La Tierra no gira siempre a la misma velocidad. Aunque estamos acostumbrados a pensar que un día dura exactamente 24 horas, esa cifra es solo un promedio. La rotación del planeta varía constantemente, y los científicos llevan décadas midiendo esos cambios con relojes atómicos de alta precisión.
El principal responsable de que los días se alarguen con el tiempo es la Luna. Su atracción gravitatoria genera mareas que actúan como un freno sobre el giro de la Tierra. Es un proceso lento, que lleva miles de millones de años ocurriendo, y que explica por qué hace 600 millones de años un día duraba apenas 21 horas.
Pero en las últimas décadas apareció un factor nuevo: el cambio climático. Cuando los glaciares se derriten, el agua se redistribuye hacia los océanos y se acerca al ecuador.
Ese desplazamiento de masa hace que la Tierra gire más lento, igual que un patinador que extiende los brazos mientras da vueltas. La extracción de agua subterránea tiene el mismo efecto.
Investigadores financiados por la NASA analizaron más de 120 años de datos y confirmaron que desde el año 2000 los días se están alargando más rápido que antes. La variación es de apenas milisegundos por siglo, pero la tendencia es clara y va en aumento. Si las emisiones de carbono siguen creciendo, ese efecto podría duplicarse hacia finales de este siglo.
Para la vida cotidiana, estos cambios son imperceptibles. Nadie va a notar que su jornada dura unos milisegundos más. Sin embargo, para sistemas como el GPS, los satélites o las redes de telecomunicaciones, esa precisión es crítica. Por eso existen los “segundos intercalares”, pequeños ajustes que mantienen sincronizados los relojes oficiales con la rotación real del planeta.
La posibilidad de llegar a días de 25 horas existe, pero tardaría unos 200 millones de años. Lo que sí es inmediato es el mensaje que deja este fenómeno: el cambio climático no solo afecta temperaturas y mares. También está modificando, de forma medible, el comportamiento físico del planeta.