

La disputa con el presidente del Banco Central ha hecho perder de vista cuál es la verdadera cuestión en juego con el Fondo del Bicentenario.
Al asumir su cargo, el actual ministro de Economía tenía perfectamente en claro que su principal tarea sería lograr un financiamiento del orden de los 5.000 millones de dólares para cubrir el déficit fiscal de 2010.
Diseñó para ello un plan de acción.
En primer lugar, se propuso lograr que el matrimonio presidencial aceptara la visita de una misión del FMI para realizar el informe que prevé el artículo IV de la carta orgánica del organismo para todos los países miembros.
Con este informe, se abrirían las puertas a la renegociación de la deuda con el Club de París y con los bonistas que no aceptaron el canje de deuda –los llamados holdouts.
Cumplidos estos pasos, se estaría en condiciones de recurrir al mercado de capitales y conseguir los necesarios 5.000 millones de dólares para cubrir el agujero fiscal de 2010.
La estrategia del ministro fracasó. Como era de prever, el FMI no iba a dejar de mencionar el tema INDEC y el matrimonio reinante no iba a aceptar ningún comentario, por edulcorado que fuere, sobre el tema.
Es aquí que el ministro sacó de la galera el Fondo del Bicentenario.
En principio, la idea es tentadora. Se pagan los vencimientos de la deuda con divisas adquiridas mediante la emisión de pesos, es decir, aparentemente, sin costo alguno para el Estado.
Pero, ¿es realmente sin costo alguno?
En realidad, es lo mismo que si el Banco Central entregara los pesos al Tesoro nacional y éste comprara en el mercado de cambios los 6.500 millones de dólares que constituyen el mencionado Fondo. Sólo que en este último caso resultaría transparente que de lo que se trata es simplemente de financiar el déficit fiscal con emisión monetaria. Efectivamente, de esto se trata y no es gratis, como no lo es nada en economía.
En realidad, existe un costo oculto que está dado por el aumento de precios (inflación) que genera esa masa de dinero que fue lanzada al mercado para la compra de esos dólares o la que se utilizará para reponerlos. Ese aumento de precios actúa como un impuesto sobre los sectores de ingresos fijos: asalariados y jubilados en primer lugar. Se trata del impuesto más regresivo que existe porque recae en los sectores de menores recursos pero, al mismo tiempo, es el más fácil de aplicar: a diferencia de cualquier otro impuesto, los damnificados sólo perciben el efecto –el alza de precios– y no su causa mediata. Además, el INDEC se ocupa de esconder la basura debajo de la alfombra.
Tal como ocurrió con el pago al FMI, se trata de una redistribución de ingresos de tipo Hood Robin: sacarle a los pobres para pagarles a los titulares de las acreencias contra el Estado argentino. La inflación es una máquina de fabricar pobres.
En síntesis: el pomposo Fondo del Bicentenario sólo refleja que la situación fiscal ha tocado fondo en el año del Bicentenario y una vez más son los que menos tienen los llamados a pagar el pato de la boda.










