La economía mexicana tiene una habilidad casi poética para presumir estabilidad… incluso cuando ésta se sostiene con alfileres. Durante años se repitió que el país era un refugio razonable en medio de la volatilidad global: tipo de cambio relativamente fuerte, disciplina fiscal y tasas de interés suficientemente atractivas para atraer capital extranjero. Una narrativa cómoda. Hasta que dejó de serlo.
La salida de 7 mil millones de dólares de capital extranjero (cifras del Banco de México) en marzo no es un dato menor ni un simple ajuste de portafolios, se trata del mayor retiro de capitales de corto plazo desde 2020. Es decir, no sólo es una cifra alta: es un récord en un contexto donde se suponía que la estabilidad estaba “bajo control”.
Pero el problema no es únicamente el monto. Es lo que revela.
Ese dinero nunca estuvo aquí por México. No llegó por su productividad, ni por la profundidad de su mercado interno, ni por la confianza en su crecimiento de largo plazo. Llegó por la tasa. Por el diferencial. Por el famoso “carry trade” que convierte a economías emergentes en destinos temporales de capital especulativo. Y cuando el incentivo se reduce, el capital hace exactamente lo que siempre ha hecho: se va.
Así de rápido.
Durante años, México sostuvo parte de su estabilidad en ese flujo de dinero de corto plazo. No era una estrategia declarada, pero sí una realidad operativa. Tasas altas que compensaban riesgos estructurales. Un premio suficiente para atraer capital sin necesidad de resolver de fondo los problemas de crecimiento, productividad o certidumbre jurídica.
Funcionó. Mientras el premio fue atractivo.
El punto de inflexión llega cuando Banco de México inicia el ciclo de recortes en la tasa de interés. La decisión es técnicamente incorrecta en un entorno de volatilidad inflacionaria. Pero también implica algo más incómodo: México deja de pagar “extraordinariamente caro” por atraer dinero. Y cuando eso ocurre, el capital que nunca tuvo compromiso simplemente se retira.
No hay traición. Hay lógica financiera.
El problema de fondo no es la salida en sí. Los flujos de capital siempre han sido volátiles. El problema es la dependencia. Cuando una economía necesita tasas elevadas para atraer inversión, lo que realmente está haciendo es compensar una percepción de riesgo. Está comprando estabilidad, no construyéndola.
Y comprar estabilidad siempre es temporal.
Las consecuencias comienzan a aparecer en los lugares habituales. El tipo de cambio, que durante meses ha sido presentado como símbolo de fortaleza, podría empezar a resentir la menor entrada de dólares. No se trata necesariamente de una crisis cambiaria, pero sí de una presión evidente. Menos capital entrando implica menos demanda por activos en pesos. Y la aritmética, en este caso, no admite interpretación política.
Al mismo tiempo, el margen fiscal se estrecha. Tasas altas implican costos elevados de financiamiento. Pero tasas más bajas implican menor atractivo para el capital extranjero. Es un equilibrio incómodo en el que cualquier movimiento tiene costos. Y en un entorno de crecientes necesidades de gasto, ese margen reducido deja de ser un detalle técnico para convertirse en una limitante estructural.
Frente a esto, la respuesta institucional suele moverse entre la calma y la minimización. Se habla de “movimientos normales de mercado”, de la solidez de los fundamentales, de la resiliencia de la economía mexicana. Parte de ese discurso es necesario para evitar reacciones exageradas. Pero otra parte corre el riesgo de caer en negación.
Porque lo que estamos viendo no es una crisis terminal, pero tampoco es irrelevante. Es una advertencia.
Una señal de que la estabilidad basada en incentivos de corto plazo tiene límites claros. De que el capital que llega por tasa se va por tasa. Y de que un modelo económico no puede depender indefinidamente de pagar más para compensar lo que no logra generar en términos de confianza.
La pregunta de fondo no es cuántos dólares se fueron en marzo. Esa cifra, aunque impactante, es sólo el síntoma. La pregunta relevante es qué tan sólido es un modelo que se tambalea cuando deja de ofrecer rendimientos extraordinarios para retener dinero que nunca tuvo compromiso con el país.
México no está al borde de una crisis. Pero sí se continua por el mismo camino podría estarlo.
Se muestra una economía con estabilidad macroeconómica aparente, observando a detalle existen fragilidades estructurales que siguen sin resolverse. Un país que ha logrado disciplina en muy pocos frentes, pero que aún depende de factores externos para sostener su narrativa de fortaleza.
La salida de capitales no crea ese problema. Sólo lo hace visible.
Y como suele ocurrir, el verdadero riesgo no está en el dato que incomoda, sino en la tentación de ignorarlo. Porque la estabilidad no se construye pagando más. Se construye generando certeza.
México aún está a tiempo de decidir cuál de las dos quiere.
*Es una opinión personal del autor que no refleja la postura de El Cronista México o sus dueños. El autor es director de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR México). Colaborador en Radio Colima en el Noticiero con Max Cortés: Datos con Valor. X e Instagram @Aivc2, TikTok @2aivc.