A las 22.27 de una noche de octubre, después de 21 años, Lionel Messi dejó de ser jugador de la Selección argentina.
No hubo un silbato que pudiera explicar del todo lo que acababa de ocurrir. Messi había jugado los 90 minutos, había buscado el gol hasta el final, había pateado un tiro libre cuando ya corría el tiempo adicional y había mirado cómo la pelota se iba por encima del travesaño. Después vendrían el abrazo de sus compañeros, el público de pie, las luces, los fuegos artificiales y una voz que, por última vez, lo llamaría desde el centro del Monumental.
Pero la despedida había empezado mucho antes.
Había empezado cuando las pantallas de televisión encontraron una manera casi desesperada de nombrar lo que estaba por suceder. “Repetimos por última vez: ¡Messi, titular!”, decía uno de los zócalos. La frase necesitaba signos de admiración para intentar explicar una circunstancia que ya no necesitaba explicación: el número 10 iba a jugar por última vez con la camiseta argentina.
Afuera, en las inmediaciones del Monumental, hacía rato que todo era Messi. Adentro, unas 80.000 personas ocupaban cada lugar disponible. En la cancha, una bandera gigantesca con un 10 y una palabra enorme —“Gracias”— esperaba extendida sobre el césped.
La Selección salió a hacer el calentamiento y el Monumental respondió como si ya hubiese empezado el partido. Emiliano Martínez fue uno de los primeros en aparecer. Levantó una mano y recibió una ovación. Después llegaron los demás. Las cámaras buscaban sus caras, pero buscaban especialmente la de Messi. Todavía no había lágrimas. Las habría.
Antes, había fútbol.
La primera pelota de Messi llegó antes de las 20.30. Argentina empezó a circularla en su propio campo y enseguida avanzó sobre Benín. El rival no era Burkina Faso, aquel equipo que había recibido siete goles pocos días antes. Benín ofreció otra resistencia, se animó a salir, tuvo algunos buenos ataques y obligó a que la despedida tuviera, al menos durante un rato, la forma de un partido.
Porque mirar a Messi esa noche era imposible sin recordar a todos los Messi que habían aparecido antes, cada vez que la pelota llegaba a sus pies.
Hubo incluso quienes intentaron explicar con palabras qué tenía Messi que hacía que, cuando aparecía la pelota, todo lo demás pareciera desaparecer. En 2012, el escritor argentino Hernán Casciari —autor de Más respeto que soy tu madre y fundador de Orsai— publicó Messi es un perro, un texto que se volvió viral y que encontraba una explicación para esa relación casi instintiva entre Messi y la pelota.
Casciari decía que Messi tenía algo de ese perro de su infancia que, cuando veía una esponja, ya no podía mirar otra cosa. Algo parecido ocurría esa noche en el Monumental: cuando Messi tenía la pelota, todo lo demás parecía dejar de importar.
Una gambeta podía ser una gambeta y, al mismo tiempo, otra gambeta. Una pelota profunda podía ser simplemente una pelota profunda o convertirse, como en el Aleph de Borges, en un punto donde todos los partidos parecían caber al mismo tiempo. En la memoria de quien la miraba, cada jugada podía abrir la puerta a otra.
Cuando Messi encaraba, el Monumental no parecía estar viendo solamente a Messi contra Benín. Buscaba al Messi de los otros partidos. Al de Qatar. Al que apareció contra Francia. Al que dejó rivales detrás en una carrera que parecía no terminar. Al que durante tantos años obligó a buscar nuevas palabras porque las anteriores ya no alcanzaban.
Por eso hasta un córner podía convertirse en un recuerdo.
Messi lo pateó corto y la gente rugió. Después hubo otro, cerrado, que casi se metió directamente en el arco. En otro momento recibió afuera del área y probó al arquero. Más tarde llegó un centro de Rodrigo De Paul que alcanzó a rozar con la punta del pie.
No entraba. Todavía.
A los 28 minutos, una corrida de Messi por la izquierda produjo una asociación inevitable con otras corridas por esa misma zona, con otros partidos, otros rivales y otros goles. Unos minutos después volvió a aparecer con la pelota parada.
El partido se resistía a convertirse en una fiesta sencilla. Benín también jugaba.
Tuvo una ocasión clara después de un desborde por la derecha y, sobre el final del primer tiempo, Emiliano Martínez tuvo que intervenir ante un remate fuerte. Argentina tenía la pelota, buscaba a Messi, intentaba entrar por distintos caminos, pero el gol no aparecía.
En el último tramo de la primera mitad, Messi puso una pelota magistral en profundidad para Julián Álvarez. El delantero quiso superar al arquero, pero se quedó sin ángulo. Después volvió a aparecer Messi. El primer tiempo terminó 0-0.
Era casi una rareza que el último partido empezara a parecerse tanto a cualquier otro.
El segundo tiempo fue distinto. Argentina se instaló definitivamente en campo de Benín y convirtió el partido en un monólogo. Esta vez el rival ya no pudo sostener la resistencia del primer tiempo y el equipo de Lionel Scaloni empezó a encontrar espacios.
