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Durante mucho tiempo, la ignorancia fue asociada a la falta de acceso: no estudiar, no leer, no saber. Hoy, esa definición ya no alcanza.

Nunca supimos tanto y nunca pensamos tan poco.

Vivimos en la era con mayor volumen de información disponible en la historia de la humanidad y, sin embargo, nunca hubo tanta gente viviendo sin pensar. La ignorancia contemporánea no se explica solo por lo que falta, sino por la por la ausencia de pensamiento propio, muchas veces por elección.

Hoy ser ignorante no es no tener información. Es vivir delegando el pensamiento. Hay personas que, literalmente, decidieron dejar de pensar.

Y no, no estoy hablando solo del uso de ChatGPT.

Estoy hablando de la vida.

La gente no piensa, y no por incapacidad intelectual, sino por algo más incómodo de admitir: vivir en automático.

Ser ignorante hoy no es no tener datos. Es no cuestionarlos.

Es repetir ideas sin procesarlas o adoptar opiniones ajenas como si fueran propias.

La ignorancia no discrimina por nivel socioeconómico

Existe una creencia de que la ignorancia es consecuencia directa de la falta de dinero. Que quien tiene recursos sabe, y quien no los tiene, no. Esa idea no solo es falsa, también es peligrosa.

El dinero no garantiza criterio, del mismo modo que el acceso no garantiza pensamiento.

La historia está llena de personas que nacieron en contextos adversos y lograron romper esas barreras. Eso demuestra algo fundamental: no somos meras víctimas de las circunstancias. Existe un punto, consciente o no, en el que alguien decide cortar, cuestionar y elegir distinto.

La gratificación instantánea a través del scroll constante puede tener efectos negativos a largo plazo en nuestra mente.
La gratificación instantánea a través del scroll constante puede tener efectos negativos a largo plazo en nuestra mente.

Vivir en automático no es un problema exclusivo de quienes no tuvieron oportunidades. Atraviesa clases sociales, niveles educativos y patrimonios. Hay personas con títulos, que tienen recursos e incluso prestigio que jamás se detuvieron a pensar qué creen, por qué viven como viven o desde dónde toman decisiones.

No es pobreza material. Es pobreza de pensamiento.

Hoy alguien puede pagar la mejor universidad, estudiar online, rendir exámenes con inteligencia artificial y obtener un título sin haber desarrollado pensamiento crítico. El resultado es evidente: profesionales con diploma, pero sin criterio.

El problema no es la tecnología ni la inteligencia artificial. El problema son los seres humanos que renunciaron a aquello que los hacía diferentes y eligieron dejar de pensar.

Cuando la ignorancia conviene

Existe una forma de ignorancia funcional, socialmente aceptada e incluso celebrada. Personas eficientes, informadas y productivas, que cumplen con todo, pero que jamás cuestionan el sistema en el que se desarrollan.

No porque no puedan pensar, sino porque nunca aprendieron que pensar fuera de la caja era parte del juego.

Vivir en automático es repetir ideas heredadas sin revisarlas.

Es seguir mandatos que nadie recuerda quién escribió. Es hacer “lo que corresponde”, aunque no tenga sentido.

La mayoría no vive: funciona.

Funciona para el trabajo, para el consumo, para el sistema. Responde mensajes, cumple horarios, paga cuentas, corre de acá para allá. Pero casi nunca se hace la pregunta fundamental: ¿esto que vivo lo elegí o lo heredé?

Pensar incomoda

Tener ideas propias nos saca de la zona de confort.

Incluso la mera intención de elegir nos obliga a asumir responsabilidad. A reconocer que muchas decisiones en la vida no fueron impuestas, sino evitadas por nosotros mismos.

Cuando no elegimos, también decidimos.

Y la respuesta, casi siempre, somos nosotros.

Delegar el pensamiento es una forma de obediencia: quien no piensa, se deja dirigir. Y quien se deja dirigir nunca está frente a la verdad, sino frente a la versión de la realidad que otros deciden mostrarle.

Mucha gente vive en automático y actúa sin pensar
Mucha gente vive en automático y actúa sin pensarFuente: ShutterstockShutterstock

Vivir sin pensar no te convierte en una mala persona, pero sí en alguien funcional, obediente y fácilmente manipulable.

Y esa es la ignorancia más peligrosa de todas: la que no se nota, la que se disfraza de normalidad y la que atraviesa todas las clases sociales.

Porque mientras no pensás, alguien más piensa por vos. Y casi nunca a tu favor.