Putin, Rusia y las tensiones futuras

Vladimir Putin, que acaba de conservar el poder hasta 2024 no se parece en nada a los zares del pasado, dueños de la vida y la muerte, representantes de la voz y el pensamiento divinos. Es un político sagaz que empezó de cero llevándole los portafolios y los trajes de gala al alcalde de Leningrado hasta convertirse en su principal asesor.

Él ha reconocido que tras la caída del muro de Berlín y la implosión de lo que había sido la Unión Soviética si hubiera triunfado el primer golpe de estado contra Mijail Gorbachov en 1991, nunca habría podido desarrollarse como político vinculado al máximo poder de mil formas distintas. Su destino, confesó, si ganaban sus enemigos, era ser dueño de un taxi de lujo en Alemania. Pero cuando llega la revuelta de 1993 el Kremlin, las mafias y la KGB lo ven como la figura ejecutiva ideal. Sobrio, frío en sus decisiones, decidido a todo. Boris Yeltsin le cedió el trono sin pensarlo demasiado.

Eran años difíciles, la gente caminaba por las calles sin saber su destino y la URSS era un gigante muerto al que querían devorar todos, trozo a trozo, gota a gota. "Aquello fue -según Putin- la mayor tragedia geopolítica del siglo XX". Putin trajo estabilidad económica, exaltó los valores populares y sorteó el miedo de la ciudadanía a Occidente. El Kremlin denunció a Occidente como la fuente del desmadre moral y de principios elementales de convivencia. Internamente Putin selecciona a sus opositores: empresarios que no quieren compartir negocios, contrincantes políticos, los homosexuales.

Los ex administradores de las empresas estatales se erigieron como sus dueños y para ello adoptaron comportamientos mafiosos. Manejaban una fortuna colosal. Alguien debía poner equilibrio y para ello saber cómo dividir las ganancias. Putin, un experto de la KGB, contó con esa fuerza más la alta oficialidad del Ejército para alcanzar orden en el reparto. Todos participaron del festín. Pero Putin es quien distribuyó y sigue manejando los hilos. Aunque Rusia quedó reducida por la autonomía de importantes regiones, el "homus sovieticus" continuó pidiendo un líder fuerte. En la elección del domingo pasado, los comunistas, que ganaron el segundo puesto con más del 16% del electorado siguen extrañando a Stalin .

El achicado comunismo como sistema de vida fue reemplazado por un pensamiento imperial egocéntrico y nacionalista, una ola de orgullo para los que se sentían subestimados y marginados del mundo. Pese a las miserias y a la corrupción, ese nacionalismo, ese orgullo por el pasado de triunfos militares contra el invasor nazi (que los del partido liberal querían borrar) posibilitó la salvación, el escape del colapso.

Protegidos por Putin, todos los empresarios sometidos pudieron hacer lo que nadie creía. Compraron las mejores mansiones de la costa del sol española y portuguesa, grandes palacios en distintos puntos de Europa, terrenos y edificios en California, yates de extremo lujo, equipos de fútbol y de paso, muchos de ellos, hicieron negocios definitivamente sucios, fuera de la ley. Hoy por hoy, las mafias rusas en estrecho contacto con Moscú y Leningrado, radicadas en Nueva York, en París o en Londres, se dedican al tráfico de mujeres, a la droga y a la venta de armas. No son nenes de pecho. Y cumplen las órdenes como si tuvieran impunidad. No podría explicarse el asesinato de los que fueron espías rusos arrepentidos sin mano de obra local.

En el futuro no se visualiza una "Guerra Fría", sino rivalidades fuertes y encontronazos. No se puede llamar al bloqueo europeo a Rusia, tras el rapto de Crimea a Ucrania, ni siquiera un atisbo de "Guerra Fría". Tampoco se puede decir lo mismo del enojo de Inglaterra por la muerte de sus espías protegidos. Ni las maniobras tecnológicas que ayudaron a Donald Trump en la reciente disputa electoral con Hillary Clinton.

La "Guerra Fría" que se extendió de 1946 a 1990 fue un sueño horrible por el peligro atómico. El mundo, entonces, era bipolar. Cada una de las partes decidieron llevar adelante guerras regionales para evitar los enfrentamientos entre las potencias. La primera muestra de esta tensión se descargó sobre Corea, donde no ganaron ninguno de los dos bandos en pugna, el del Sur amparado por las Naciones Unidas y Estados Unidos más tecnificado, y el del Norte, donde China prestó junto con Rusia ayuda para que se mataran 1.300.000 soldados y civiles en la península.

Vietnam (entre 1963 y 1974) fue otra matanza inútil para calmar el ego de los comandantes militares. Y hacerle una verónica a una catástrofe atómica .Hoy Vietnam es un "tigre del Pacífico" , productos de todo tipo de elementos para el exterior y en especial para Estados Unidos. Basta recorrer los shopping norteamericanos para conseguir zapatos y zapatillas vietnamitas, camisas del mismo origen, herramientas y elementos de precisión.

Todo sin contar las situaciones periféricas: apoyo norteamericano para la matanza de un millón de comunistas a lo largo de unos meses en Indonesia, la intromisión en el devenir de América Latina, el apoyo unánime a los países que querían separarse del bloque soviético y el apoyo al Plan Cóndor que autorizó a la matanza de la juventud rebelde en manos militares y con autorización del Pentágono.

Tanto Estados Unidos como la URSS llenaron de cohetería nuclear todo espacio disponible. Esto repercutía en los medios y se creó un miedo persistente a algún ataque repentino y caprichoso. Hoy la realidad es diametralmente opuesta. El 60% del gas y del petróleo, provenientes de fuentes inagotables, que consume Europa, los provee la Rusia de Putin. Cerrar el grifo un invierno llevaría al congelamiento del viejo continente. Puede haber muchas amenazas y alarmante griterío pero a la hora de las decisiones estas cuestiones pesan en la mesa.

Hoy Rusia cuida sus intereses sin dar cuenta a nadie y sin alardear. Participa de la guerra en Siria, respaldando a Al Assad por el sólo hecho que la familia del sirio es la que concedió al Kremlin la instalación de una base naval en el Mediterráneo, decisiva desde el punto de vista estratégico. Y si es necesario colisionar con los Estados Unidos lo hace sin mostrar sus músculos.

Por deseos de provocación, o por coincidencia de ideas o por el placer de molestar a lo que queda de democracia liberal en Europa, Putin coquetea con los movimientos nacionales. Es amigo de Marine Le Pen en Francia y muestra sonrisas con otros grupos paralelos.

Putin no aceptará provocaciones y el mundo no está preparado para llevarlas a cabo. Pide, en cambio, que respeten su autocracia y lo hagan sentar en la misma mesa junto a los gobernantes más poderosos del mundo. Abusará de las bravuconadas como la de hace nos días cuando dijo que disponía de armamento ofensivo-defensivo más importante que Occidente, declaración que no asustó a nadie por ahora.

Eso sí: si la arquitectura de poder en Rusia armada por Putin y la KGB llegara a hacer agua por algún costado, Putin deberá enfrentar juicios bravos. Entre ellos, los asesinatos de políticos opositores durante su gestión y el envenenamiento de empresarios adversarios o suicidios fingidos en Gran Bretaña.

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