El precio del petróleo llegó a u$s 117 la semana pasada. El presidente de EE.UU., Donald Trump, parece creer que todo esto es culpa del líder de Ucrania, Volodímir Zelensky. Pero los mercados parecen más preocupados por la perspectiva de una escalada de la guerra en Medio Oriente.

Lamentablemente, la reacción del mercado es racional. Las señales indican que EE.UU. e Israel se preparan para una nueva ofensiva contra Irán, poco después de las elecciones de medio término estadounidenses de la semana próxima.

El ataque conjunto de EE.UU. e Israel contra Irán en febrero, que comenzó con el asesinato de la cúpula del país, no logró su objetivo de derrocar a la república islámica. Aun si EE.UU. e Israel amplían su lista de blancos y usan armamento todavía más destructivo, sigue siendo poco probable que una campaña intensificada logre un cambio de régimen o arranque concesiones importantes a Irán.

El resultado más probable es que los iraníes respondan con dureza. Todos los blancos que Irán o sus aliados atacaron en los últimos meses (la infraestructura de Arabia Saudita y los Estados del Golfo, las bases militares estadounidenses en la región y los buques que atraviesan el estrecho de Ormuz) siguen a su alcance. Los efectos secundarios de una intensificación de los ataques iraníes sobre los precios de la energía y la economía mundial son previsibles.

Irán también tiene opciones de escalada a las que todavía no recurrió, como ataques contra plantas desalinizadoras y cables submarinos de comunicaciones. Algunos analistas serios incluso plantearon la posibilidad de que lance una ofensiva terrestre contra bases estadounidenses en Bahréin o Kuwait.

Entonces, ¿por qué correr el riesgo? La respuesta es que ni Trump ni Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel, parecen capaces de aceptar que su campaña militar fracasó.

No hay señales de que tengan un plan coherente para la victoria. En cambio, los impulsa la esperanza de que unos cuantos golpes feroces más obliguen a Irán a ceder: reabrir el estrecho de Ormuz sin condiciones y entregar su reserva de uranio altamente enriquecido.

En lo político, Trump y Netanyahu se encuentran en situaciones curiosamente parecidas. Ambos enfrentan elecciones inminentes que probablemente les resulten adversas. Ambos van a las urnas con el telón de fondo del fracaso de la campaña contra Irán.

Pero la guerra tuvo un impacto muy distinto en la política de EE.UU. y de Israel. Es abrumadoramente impopular en EE.UU., donde se la asocia con la suba de precios y la pérdida de vidas y de prestigio estadounidenses.

En cambio, la decisión de atacar a Irán sigue siendo popular en Israel. La principal crítica que los partidos opositores le hacen a Netanyahu en la campaña es que no terminó el trabajo.

Pese a esto, y a su fracaso en proteger a Israel del ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023, Netanyahu sigue haciendo campaña con ejes de seguridad nacional. En los últimos días de campaña, compartió una imagen generada con IA de una explosión nuclear sobre Tel Aviv, acompañada de la afirmación de que “Israel está en un peligro existencial real y tangible”.

Se cree que Netanyahu presionó para lanzar una nueva ofensiva contra Irán antes de que Israel vote el martes. Con encuestas que sugieren que el bloque de partidos que apoya a su gobierno perderá la elección por un margen estrecho, quizás haya pensado que reanudar la guerra con Irán le daría un impulso electoral.

Trump, en cambio, parece decidido a postergar cualquier nuevo ataque contra Irán hasta después de que EE.UU. vote. Y, como es el socio principal en la relación con Netanyahu, su postura se impuso.

La principal crítica que los partidos opositores le hacen a Netanyahu en la campaña es que no terminó el trabajo.

La situación política será distinta después de las elecciones israelíes y estadounidenses. Aun si Trump y Netanyahu resultan derrotados, ambos podrían seguir teniendo el motivo y los medios para reanudar la guerra contra Irán.

Formar una nueva coalición de gobierno en Israel podría llevar semanas o meses. Mientras tanto, es probable que Netanyahu siga como primer ministro, con la facultad legal de ordenar acciones militares si considera que responden a los intereses de la seguridad nacional israelí.

Algunos analistas, como Danny Citrinowicz, del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel, también señalaron que reanudar la guerra con Irán podría permitirle a Netanyahu impulsar un gobierno de unidad nacional que él mismo encabezaría.

En cuanto a EE.UU., aun si los republicanos pierden el control de ambas cámaras del Congreso, Trump seguirá siendo el comandante en jefe de las fuerzas armadas estadounidenses. Su deseo de venganza y de demostraciones de fuerza podría incluso crecer si sufre una humillación en las urnas.

Por todas estas razones, una intensificación de la guerra contra Irán es más probable que improbable. Pero, por supuesto, con Trump nada es seguro. El presidente estadounidense prometió varias veces en los últimos meses una escalada militar contra Irán, para después dar marcha atrás.

Las razones por las que no cumplió en el pasado siguen todas vigentes. Las fuerzas estadounidenses y sus aliados en la región son vulnerables a represalias. La campaña hasta ahora ya agotó municiones cruciales, en particular interceptores de misiles. Una nueva guerra será mala para la economía y para los mercados. No hay un camino convincente hacia la victoria.

Pero el hecho de que una nueva campaña militar tenga poco sentido no significa que no vaya a ocurrir. Una derrota en las urnas podría convencer tanto a Netanyahu como a Trump de volver a buscar la victoria en el campo de batalla.