El primer gol tuvo una firma inevitable.
Messi recibió y puso la pelota en el área. Nicolás Otamendi apareció para pegarle picando desde atrás y convertir el 1-0. El 10 había dado su primera asistencia de la noche.
Después llegaría otra.
Nico Paz recibió una pelota de Messi y convirtió el segundo. La escena tenía algo más que el valor de un gol en un amistoso: mientras el jugador que había construido una época se acercaba al final, uno de los jóvenes que tendrán que continuarla aparecía también en el centro de la escena.
El tercero lo hizo Messi.
Penal. La pelota en el punto de ejecución. El estadio convertido en una sola mirada. Miles de teléfonos levantados. Nadie quería perderse el que podía ser el último gol del capitán.
Messi pateó y convirtió.
No hacía falta que fuera un gol extraordinario. Bastaba con que fuera el último.
Todavía tuvo otra oportunidad en los minutos finales. Un remate que el arquero alcanzó a desviar y que rozó el palo. Después llegó el tiro libre del tiempo adicional.
El ritual final.
Todo el Monumental quería ese gol.
Messi pateó.
La pelota se fue arriba.
Y entonces quedaron los últimos segundos.
Un relator habló de los últimos minutos de aquellos 21 años. Messi siguió en la cancha hasta el final. Scaloni decidió no sacarlo para que recibiera la ovación anticipada. Quizá porque todavía quedaba una pelota. Quizá porque todavía quedaba un gol. Quizá porque, simplemente, nadie estaba preparado para que se terminara.
A las 22.27 terminó.
Messi no salió. Messi terminó el partido.
Y recién entonces empezó verdaderamente la despedida.
Hubo música, luces, drones y fuegos artificiales. El 10 apareció dibujado en el cielo. Soledad cantó y el estadio volvió a cantar con ella. Pero el momento que todos esperaban llegó cuando Messi tomó el micrófono.
Había pasado mucho tiempo desde aquella primera vez en que la Selección había reparado en la existencia de un chico que se había ido a Barcelona cuando tenía 13 años. Había pasado todavía más desde aquella época en la que su nombre necesitó ser encontrado en una guía telefónica para localizar a su familia.
Ahora era él quien tenía que encontrar las palabras.
Y le costó.
“Es difícil decir algo hoy”, dijo.
Lo primero que pensó fue en su padre. Después habló de la camiseta. De los más de 20 años. De los peores momentos. De las veces en las que no dejó de luchar, de pelear, de dar el máximo.
Y dijo algo que quizá resume mejor que cualquier estadística lo que significaba para él esa camiseta: que no venir más iba a ser un dolor muy grande. Que le gustaría venir toda la vida. Que jugar en la Selección argentina era “lo más lindo que me ha podido pasar”.
Entonces apareció Qatar. El sueño cumplido. El de él y el de todo un país.
Pero también apareció algo menos contado de estos últimos meses: la final contra España.
Messi habló por primera vez públicamente sobre las versiones que habían quedado dando vueltas después de aquella derrota y fue terminante: no había pasado nada raro. El desgaste de la semifinal contra Inglaterra había sido enorme y, según explicó, aquello había pesado en una final que terminó escapándose.
No fue una denuncia. No fue una revelación. Fue, justamente, lo contrario: un intento de cerrar una historia que había seguido abierta después de aquella noche.
Y quizás por eso el discurso terminó mirando hacia adelante.
Messi recordó también uno de los días más felices de su carrera: el regreso de la Selección al Monumental después del Mundial ganado en Qatar. Aquel día, dijo, fue hermoso.
Esta vez era diferente.
“Me toca vivir el día más triste de mi carrera”, explicó.
Pero antes de despedirse dejó algo más que un agradecimiento.
Dejó una advertencia.
Dijo que iban a venir momentos duros. Que no era normal lo que la Selección había conseguido durante todos esos años. Y que, cuando llegaran las dificultades, habría que acompañar más que nunca.
“Siempre unidos”, repitió.
Después fue todavía más directo: para conseguir objetivos grandes hay que construir grupos fuertes, grupos unidos, porque “hay gente que quiere ver mal a la Selección”.
La frase no pertenecía solamente al hombre que se despedía. También pertenecía al capitán que durante años había aprendido que una Selección puede ganar un Mundial cuando consigue convertirse en un grupo capaz de atravesar derrotas, críticas, lesiones, discusiones y noches imposibles.
“Ya les digo que nosotros éramos un grupo extraordinario”, dijo. “Por eso conseguimos todo lo que conseguimos”.
Era, quizás, la última arenga.
Solo que esta vez no había partido después.
Messi admitió que estaba hablando más que nunca. También admitió que no quería irse. No quería estar fuera de esa cancha.
Pero estaba.
Y cuando terminó de hablar, el Monumental volvió a hacer lo que había hecho durante más de dos décadas: cantar por él.
El 10 quedó en la camiseta.
Y la camiseta quedó, por primera vez, sin él.