Viernes  17 de Agosto de 2018

El invierno está llegando

El invierno está llegando

Invito al lector a retroceder en el tiempo, no mucho, dos meses nomás, al momento en que se conoció el detalle del acuerdo con el FMI. Por ese entonces, en una columna titulada “Acuerdo con el FMI: El memorandum del ajuste imposible” afirmaba:

“Los puntos más salientes del “Memorándum de Políticas Económicas y Financieras” firmado con el FMI y difundido la semana pasada son:

a) Libre flotación del tipo de cambio hasta que el mercado equilibre la Cuenta Corriente y la dolarización (limitación significativa al BCRA para intervenir en contado y futuros); 

b) Disponibilidad reducida del Tesoro para intervenir en el mercado de cambios (un monto mensual que alcanza apenas a cubrir la dolarización); 

c) Una política monetaria restrictiva sobre todo a partir del 2019;

d) Un ajuste fiscal exigente al incluir “arriba de la línea” los PPP y los PIP, contabilizar como parte de las metas fiscales la deuda flotante y continuar con metas exigentes de disminución de los subsidios;

e) La obligación de destinar parte del financiamiento a aumentar las reservas sin considerar la “contabilidad creativa” del swap con China (antes del acuerdo se preveía negociar un aumento) y los encajes en dólares.

Es decir, un ajuste ortodoxo clásico: devaluación + ajuste monetario + ajuste fiscal = inflación cambiaria + recesión.

¿Qué significaría cumplir con este acuerdo en la coyuntura actual? Una devaluación muy significativa ($ 28 sería barato), una nueva suba en las tasas de interés, una caída en el volumen de obra pública y el gasto público superior a la anunciada, una inflación arriba del 32% antes de terminar el año, etc. En nuestro país, dadas las elasticidades precio del comercio exterior y el alto traslado a precios del tipo de cambio, el déficit de balanza de pagos ajusta por nivel de actividad y muy poco por precio.

¿Es probable un escenario donde el Gobierno cumpla con el acuerdo firmado? Entiendo que no. El tipo de ajuste recesivo - inflacionario que requeriría cumplir con los lineamientos firmados es insostenible desde lo político y social e impracticable en términos económicos.

Entonces, ¿cuál es el escenario más probable? Un escenario donde el Gobierno más temprano que tarde, incumpla con los lineamientos establecidos en el memorándum porque el ajuste es demasiado significativo, la devaluación es insostenible, los techos inflacionarios son incumplibles o se acercan las elecciones 2019. En este escenario, el primer compromiso que el Gobierno dejaría de cumplir sería la “no intervención en el mercado de cambios y la flotación libre”.

Pasaron menos de dos meses y la administración del presidente Macri ya incumplió con el acuerdo (en lo que se refiere a las reservas netas). Sinceramente, cuando escribí sobre esta posibilidad no creí que lo haría tan pronto y mucho menos, que lo haría para “tirarle por la cabeza los dólares de las reservas a los tenedores de Lebac” (Sturzenegger dixit, ¿se acuerdan? Pensé que lo haría más cerca de las elecciones y con el objetivo de reeditar un nuevo ciclo corto de endeudamiento y apreciación cambiaria (en un contexto de acceso al mercado de crédito internacional).

La lógica del ajuste

El acuerdo con el FMI tiene dos partes, una financiera y otra de política económica. La primera estipula que los fondos provistos deben destinarse a:

I) Suavizar el movimiento del tipo de cambio mientras se produce el ajuste y se vuelve a acceder a los mercados internacionales de crédito (estos dólares formaron parte de los primeros u$s 15.000 millones y ya se terminaron);

II) Garantizar una menor necesidad de dólares para cumplir con el programa financiero en lo que se refiere a amortización y pago de intereses de la deuda externa, lo cual no significa que no sea necesario tomar nueva deuda para cerrar el programa financiero (los dólares que van a ingresar en forma trimestral a partir de septiembre tienen este destino y algo de lo que ingresó ya se gastó por este concepto);

III) Aumentar las “reservas netas” a un nivel que garantice a los acreedores externos disponibilidad de fondos en un evento de cierre absoluto del mercado de crédito internacional (una especie de “garantía” para la emisión de nueva deuda y la deuda asumida con el FMI, parte de los primeros u$s 15.000 millones se destinaron a esto y se están vendiendo en estos días para contener el dólar).

La segunda parte del acuerdo es un programa económico que: devalúe la moneda con el objeto de disminuir la necesidad de divisas al contraer el nivel de actividad y las importaciones (al disminuir los salarios en dólares), disminuya otros conceptos de la cuenta corriente por efecto precio (turismo, remisión utilidades, etc.) e instrumente un ajuste fiscal y monetario pro-cíclico que contraiga el nivel de actividad y contribuya a disminuir el déficit externo.

Quienes defienden este ajuste argumentan que en algún momento la economía encontraría un piso a partir del cual volvería a crecer liderada por la producción de “bienes transables”. En el tiempo, la inversión en transables y el aumento de las exportaciones compensaría la caída en el nivel de actividad. 

