El contexto económico global no luce alentador. Aunque los tribunales de EE.UU. frenaron buena parte de la agenda proteccionista del presidente Donald Trump, la tasa arancelaria efectiva de la mayor economía del mundo sigue en su nivel más alto en varias décadas. La guerra en Irán, por su parte, provocó la mayor disrupción en los mercados petroleros desde la década de 1970, justo cuando el persistente conflicto de Rusia con Ucrania continúa presionando el abastecimiento global de alimentos, fertilizantes y combustibles. Más recientemente, la creciente preocupación por los altos niveles de deuda y la suba de las tasas de interés desató una intensa ola de ventas en el mercado de bonos. Sin embargo, el crecimiento parece sostenerse notablemente bien.
El mes pasado, la actividad empresarial global igualó su máximo en 40 meses, según el índice compuesto de gerentes de compras de JPMorgan. También se espera que el comercio mundial de bienes crezca más rápido en los próximos años. En conjunto, se prevé que la economía global alcance una respetable tasa de crecimiento anual de alrededor del 3% este año y el próximo. Mientras los responsables de política económica se reúnen la semana próxima en Bangkok para las asambleas anuales del FMI y el Banco Mundial, entender qué sostuvo la expansión económica global es tan importante como evaluar los riesgos que se avecinan.
Los gobiernos desempeñaron un papel importante. Los esfuerzos de largo plazo para impulsar la transición verde y acumular reservas de petróleo y gas, y liberarlas, brindaron un valioso colchón. Mayores reservas de divisas y marcos de política fiscal y monetaria más maduros también permitieron a los países en desarrollo capear mejor la ola de shocks. Y en todo el mundo, los paquetes de ayuda absorbieron parte de las presiones de costos que enfrentan los consumidores, mientras que nuevos acuerdos comerciales ayudaron a diversificar las cadenas de suministro.
Gran parte del mérito corresponde a un sector privado ágil. Frente a los aranceles y las disrupciones geopolíticas, las empresas encontraron rápidamente nuevos proveedores, trasladaron la producción y redirigieron el comercio. A medida que el flujo de petróleo, gas y productos químicos a través del estrecho de Ormuz se vio obstruido, productores desde Canadá hasta Kazajistán aumentaron sus exportaciones.
El boom de la IA aportó un impulso adicional. La fuerte demanda de chips, servidores y placas de circuitos elevó las exportaciones en toda Asia, así como las de los proveedores de equipos especializados en Europa. En EE.UU., el enorme gasto en centros de datos e infraestructura asociada impulsó la producción industrial, pese a los elevados aranceles de importación del país. El frenesí inversor también impulsó a los mercados bursátiles, generando efectos riqueza que ayudaron a sostener el consumo en Estados Unidos y Corea del Sur, por ejemplo.
La buena fortuna también ayudó. La expansión de la IA llegó en un momento oportuno, compensando los shocks geopolíticos. La debilidad del dólar ayudó a amortiguar a las economías en desarrollo y los desafíos legales neutralizaron los planes arancelarios más agresivos de Trump.
Aun así, hay poco margen para la complacencia. Los inversores en bonos están perdiendo la paciencia con los gobiernos muy endeudados, mientras que los políticos populistas amenazan con dificultar la disciplina fiscal. Cuanto más se prolongue la guerra en Irán, más se agotarán los colchones existentes. Y con tanto comercio e inversión dependiendo ahora de la IA, cualquier mal uso, accidente o decepción respecto de los retornos comerciales de la tecnología repercutiría en toda la economía global.
No obstante, hay lecciones valiosas en lo que funcionó. Contar con cierto espacio fiscal permitió a los gobiernos amortiguar los golpes. Pero ese margen se está agotando, y reconstruirlo mediante una consolidación creíble es esencial, para evitar que los mercados de bonos se conviertan en la fuente del próximo shock. Igual de importante es respaldar la capacidad de adaptación de las empresas. Eliminar las barreras a la contratación, la inversión y la expansión ayuda al sector privado a responder más rápido, mientras que lazos comerciales más profundos y una mejor infraestructura de transporte y energía les dan a las compañías más opciones cuando se interrumpen las cadenas de suministro. Hasta ahora, la economía mundial demostró ser notablemente ingeniosa. Mantenerla así requerirá algo más que buena fortuna.
