Quincy, un pequeño pueblo del norte de Florida con menos de 7000 habitantes, esconde una de las historias más fascinantes de la inversión bursátil en Estados Unidos. En apariencia, se trata de una localidad agrícola tranquila y anodina, pero detrás de sus calles se encuentran decenas de millonarios gracias a una decisión tomada hace más de un siglo.
Todo comenzó en 1922, cuando un banquero visionario convenció a sus vecinos de invertir sus ahorros —y hasta de endeudarse— en acciones de Coca-Cola.
El banquero que cambió la economía de un pueblo hace 100 años
El protagonista de esta historia es Mark Welch Munroe, conocido como Mr. Pat o Daddy Pat. Como presidente del banco local, Munroe observó un comportamiento curioso incluso en los peores momentos de la Gran Depresión: la gente, por muy pobre que fuera, siempre encontraba monedas para comprar una Coca-Cola helada. Esa lealtad inquebrantable a la marca le hizo ver una oportunidad única.
Coca-Cola había salido a bolsa en 1919 a 40 dólares por acción. Poco después, por conflictos con la industria azucarera, el precio cayó casi a la mitad, hasta los 19 dólares. Munroe consideró que era una ganga histórica y no solo invirtió él mismo, sino que convenció a granjeros, tenderos, profesores y vecinos del pueblo para que hicieran lo mismo.
Tras una buena cosecha de tabaco en 1922, animó a los habitantes a comprar acciones. Llegó incluso a prestar dinero del banco específicamente para adquirir títulos de Coca-Cola, siempre con el mismo consejo: nunca vender.
El pueblo que se convirtió en el más rico per cápita de Estados Unidos
La estrategia dio resultado. Antes de la Segunda Guerra Mundial, Quincy se convirtió en el pueblo con mayor riqueza per cápita de Estados Unidos gracias a las acciones y los dividendos de Coca-Cola.
Decenas de sus habitantes fueron conocidos como “los millonarios secretos de Coca-Cola”. El número exacto varía según las fuentes, entre 25 y casi 70, pero en cualquier caso convirtió al enclave en uno de los lugares con más millonarios por habitante del país.
Muchas familias reinvirtieron los dividendos, creando verdaderas fortunas a largo plazo. Según un estudio de 2013, una sola acción comprada en aquella época con dividendos reinvertidos podía valer alrededor de 10 millones de dólares. Con lotes mayores, las cifras alcanzaban cientos de millones. Los dividendos trimestrales proporcionaban ingresos estables que ayudaron al pueblo en momentos difíciles.
Cuando las cosechas fallaban o llegaba una crisis económica, el dinero de Coca-Cola actuaba como salvavidas. En los años 60, por ejemplo, la crisis de la industria del tabaco elevó el desempleo al 38%. Los “ricos de la Coca-Cola” ayudaron pagando facturas y hasta regalos de Navidad para los niños, por lo que los dividendos han apoyado a Quincy en prácticamente todas las recesiones desde entonces.
Así es Quincy hoy: millonarios discretos y una lección de inversión
Un siglo después, la historia sigue viva. Muchas acciones se transmitieron de generación en generación a través de donaciones o fondos fiduciarios (trusts). Según datos de principios de la década de 2010, alrededor del 65% de los activos fiduciarios administrados en el banco local todavía estaban invertidos en Coca-Cola. El propio banco conserva una botella o anuncio de Coca-Cola en exhibición como recuerdo de aquella época.
Aunque el número de millonarios disminuyó al repartirse las participaciones entre herederos, algunos vendieron o se mudaron; Quincy mantiene su aura especial. Sus residentes más acaudalados suelen ser discretos y muchos prefieren no hablar del tema. La localidad continúa siendo principalmente agrícola, pero con una red de seguridad financiera que pocos pueblos similares tienen.
Esta historia se estudia en universidades como ejemplo del poder del pensamiento a largo plazo, la paciencia y creer en una marca sólida. Pat Munroe demostró que observar el comportamiento cotidiano de las personas puede ser más valioso que cualquier análisis complejo de Wall Street.