Desde mi punto de vista, el problema que tiene el ajuste propuesto (además de ser regresivo e injusto) es que no se adecúa a la realidad de nuestra economía caracterizada por:

I) Un elevado traslado a precios de la devaluación lo cual significa que para alcanzar un nuevo nivel del tipo de cambio real se requieren sucesivas devaluaciones nominales en una dinámica que aumenta la incertidumbre y la indexación inflacionaria;

II) Una dinámica política-social caracterizada por un elevado conflicto distributivo lo cual pone en duda la sustentabilidad temporal de los nuevos precios relativos y posterga decisiones de inversión en los sectores favorecidos postergando los “beneficios teóricos de la devaluación”;

III) Una fuerte dolarización que puede devenir en trayectorias inestables en el mercado de cambios y la demanda de dinero si aumenta la incertidumbre;

IV) Un proceso de ajuste devaluación - inflación - recesión - dolarización en etapas sucesivas que lleva a la quiebra a muchas empresas, que no resisten la prolongación en el tiempo del ajuste (lo contrario a un proceso de “destrucción creativa a la Schumpeter” que algunos imaginan cuando hablan de ir hacia un tipo de cambio competitivo);

V) La dinámica del comercio mundial y el tipo de inserción internacional de nuestra economía que no garantiza un aumento significativo de las exportaciones y la inversión en transables a partir de una baja de los salarios en dólares aún si se lograse que fuera permanente, etc. 

Una alternativa de política

Si bien es complejo proponer alternativas de política en un contexto tan cambiante como el actual entiendo que la única alternativa al ajuste en marcha es lograr de una vez y para los próximos treinta años un acuerdo económico, político y social que defina un rumbo de mediano plazo que nos permita salir del movimiento pendular insoportable que caracteriza la resolución de las crisis de balance de pagos de nuestro país.

El lector, seguramente dirá: “-¿Un acuerdo? ¿Esas fotos entre políticos, sindicalistas y empresarios que no sirven para nada? Nahh...”

Cuando hablo de acuerdo no me refiero a una foto o a una movida de prensa. Hablo de un compromiso de los principales actores políticos, económicos, sindicales y sociales en definir un sendero de desarrollo posible, una política industrial moderna que aumente la diversificación de nuestro patrón de inserción internacional, una reforma tributaria que aliente la equidad, el empleo y la producción, una política de incentivos que estimulen la I+D y los sectores exportadores de alto valor agregado, un sistema financiero con incentivos que aumenten el ahorro en moneda local y subsidien la inversión productiva de largo plazo, etc.

En definitiva, un acuerdo con ganadores y perdedores explícitos y con incentivos y castigos frente a posibles desvíos.

Ahora bien, lo anterior son los títulos de un acuerdo de mediano plazo. En el contexto actual, no alcanza con definir políticas de mediano plazo.

A esta altura, si o sí hay que elegir cómo distribuir los costos del ajuste en marcha. ¿Qué medidas de corto plazo debería incluir el acuerdo?:

I) Un aumento de los encajes paulatino que absorba la totalidad de las Lebac, Nobac y Leliq en poder de los bancos (terminar además con la posibilidad de contabilizar títulos públicos como encajes);

II) Suspender la baja prevista de las retenciones a la soja; gravar la riqueza en el exterior y al patrimonio (un impuesto que reemplace el casi extinto impuesto a los bienes personales y se concentre en la riqueza de las personas físicas superior a un millón de dólares);

III) Un acuerdo de precios y salarios a tres años que disminuya el traslado a precios de la devaluación y disminuya la indexación inflacionaria;

IV) Un sendero del tipo de cambio real sostenible en el tiempo con mecanismos explícitos de ajuste que impidan ciclos cortos de apreciación cambiaria electoral;

V) Renegociar el acuerdo con el FMI; frente a las inevitables altas tasas de interés domésticas que requeriría la coyuntura, regular la entrada de inversiones de cartera del exterior de corto plazo;

VI) Una nueva política fiscal y monetaria;

VII) Rediscutir los marcos regulatorios de las empresas de energía, sobre todo de los precios del gasoil y el transporte y los subsidios a la industria petrolera; obligar a los exportadores a liquidar las divisas en el mercado local en un período de tiempo que no exceda los 90 días; etc.

La única alternativa al ajuste en marcha es lograr de una vez y para los próximos treinta años un acuerdo económico, político y social que defina un rumbo de mediano plazo que nos permita salir del movimiento pendular insoportable que caracteriza la resolución de las crisis de balance de pagos de nuestro país.

Es decir, un acuerdo donde todos los actores involucrados asuman parte del costo del ajuste en marcha. Un acuerdo, que dada la coyuntura actual, no evitaría la recesión en curso y que, en lo político, probablemente, requeriría que Macri renuncié a su reelección y convoque a otros sectores a integrar su gobierno. Es síntesis, un acuerdo sin “rostros sonrientes” ni buenas noticias inmediatas.

¿Es posible un acuerdo de este tipo? Difícil. ¿Las medidas propuestas son suficientes? No, son apenas los títulos de un programa económico cuyo detalle dependería de los acuerdos alcanzados para el mediano plazo y la coyuntura de corto plazo (a ser elaborado por un equipo de economistas mucho más capaces que el autor de esta columna)

¿Podría haber sido diferente? Creo que sí, a diciembre de 2015 tenías grados de libertad suficientes como para llevar a cabo los ajustes que la economía requería con un menor costo económico y social (en principio, tenías cien mil millones de dólares de deuda externa menos y no tenías el “corset” del FMI).

¿La alternativa? Continuar con el ajuste recesivo e inflacionario en marcha, inviable y altamente inestable (e injusto).

Lo que viene

Pasaron menos de dos meses del primer desembolso del FMI y acá estamos. Si no hay cambios, en las puertas de un invierno que ni los Macri, ni los Dujovne, ni los Caputo, ni los Calcaterra, ni los Wagner, ni los Aranguren van a sentir de la misma forma que la mayoría de los argentinos.

Un invierno frío que recién comienza. Ojalá me equivoque.

Como siempre, bienvenidas las críticas.

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