

Hace unos meses, México cruzó una frontera que durante décadas parecía lejana: en 2025, el analfabetismo entre la población de 15 años y más cayó de 4% a 3.8%. Esto, que puede sonar a gesta social, también significa que hay alrededor de tres millones 850 mil personas que todavía no saben leer ni escribir. Es un avance histórico y, al mismo tiempo, un recordatorio de que la alfabetización es apenas el primer peldaño para ampliar la autonomía, comprender el mundo y participar en el mercado laboral.
Leer y escribir son habilidades básicas para desenvolverse en la vida cotidiana y en el trabajo, pero por sí solas no garantizan una verdadera inclusión laboral. En México, quienes no saben leer ni escribir representan solo la punta del iceberg de las brechas educativas. Según Armando Contreras Castillo, director del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), alrededor de 52 millones 650 mil personas viven algún tipo de rezago educativo.
A los más de tres millones de personas analfabetas se suman siete millones 300 mil con primaria inconclusa, 15 millones 500 mil que no terminaron la secundaria y otros 26 millones que no concluyeron el bachillerato. En conjunto, cerca de la mitad de la población tiene una trayectoria educativa incompleta, lo que limita sus posibilidades de aprendizaje, acceso y movilidad dentro del mercado laboral.
Esto no significa que todas estas personas tengan las mismas carencias ni que una trayectoria laboral pueda reducirse a un nivel educativo. Una persona sin bachillerato puede tener décadas de experiencia y habilidades que ningún título registra. Muchas ya forman parte de la fuerza laboral: trabajan en el campo, la construcción o en actividades que requieren desplazarse constantemente para encontrar empleo. El problema es que esas trayectorias pueden quedar atrapadas en un círculo difícil de romper cuando las brechas educativas restringen el acceso a otros puestos, mejores condiciones o oportunidades de capacitación.
La brecha dentro del empleo
La situación tampoco se limita a quienes tienen mayores niveles de rezago. Hay millones de personas que saben leer y escribir, tienen empleo y acumulan años de experiencia, pero nunca tuvieron la oportunidad de desarrollar conocimientos y habilidades que hoy son indispensables para avanzar en el mercado laboral. Una persona puede estar empleada y, al mismo tiempo, tener muy pocas posibilidades de movilidad.
Pensemos en algo tan cotidiano como la implementación de una nueva plataforma en una empresa. La organización suele asumir que, tras una capacitación, todos podrán utilizarla. Pero entregar la misma herramienta y el mismo curso no garantiza que todos tengan las mismas condiciones para comprenderla. La diferencia está en habilidades que se construyeron mucho antes de llegar a ese empleo: comprender instrucciones, procesar información, resolver problemas, aprender de manera autónoma. Cuando esas capacidades no se desarrollaron, la barrera aparece justo cuando una persona necesita aprender un proceso nuevo, asumir una responsabilidad distinta o competir por una promoción.
Se habla mucho de abrir oportunidades para quienes históricamente han quedado fuera, pero mucho menos de lo que ocurre con quienes ya están dentro y no cuentan con las mismas herramientas educativas para avanzar.
Un mercado laboral que cambia más rápido que las oportunidades
Durante mucho tiempo, alfabetizar significó enseñar a leer y escribir. Esa sigue siendo la primera condición para desenvolverse de manera autónoma, pero hoy el trabajo exige mucho más: comprender información, usar herramientas digitales, interpretar datos, aprender procesos distintos y relacionarse con sistemas automatizados e inteligencia artificial. Cada transformación añade una nueva capa de habilidades que no todas las personas han tenido oportunidad de desarrollar. Así, una brecha que comenzó en la educación termina convirtiéndose en una brecha de acceso, permanencia y movilidad laboral.
Ante este escenario, las empresas deberían preguntarse si enfrentan una falta de talento o una brecha educativa y de aprendizaje cuyos efectos ellas mismas pueden ayudar a reducir.
Por supuesto, las empresas no generaron el rezago educativo del país; esa responsabilidad recae en el Estado, el sistema educativo y la sociedad. Pero una vez que una persona forma parte de una organización, la empresa sí influye en las condiciones que determinarán cuánto puede aprender, crecer y avanzar dentro de ella. El propio INEA ha señalado la importancia de trabajar con el sector empresarial para atender el rezago educativo entre trabajadores y personas vinculadas con las empresas.
Esta distinción —si a un trabajador le faltan habilidades o le faltaron oportunidades— es crucial, porque es muy fácil convertir una desigualdad educativa en una evaluación individual. Cuando esa interpretación termina justificando que alguien no sea contratado, promovido o considerado para una nueva responsabilidad, una brecha educativa se convierte en exclusión laboral.
El Día Internacional de la Alfabetización, que se celebra el 8 de septiembre, recuerda algo que parece obvio, pero que el mercado laboral suele olvidar: antes de hablar de inteligencia artificial, habilidades digitales o reskilling, existe una condición básica para participar en la economía, y es comprender la información que permite desenvolverse en ella.
México está avanzando en esa primera frontera: cada vez más personas aprenden a leer y escribir. Pero es indispensable que el tejido empresarial formule acciones para quienes forman parte de su plantilla y no han podido completar su educación básica o media superior, y también para quienes, aun sabiendo leer y escribir, no han tenido las mismas oportunidades de seguir aprendiendo y convertir ese aprendizaje en mejores posibilidades laborales.
Si la inclusión laboral significa que las personas tengan una oportunidad real de participar, no basta con abrir la puerta. Hay que preguntarse qué tan accesible es lo que ocurre del otro lado: qué oportunidades de aprendizaje se ofrecen y cuántas personas pueden realmente aprovecharlas.
La alfabetización puede ser el primer escalón, pero una inclusión laboral que solo garantiza que alguien pueda entrar, sin preguntarse si puede aprender, crecer y participar plenamente una vez dentro, se queda a mitad del camino.
















