La autora es senadora de Estados Unidos por Massachusetts y la principal demócrata en el comité bancario del Senado.
A casi un mes del inicio de la guerra de Donald Trump con Irán, hay dos cosas claras. Primero, el presidente ha desencadenado un conflicto global que ha provocado la muerte de más de una docena de militares estadounidenses y ha dejado a cientos más heridos, además de miles de civiles muertos en la región y millones de desplazados. Segundo, la guerra de Trump amenaza con asestar un duro golpe a una economía estadounidense que ya se tambalea. Si no la detiene de inmediato, se arriesga a una recesión que cerrará pequeñas empresas y dejará a millones de trabajadores sin empleo, mientras más soldados estadounidenses regresan en ataúdes.
Los costos de esta guerra son enormes. El más relevante es el cierre efectivo del estrecho de Ormuz, que ha impulsado los precios globales del petróleo al ritmo más rápido desde la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania en 2022. El precio promedio de la gasolina en Estados Unidos es ahora de u$s 3,98, casi u$s 1 más que hace apenas un mes. Para un hogar promedio, el impacto en el surtidor podría sumar cerca de u$s 750 adicionales este año.
Una crisis en la cadena de suministro afectará a la economía estadounidense de dos maneras clave. Primero, con precios más altos. Los costos de calefacción o refrigeración de los hogares aumentarán, sumando presión a tarifas de servicios que ya subieron más de 10% bajo Trump. También suben los costos del combustible para aviones y las aerolíneas ya anticiparon que trasladarán ese incremento a los pasajeros. El diésel también se encarece, elevando el costo de transportar cualquier bien que se mueva en camión. A esto se suma el aumento de los fertilizantes, justo cuando los agricultores se preparan para la siembra, lo que anticipa alimentos más caros para las familias.
Los aumentos de precios, desde alimentos hasta muebles y ropa, abrirán un agujero en los presupuestos familiares en un momento en que más estadounidenses ya reportan que saltean comidas, postergan atención médica o recurren a sus ahorros para la jubilación para llegar a fin de mes. La respuesta del principal asesor económico de Trump, Kevin Hassett, fue que el dolor de los consumidores por la guerra con Irán es “lo último que nos preocupa ahora mismo”.
¿Desconectado de la realidad? Sin dudas. Pero hay un segundo efecto económico peligroso: un salto de la inflación y la incertidumbre en un contexto en el que varios indicadores ya muestran señales de alerta. La Reserva Federal será menos proclive a recortar las tasas. Su presidente, Jay Powell, advirtió que el shock energético elevará la inflación, pero también señaló que a largo plazo “no sabemos cuáles serán los efectos. Y, en realidad, nadie lo sabe”. Esa incertidumbre tiene un costo: los inversores exigen mayores rendimientos para la deuda estadounidense, lo que eleva el costo del crédito, incluidas las tasas hipotecarias.
La inflación, medida según el indicador preferido de la Fed, volvió a subir a su nivel más alto en casi dos años. Trump dejó a 15 millones de estadounidenses sin cobertura de salud y duplicó las primas de los seguros médicos. También aumentan las morosidades en préstamos para autos y tarjetas de crédito, en niveles no vistos desde la recuperación posterior a la crisis financiera de 2008. La creación de empleo se ha estancado. Si el desempleo sube, es probable que se produzca una ola de incumplimientos.
En conjunto, la guerra está empeorando la economía estadounidense a un costo enorme y evitable. Solo los primeros seis días costaron más de u$s 11.000 millones a los contribuyentes, suficiente para financiar un año completo de seguro de salud para más de un millón de personas. Las estimaciones indican que la administración Trump gasta actualmente al menos u$s 1.000 millones por día. Además, informes señalan que la Casa Blanca pronto solicitará otros u$s 200.000 millones al Congreso. Eso equivale a más de u$s 2.300 por familia estadounidense.

Antes de que mueran más personas y la economía caiga en recesión, el Congreso debería intervenir y cambiar el rumbo. Si el presidente se niega a detener la guerra y buscar una solución diplomática, los republicanos deberían sumarse a los demócratas para cortar la autorización del conflicto. Y si eso no ocurre, cada demócrata debería oponerse a la financiación adicional. Los republicanos que quieran continuar podrían optar por un camino inédito: aprobar fondos por mayoría simple y sin consenso bipartidista. Pero si lo hacen, dejarán en claro ante los votantes que están dispuestos a alinearse mientras este conflicto encarece el costo de vida en todo el país.
Trump hizo campaña prometiendo evitar guerras en el extranjero y reducir costos “desde el primer día”. Esas promesas hoy están en ruinas. El costo humano de esta guerra es inaceptable. El costo económico es creciente y peligroso. El presidente debería ponerle fin hoy mismo.
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