Berkshire Hathaway es muy importante, tanto por su enorme tamaño como por su posición simbólica en el mundo empresarial estadounidense. Vale más de un billón de dólares, lo que la convierte en la undécima empresa más valiosa de EE.UU. Las diez compañías que la superan pertenecen todas al sector tecnológico y todas ellas (salvo, quizás, Apple) se vieron impulsadas recientemente por la fiebre de la inteligencia artificial o por la manía en torno a Elon Musk. Berkshire representa una forma más antigua, prudente y previsora de capitalismo corporativo, basada no en la revolución tecnológica sino en verdades económicas duraderas. En un momento de tanta efervescencia como este, el ejemplo de Berkshire importa.
Sin embargo, cada vez es más difícil sostener la idea de que el modelo Berkshire tiene una ventaja en la creación de valor a largo plazo. Si se comparan sus rendimientos totales móviles a 10 años con el S&P 500, el período en que Berkshire superó de manera consistente al índice terminó a mediados de 2012. Desde entonces, ambos se intercambian el liderazgo: el S&P rinde más cuando el optimismo de los inversores está en alza, como ocurre ahora, y Berkshire lo hace algo mejor cuando el clima es de cautela, como en abril del año pasado. En esencia, ha sido un empate durante 14 años, un lapso que empieza a ser largo incluso para los estándares de Berkshire.
Warren Buffett —no solo el mejor inversor sino también el líder corporativo más carismático de nuestra época— dejó el cargo de CEO hace seis meses y fue reemplazado por Greg Abel. Así que llegó el momento de volver a hacer una vieja pregunta: más allá del simbolismo, ¿cuál es el sentido de Berkshire?
Hay una respuesta directa, aunque algo gris, a esta pregunta. Berkshire es menos volátil que el S&P, algo útil para ciertos inversores sensibles al riesgo (aunque, paradójicamente, Buffett siempre criticó la confusión entre volatilidad y riesgo, ya que para él el riesgo real es el de pérdida). Tampoco paga dividendos, lo que la hace más eficiente desde el punto de vista impositivo para quienes no necesitan ingresos regulares. Así, se podría pensar en Berkshire como un fondo mutuo sin comisiones, de baja volatilidad y eficiente en materia fiscal, con muy pocas chances de superar o de quedar muy por debajo del S&P 500 en períodos prolongados.
No es una recomendación menor. De hecho, suena como un producto que a mí me gustaría tener. Pero, dado lo que representa Berkshire, ¿alcanza con esto? ¿Igualar a un índice pasivo, mientras se ahorran algunos dólares frente al fisco, es lo mejor que puede ofrecer una inversión basada en los fundamentos, paciente y con principios? Si es así, resulta bastante desalentador.
Y hay una manera todavía menos favorable de leer el desempeño reciente de Berkshire: que cotiza como una aseguradora, que es justamente lo que es, más allá de su cartera de inversiones inusualmente grande. En los últimos cinco años, Berkshire se movió en gran medida en línea con el índice S&P 500 de seguros patrimoniales y de accidentes, quedando levemente por debajo.
Espero que Abel apunte más alto. Pero, a juzgar por la experiencia de la última década y media, eso exigirá cambios de fondo.
El primero y más importante es abandonar la idea de que Berkshire tiene una ventaja relevante para destinar capital en grandes “dislocaciones” del mercado, como las llamó Abel recientemente. Eso no resultó del todo cierto durante la crisis financiera global: las acciones de Berkshire apenas superaron al índice en los 10 años posteriores al colapso del mercado de 2007, y el crecimiento del valor patrimonial por acción fue, en ese período, históricamente promedio. Es seguro que hoy esa ventaja es todavía menor.
Grandes gestoras de activos como Blackstone y Apollo se convirtieron en canales de liquidez global. Estarán listas para desplegar grandes sumas de dinero rápidamente en la próxima crisis, si la Reserva Federal no abre antes una ventanilla de liquidez. Los días en que Berkshire ofrecía “dinero de viernes a la noche” a tasas exorbitantes para buenas empresas en apuros probablemente terminaron, igual que terminaron hace ya varias décadas sus días de comprar “dólares a 50 centavos” (empresas poco populares con valor oculto en el balance). Esperar a la próxima crisis para crear oportunidades no es la estrategia que genera rendimientos superiores a largo plazo.
Sin embargo, puede haber otras formas de hacer valer sus ventajas. Una es asumir con más fuerza su identidad como gestor activo, especialmente en su cartera de acciones públicas. Berkshire es única entre las aseguradoras por el tamaño de sus tenencias accionarias, algo que los reguladores toleran gracias a sus profundas reservas financieras. Si el dominio de los fondos indexados dificulta superar al índice en el corto plazo, también debería crear oportunidades de largo plazo para tomar posiciones concentradas en empresas mal valoradas por el mercado. En definitiva, Berkshire debería actuar con mayor firmeza sobre sus convicciones. Ya demostró que puede moverse con rapidez y a gran escala: la compañía sumó cerca de mil millones de acciones de Apple a su cartera entre fines de 2016 y comienzos de 2018, una apuesta audaz y extraordinaria. Apuestas más concentradas como esta generarán resultados más volátiles, pero, siguiendo el razonamiento de Buffett, el sentido mismo de ser un inversor de largo plazo es no dejarse afectar por la volatilidad.
La segunda ventaja, vinculada a la anterior, tiene que ver con el acceso de Berkshire a capital barato, ya sea de fuentes internas o de los mercados. Su reciente adquisición de la constructora de viviendas Taylor Morrison por u$s 8.500 millones da una pista de lo que es posible. EE.UU. tiene un déficit de viviendas, pero la construcción residencial es una industria fragmentada que debe pagar mucho por capital de crecimiento, en parte porque los inversores todavía recuerdan la burbuja inmobiliaria. Berkshire tiene la oportunidad de convertirse en un consolidador, absorbiendo jugadores más pequeños y dándoles una ventaja en el costo del capital. En definitiva, puede convertirse tanto en constructor de negocios como en comprador y gestor de empresas: una especie de fondo de private equity, pero con un horizonte de tiempo infinito.
El mundo necesita el liderazgo de Berkshire, por eso Berkshire debe cambiar.
