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Ucrania-Rusia: una Europa dividida y distraída se mira el ombligo

Las distracciones políticas en Europa occidental facilitan los movimientos de Vladimir Putin en el este

El fin de semana desayuné con un exfuncionario de Downing Street, que todavía vive y respira la política del Reino Unido. Me preguntó si creía que Rusia invadiría Ucrania en las próximas dos semanas. Le contesté que creía que era algo claramente posible. Mi amigo pareció afectado. "Oh, no", exclamó, "una guerra es lo único que podría salvar a Boris".

Esa respuesta captó el actual estado de ánimo de profunda insularidad en Gran Bretaña. Pero no sólo en el Reino Unido. De hecho, la mayoría de los grandes países de Europa occidental se encuentran actualmente en medio de transiciones políticas desestabilizadoras, lo que los hace estar aún menos preparados de lo habitual para una confrontación con Rusia.

En el Reino Unido, el control del primer ministro Boris Johnson sobre el poder es cada vez más débil. El principal debate en Westminster parece ser si el tiempo que le queda al primer ministro en el cargo se mide mejor en semanas o en meses. En Francia, Emmanuel Macron está a menos de tres meses de las elecciones presidenciales. En Alemania, Olaf Scholz lleva apenas unas semanas como canciller y está intentando mantener unido un gobierno de coalición que no ha sido probado. En Italia, un colegio electoral comenzará la votación para elegir un nuevo presidente de la república el 24 de enero. Si Mario Draghi, el actual primer ministro, consigue el puesto, el gobierno italiano tendrá que ser reconstituido y podría caer.

A las democracias usualmente les resulta difícil enfocarse en una "disputa en un país lejano entre personas de las que no sabemos nada", como dijo Neville Chamberlain sobre Checoslovaquia. Pero éste es un momento especialmente agitado en Europa occidental, lo que puede hacer que sea un buen momento para que el presidente Vladimir Putin haga sus jugadas en Europa oriental.

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En Gran Bretaña, Johnson tiene que concentrarse ahora en intentar evitar su propia ruina política. En una movida mayormente desapercibida por el público, el gobierno del Reino Unido ha adoptado una posición de línea dura respecto a Ucrania. Los británicos han enviado armamento defensivo al país y han acusado públicamente a Rusia de planear un golpe de Estado en Ucrania.

Esta postura del Reino Unido es una herencia de más de una década de malas relaciones con Rusia. Quizás los británicos también desean aprovechar la oportunidad de demostrar que, tras el Brexit, el país es capaz de adoptar posturas notablemente más audaces que la Unión Europea (UE) en materia de seguridad. Pero el costo del Brexit es que la capacidad del Reino Unido para moldear la respuesta de Europa en su conjunto se ha visto seriamente debilitada. No es sólo que Gran Bretaña no está en la mesa cuando la UE debate sobre Rusia. El gobierno de Johnson también es considerado por las demás grandes capitales europeas como algo frágil y poco digno de confianza.

Sin embargo, los instintos franceses y alemanes sobre Rusia también despiertan una gran desconfianza en el resto de Europa. Macron nunca ha disimulado su ambición de ser la figura política dominante en la UE, una ambición que puede parecer más plausible ahora que Angela Merkel ha dejado de serlo tras 16 años como canciller alemana.

Pero la mayoría de los países más pequeños de Europa esperan que EEUU garantice su seguridad. De hecho, algunos temen que el presidente francés pueda socavar su seguridad, al intentar llegar a un acuerdo con Rusia ignorándolos. Esas ansiedades se acentuaron la semana pasada, cuando Macron pronunció un discurso en el que sugirió que la UE debería lanzar su propia iniciativa diplomática con Rusia.

Funcionarios franceses reaccionaron airadamente ante la sugerencia de que su presidente estaba debilitando la unidad occidental y la OTAN. Sin embargo, no puede sorprenderlos esta respuesta, dado que Macron ha calificado en el pasado a la OTAN de "descerebrada".

En cualquier caso, todos sus pronunciamientos deben leerse en el contexto de las elecciones presidenciales. Por el momento, una política de relativa firmeza hacia Moscú parece políticamente astuta para Macron, sobre todo porque pone de manifiesto la historia de simpatía de la extrema derecha francesa hacia Putin. Pero si un ataque ruso a Ucrania provoca una crisis energética y una recesión económica en toda la UE, el momento sería muy incómodo para Macron, justo antes de las elecciones de abril.

La principal interrogante se cierne sobre Alemania. La crisis ucraniana afecta a una de las mayores fallas que atraviesa el nuevo gobierno de coalición. Los Verdes, quienes ocupan el ministerio de Relaciones Exteriores, tienen una postura relativamente dura hacia Rusia. Pero el partido de Scholz, los socialdemócratas (SPD, por sus abreviatura en alemán), tiene muchos "Russlandversteher" (simpatizantes de Rusia) en sus filas. Gerhard Schröder, el último canciller del SPD antes de Scholz, preside el comité de accionistas del Nord Stream 2, el polémico gasoducto de Rusia a Alemania que evita a Ucrania. Ese oleoducto se ha convertido en un símbolo de la malsana dependencia alemana de Rusia y del desprecio por los intereses de los países que se encuentran entre Rusia y Alemania.

El vicealmirante Kay-Achim Schönbach, jefe de la marina alemana, acaba de verse obligado a renunciar tras comentar que lo que quiere Putin es el respeto que "probablemente merece". Pero muchos europeos sospechan que simplemente estaba diciendo en público lo que muchos alemanes influyentes piensan en privado. La continua negativa de Berlín a suministrarle armamento a Ucrania ha provocado mucho resentimiento en Kiev.

El deseo alemán de minimizar o incluso ignorar los peligros que representa la Rusia de Putin está profundamente arraigado en la historia. Pero probablemente no sea sostenible. Berlín está más cerca de Leópolis, la mayor ciudad del oeste de Ucrania, que de París. Le guste o no, Alemania está ahora incómodamente cerca de la primera línea del conflicto más peligroso de Europa.

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