El capitalismo busca su medicina

Del concepto y la acción emprendida por la globalización sólo han quedado residuos. Lo grave es que a partir de ello, el capitalismo, el único sistema concreto y real donde estamos insertos, ha perdido el rumbo.

El capitalismo a la deriva produce una agudización de la desigualdad social en extremos nunca vistos ni imaginados, una ceguera en la búsqueda de soluciones. Se rompen los acuerdos entre los sectores que integran un imaginario acuerdo social. Aumenta el consumo más borrascoso de las drogas entre los excluidos por desesperación. Y faltan los grandes líderes que manejen los desbordes y el sistema global.

La desaparición del ISIS y el sueño del sultanato milenario aparentemente se ha evaporado pero muchos de los soldados que lo integraban vuelven a sus países de destino. Se dice que cerca de 8000 de ellos han vuelto a Europa, hijos o nietos de emigrantes de los años 60 y 70 que partieron a Medio Oriente seguidos por visiones mesiánicas. No se van a quedar quietos. No van a admitir la derrota. Están dispuestos a seguir haciendo daño. Siria ha quedado sin infraestructura, sin viviendas, una nación fantasmal. La revolución egipcia libertaria devino en dictadura militar y en Israel la extrema derecha permite los asentamientos a cargo de ultrarreligiosos en territorios palestinos, movida que traerá consecuencias, hoy o mañana donde dominará la violencia.

China busca un papel más imperial, con mayor presencia en todos los continentes, deseosa de convertirse en el faro económico internacional, invirtiendo en todos los continentes. Junto con el 19 Congreso del Partido Comunista en la segunda mitad del mes de octubre, se ha convertido al presidente XI Jinping en un semiemperador, con la acumulación de los principales cargos y la presidencia de la Comisión Militar. Tanto poder concentrado no se veía desde Mao. A eso hay que sumarle una dosis importante de nacionalismo y decisivo autoritarismo.

Al mismo tiempo Donald Trump ha llevado a Estados Unidos a un encierro proteccionista y a disminuir su presencia en el mundo. Se ha lanzado a un intercambio de amenazas con el líder de Corea del Norte hasta con locas indirectas de guerra. Ni Pekín ni Moscú se han metido en la peligrosísima reyerta.

Internamente, gigante de las torpezas, Trump no deja de enfrentarse con los políticos, el establishment (pese a una reforma impositiva que beneficia a los empresarios), los intelectuales, los medios de información, los socios comerciales del país. Le da la espalda a la vida democrática.

De pronto le gana un nuevo fantasma al presidente en Washington: el uso de la heroína ha crecido un 50%, en especial en las regiones donde más fábricas cerraron. Son los mismos lugares donde Trump consiguió más votos en su elección. El Centro del Control y Prevención de Enfermedades del país ha señalado que los estupefacientes han terminado con la vida de 645.000 norteamericanos en el último año. Hubo 216 millones de recetas de opiáceos y el uso de derivados sintéticos en ese período. Es una epidemia. Trump acaba de calificarla de emergencia sanitaria. Todo tipo de consumo de drogas ha crecido en Estados Unidos: opiáceos naturales y semisintéticos, cocaína, metanfetamina y metadona. Quien quiera ver un cuadro de abstinencia de uso de heroína puede recurrir a You Tube y pedir ese tramo de la película El Hombre del Brazo de Oro, protagonizada en la década del 60 por Frank Sinatra.

El consumo masivo e incrementado no surge de la nada sino de condiciones de vida que han sido destrozadas en los últimos tiempos. Con lo cual el sayo también le cabe a Barack Obama, a los Bush, a Clinton y a Reagan.

Ha sido tal el arrasamiento de Trump del sistema conocido hasta ahora que en su libro Sobre la Tiranía, de reciente edición, el historiador Timothy Snyder escribe y propone tomar conciencia al mismo tiempo: "Son las instituciones las que nos ayudan a conservar la decencia. Ellas también necesitan de nuestra ayuda porque no se protegen a si mismas. Caen una tras otra a menos que cada uno de ellas sea defendida desde el principio". Un mensaje directo a la sociedad norteamericana que está sobreviviendo.

Rusia busca, con nostalgia, recrear políticamente la fortaleza estratégica que era que se diluyó con el derrumbe de la Unión Soviética a comienzos de la década del 90. Se creyó entonces que todo acababa pero resurgieron de los escombros los administradores de las empresas estatales convertidos en dueños de las mismas, aunque en sociedad con la KGB. Comenzaron las expansiones, se hicieron multimillonarios y para cuidar sus tesoros se pusieron el traje de mafiosos. Su exponente y defensor, en toda movida y en especial en el retorno al nacionalismo eslavo es Putin, que quiere gobernar toda la vida.

En todas partes asoma la discordia, el apartamiento, la falta de acuerdos firmes. Un ejemplo es la manera en que se está resquebrajando la unidad europea con la anarquía de algunos de sus miembros, las propuestas nacionalistas que huelen a fascismo o la búsqueda de autarquía. como el caso de Cataluña, plagada de actitudes anárquicas e irresponsables. Alguien las calificó de adolescentes. Una región rica que los inversores la elegían para radicar empresas. Tras las maniobras de separatismo se han ido, aterradas. Rajoy, en sociedad con los socialistas de Sánchez demostraron que pueden usar el poder pero todavía todo resulta imprevisible, con un futuro fracturado.

Después de la crisis financiera de 2008 el eje de unidad en Europa se fue al demonio. Comenzaron a aflorar temerarios nacionalismos en los ex- países de la órbita comunista, desobediencias a los criterios que fija Bruselas, como el caso de Polonia, y las agrupaciones fascistas y neonazis toman ubicación en el gran teatro de la política y el poder en Francia, Bélgica, Holanda, Grecia, Italia. La ultraderechista y Afp ha ganado una posición de avanzada tras las elecciones y con un discurso neonazi gana escaños en el Parlamento Alemán. Un alfiler en el trasero de Angela Merkel, la única líder europeísta creíble y perdurable.

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