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Un hallazgo científico volvió a poner a la Argentina en el mapa de la investigación marina. Una ballena jorobada identificada como “Popa” logró recorrer más de 2500 kilómetros en apenas dos semanas, desde la costa de Chubut hasta la Antártida, en un viaje que aportó información clave sobre el comportamiento de la especie.

El desplazamiento fue registrado gracias a un sistema de monitoreo satelital impulsado por la Fundación Rewilding Argentina, que permitió seguir el recorrido en tiempo real y analizar sus patrones de movimiento .

Un viaje sin pausas que sorprendió a los científicos

Popa fue observada por primera vez en enero de 2026 en el Parque Provincial Patagonia Azul, donde permaneció durante varias semanas alimentándose en una de las zonas más ricas del Atlántico Sur.

Sin embargo, a fines de febrero inició un desplazamiento continuo hacia el sur. Entre el 24 de febrero y el 16 de marzo, nadó prácticamente sin detenerse ni alimentarse, hasta llegar a las cercanías de las Islas Orcadas del Sur, en la Antártida.

El registro de este trayecto permitió documentar una velocidad y resistencia poco habituales, además de aportar datos sobre cómo las ballenas conectan las áreas de alimentación y migración.

Una ruta que cambia lo que se sabía

El seguimiento de Popa fue clave para observar su recorrido y detectar posibles nuevas rutas migratorias. Los investigadores destacan que, además de los caminos oceánicos ya conocidos, empieza a perfilarse una tercera vía más cercana a la costa, que conecta la Patagonia con la Antártida.

Este dato refuerza la importancia del Parque Patagonia Azul, una región que en pocos años pasó de tener escasos registros a contabilizar más de 200 ballenas jorobadas identificadas.

La alerta que encendió el recorrido

Más allá del hito científico, el caso de Popa dejó en evidencia un problema creciente. La zona donde la ballena se alimentó en la Antártida coincide con uno de los principales focos de pesca industrial de krill.

Este recurso es clave para el ecosistema marino, ya que sostiene a aves, peces y mamíferos marinos. La extracción intensiva en esa área genera preocupación por su impacto en la cadena alimentaria.

El viaje de Popa abre la incógnita de cómo se alimentarán las ballenas jorobadas y cómo será su relación con distintos ecosistemas del Atlántico Sur en los próximos años.

Al mismo tiempo, refuerza la necesidad de monitorear estos entornos y protegerlos frente a actividades que podrían alterar su equilibrio.

En apenas semanas, una ballena logró no solo unir dos regiones clave del planeta, sino también revelar lo que ocurre en un mundo que, hasta ahora, permanecía oculto bajo el mar.