

Hay un tipo de persona que Platón odiaba con una intensidad que sus diálogos apenas disimulaban. No era el político corrupto ni el tirano, aunque a estas figuras también las cuestionaba ferozmente.
Era el sofista: aquel que cobraba por enseñar a hablar bien, independientemente de si lo que se decía era verdad o mentira. Aquel que dominaba el arte de parecer convincente sin necesitar ser honesto.
Veinticuatro siglos después, esa figura no ha desaparecido. Se ha multiplicado y ahora se fundamenta en algoritmos, patrocinadores y tasas de engagement.

Los sofistas del siglo XXI: influencers y el arte de parecer
Los sofistas de la Atenas clásica no eran charlatanes, sino profesionales. Enseñaban retórica, dialéctica y oratoria a quienes podían pagarlo, y la habilidad que vendían era siempre la misma: la capacidad de persuadir a una audiencia, con independencia de la solidez del argumento o la veracidad del contenido.
El paralelismo con el influencer contemporáneo es incómodo porque es exacto. El influencer también vive del discurso persuasivo. También cobra por su capacidad de mover audiencias, no necesariamente por la calidad o la veracidad de lo que transmite.
También ha aprendido a construir una imagen de autenticidad que funciona como herramienta comercial. Y también, en muchos casos, prioriza aquello que genera respuesta emocional sobre aquello que es verdadero o útil.
Los sofistas atenienses operaban en plazas públicas y academias, mientras que los “sofistas contemporáneos” operan desde teléfonos móviles con audiencias de millones. Pero la mecánica que Platón diseccionó en sus diálogos funciona igual.

Lo que Platón escribió en La República sobre parecer y ser
En el Libro II de La República, Platón introduce uno de sus experimentos mentales más perturbadores: el anillo de Giges. Un pastor encuentra un anillo mágico que lo hace invisible y lo usa para asesinar al rey, seducir a la reina y hacerse con el poder. La pregunta que Platón lanza es esta: si nadie puede verte, si la apariencia queda desconectada de la realidad, ¿seguirías siendo justo?
La respuesta que el propio Platón teme es que la mayoría no lo sería. Y en esa respuesta está su diagnóstico más profundo sobre la injusticia: “La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo”. No el crimen visible y sancionable, sino la construcción sistemática de una imagen de virtud que no corresponde a ninguna virtud real.
La economía de la atención digital ha convertido el anillo de Giges en un modelo de negocio. La imagen puede construirse y gestionarse con independencia de la realidad que supuestamente representa.
El Fedro como manual de la manipulación digital
Si La República es el diagnóstico político, el Fedro es el análisis técnico. En ese diálogo, Platón examina la retórica no como arte sino como tecnología de la persuasión, y lo que describe es una mecánica de dependencia que la economía de los creadores de contenido ha perfeccionado sin saberlo.
En el Fedro, Platón describe al adulador como un “terrible monstruo, sumamente dañino, en el que la naturaleza entreveró un cierto placer, no del todo insípido”. La adulación no duele. Entra suavemente porque da al receptor exactamente lo que quiere escuchar. Y en esa comodidad reside su peligro.
El algoritmo no adulaba antes de existir la palabra. Pero hace exactamente lo mismo: aprende qué genera placer en cada usuario y lo amplifica. Lo que Platón llamaba el discurso que “maquinará para que permanezca absolutamente ignorante” es hoy la burbuja de filtros que cada plataforma construye alrededor de sus usuarios, asegurándose de que nunca encuentren demasiada resistencia a sus propias creencias.













