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La cirugía robótica moderna tuvo su punto de partida simbólico y operativo en Detroit, a comienzos del año 2000, una ciudad históricamente asociada a la industria automotriz y a la robótica industrial. No fue una casualidad. La fuerte presencia de robots en las líneas de producción de las grandes automotrices había instalado en la sociedad una percepción positiva sobre la precisión, la eficiencia y la repetibilidad de estas tecnologías.

Ese conocimiento previo facilitó la aceptación por parte de los pacientes, que trasladaron la confianza que veían en la industria automotriz a la expectativa de mejores resultados quirúrgicos, mayor seguridad y procedimientos más precisos.

En ese contexto, no resulta sorprendente que la cirugía robótica haya iniciado su desarrollo clínico en la prostatectomía radical. La cirugía de próstata combina desafíos técnicos únicos: se realiza en un espacio anatómico profundo y reducido, exige movimientos extremadamente finos y busca no solo la curación oncológica, sino también la preservación de funciones críticas como la continencia urinaria y la función sexual. Desde sus inicios, la robótica ofreció una respuesta concreta a esas demandas, posicionando a la urología como la especialidad pionera.

Desde entonces, la cirugía robótica dejó de ser una promesa futurista para transformarse en una realidad consolidada que redefine la práctica quirúrgica a nivel global. En las principales economías del mundo, la discusión ya no gira en torno a la novedad tecnológica, sino a su impacto en eficiencia, calidad asistencial y competitividad de los sistemas de salud.

La cirugía robótica en la Argentina

Este fenómeno no es ajeno a la Argentina. Aunque con desafíos propios, el país comienza a transitar una etapa de consolidación en cirugía robótica, impulsada por el sector privado, instituciones académicas y hospitales de alta complejidad que buscan alinearse con estándares internacionales de calidad y resultados.

El Dr. Norberto Bernardo junto a un robot Da Vinci Xi, que permite realizar cirugías con mayor precisión y seguridad, optimizando los tiempos de recuperación del paciente luego de una intervención.
El Dr. Norberto Bernardo junto a un robot Da Vinci Xi, que permite realizar cirugías con mayor precisión y seguridad, optimizando los tiempos de recuperación del paciente luego de una intervención.

Desde una perspectiva económica y sanitaria, la cirugía robótica debe entenderse como una inversión estratégica. Si bien el costo inicial de adquisición y mantenimiento de estas plataformas es elevado, la evidencia internacional muestra que la reducción de complicaciones, la menor estancia hospitalaria, la recuperación más rápida de los pacientes y la disminución de reintervenciones generan, a mediano plazo, un impacto positivo en los costos globales del sistema de salud y en la productividad de la sociedad.

Dentro de las especialidades quirúrgicas, la urología continúa siendo el motor del cambio. La prostatectomía radical robótica es hoy uno de los procedimientos oncológicos más difundidos a nivel mundial y abrió el camino para la incorporación de esta tecnología en el tratamiento del cáncer renal, la cirugía reconstructiva de la vía urinaria y procedimientos vesicales complejos.

La visión tridimensional ampliada, la estabilidad de la imagen y los instrumentos articulados permiten una disección de alta precisión, con mejores resultados funcionales sin comprometer el control oncológico. Esto impacta directamente en indicadores clave del sistema de salud: días de internación, reinserción laboral y uso eficiente de recursos.

Un aspecto muchas veces subestimado es el impacto de la cirugía robótica en la formación médica y en la competitividad institucional. Los centros que incorporan esta tecnología no solo mejoran su oferta asistencial, sino que se convierten en polos de atracción de talento, investigación y educación médica de alto nivel. En un mundo globalizado, donde los pacientes comparan resultados y los profesionales buscan entornos de excelencia, la cirugía robótica se transforma también en una herramienta de posicionamiento institucional y de generación de valor.

El principal desafío para la Argentina no es tecnológico, sino estratégico. La discusión ya no pasa por si la cirugía robótica es necesaria, sino por cómo integrarla de manera sustentable, equitativa y planificada al sistema de salud. Esto requiere articulación entre el sector público, el privado, la industria y las sociedades científicas, con modelos de financiamiento innovadores y una visión de largo plazo.

La cirugía robótica no reemplaza al cirujano: lo potencia. Y en esa combinación virtuosa entre tecnología, conocimiento y experiencia humana se juega buena parte del futuro de la medicina moderna y de la economía de la salud.