores? La cuarentena, no.

Un buen punto de partida sería reconocer que la cuarentena extendida e institucionalmente descontrolada, en términos colectivos y generales, no nos hizo mejores en lo referido a la lucha por el avance en los derechos y las libertades.

Admitamos que jamás imaginamos un escenario de tal envergadura, pero también entendamos que el restablecimiento de lo perdido depende exclusivamente de nosotros.

En esto radica el desafío. En entender que de las situaciones más difíciles surgen las mejores y más prósperas recuperaciones sobre al anhelo de la libertad.

Por eso, tal vez podamos llegar a una conclusión a dos años de la instauración de la cuarentena por decreto: la libertad no se negocia ni se renuncia.

Libertades, siempre.

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