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Cuando se echa la vista atrás sobre la infancia, la mayoría considera ese tiempo como una etapa feliz: las tardes en el parque, los cumpleaños, el escondite, las meriendas del recreo. El cerebro humano, de hecho, tiende a mirar el pasado con cierta benevolencia, conservando lo bueno y difuminando lo malo.

En medio de esa reflexión sobre cómo recordamos nuestros primeros años, el psicólogo Peter Gray ha puesto sobre la mesa una idea que ha dado que hablar: según sus estudios sobre el desarrollo infantil, las personas nacidas entre 1960 y 1970 fueron las últimas en experimentar un tipo de infancia marcada por una libertad y una autonomía que hoy resultan mucho menos habituales.

Así lo resume en su estudio The Decline of Play and the Rise of Psychopathology in Children and Adolescents, publicado en la revista American Journal of Play. Allí también argumenta que el juego sin supervisión adulta ha caído en picado en los últimos cincuenta años en Estados Unidos y otros países desarrollados, y cómo esa caída coincide con un aumento sostenido de la ansiedad y la depresión.

La infancia sin pantallas que contrasta con las vividas durante 1960 y 1970.
La infancia sin pantallas que contrasta con las vividas durante 1960 y 1970.Fuente: iStockphotodjedzura

Una infancia sin pantallas y con más libertad

La generación nacida en esas dos décadas creció en un contexto muy distinto al actual. No había teléfonos móviles, redes sociales ni entretenimiento disponible a cualquier hora. Los niños pasaban gran parte del día fuera de casa, jugando en la calle, resolviendo conflictos con otros niños y explorando su entorno sin una supervisión constante.

Para Gray, investigador especializado en la psicología del juego, esas experiencias fueron fundamentales para desarrollar capacidades como la independencia, la confianza en uno mismo y la tolerancia a la frustración.

En sus trabajos defiende que el juego libre, el que no está organizado ni dirigido por adultos, tiene un papel esencial en la formación emocional: cuando un niño decide a qué jugar o cómo resolver una discusión, entrena habilidades que le serán útiles de adulto.

Los problemas de las infancias modernas, según el psicólogo.
Los problemas de las infancias modernas, según el psicólogo.

Aprender a gestionar el aburrimiento

Uno de los grandes cambios entre aquella infancia y la actual es la relación con el aburrimiento. Los niños de generaciones anteriores tenían largos periodos sin entretenimiento inmediato: no existía TikTok ni Instagram, ni videojuegos que captaran su atención durante horas.

El aburrimiento, en cierto modo, obligaba a crear. Inventar juegos, construir refugios, imaginar historias o buscar nuevas formas de divertirse era parte del día a día, algo que, según los expertos, ayudaba a desarrollar la creatividad, la paciencia y la capacidad de estar con uno mismo sin necesitar estímulos constantes.

Hoy, en cambio, el acceso inmediato al entretenimiento puede dificultar esa tolerancia a los momentos de espera.

Pequeñas responsabilidades que formaban el carácter

Otro elemento de aquella época era la participación en las tareas cotidianas. Muchos niños ayudaban en casa, cuidaban de hermanos pequeños o hacían recados, unas responsabilidades que tenían un impacto psicológico importante: les enseñaban que sus decisiones tenían consecuencias y que podían contribuir a su entorno.

Los psicólogos lo llaman “locus de control interno”: la sensación de que las propias acciones influyen en lo que ocurre alrededor, una característica que se relaciona con una mayor capacidad para afrontar dificultades. Del mismo modo, los conflictos entre niños se resolvían en persona: una discusión en el colegio implicaba volver al día siguiente y aprender a negociar o pedir perdón, sin la posibilidad de desaparecer tras una pantalla.

Una generación que aprendió a resistir

Conviene, eso sí, un matiz importante para no idealizar el pasado. Según esta misma visión, las personas nacidas entre 1960 y 1970 no tuvieron necesariamente una infancia perfecta ni estuvieron libres de problemas: también vivieron dificultades, carencias y situaciones familiares complicadas, como cualquier otra generación.

Lo que plantea Gray no es que fueran más felices, sino que el entorno en el que crecieron les permitió desarrollar una serie de habilidades que hoy parecen menos frecuentes. Jugar sin vigilancia, aburrirse sin tecnología, enfrentarse a pequeñas frustraciones y asumir responsabilidades fueron experiencias que moldearon su forma de afrontar el mundo.