

Existe la idea de que el progreso técnico avanza siempre hacia delante, sumando conocimiento generación tras generación. La historia de la ingeniería desmiente esa intuición: hubo un momento en que Occidente supo hacer acueductos, sifones a presión y carreteras para carros, y después dejó de saberlo durante más de mil años.
Isaac Moreno Gallo (Burgos, 1958), ingeniero civil y graduado en Geografía e Historia, resume esa fractura con una frase que él mismo atribuye al astrónomo Carl Sagan y que suscribe sin matices: “Si el Imperio romano no hubiera caído, el hombre habría llegado a la Luna en el año 1000”.

¿Por qué el ingeniero sostiene que la caída de Roma frenó la evolución técnica?
Su tesis apunta a la fragmentación política. Ninguno de los reinos surgidos tras el colapso podía pagar técnicos cualificados, y muchos eran tan pequeños que ni siquiera tenían interés en mantener las carreteras.
El resultado, en sus palabras, fue un parón absoluto. “Se paró toda la evolución, toda la técnica, y entramos en un letargo en el que, a nivel técnico, los hombres se subieron a los árboles y se bajaron en el siglo XIX”, afirma.
El divulgador insiste en que la gente subestima lo rápido que se cae una obra pública sin mantenimiento. “Un acueducto que no se mantiene, en muy pocos años se estropea y deja de llevar agua; y una carretera, inmediatamente”, explica desde su experiencia profesional.
Con los puertos ocurrió igual: una galerna rompe un dique y, sin reparación, la siguiente arrasa la instalación entera. Todo cabía en una vida humana. “En la Antigüedad tardía pudo haber gente que conoció el esplendor romano y en su vejez vivió el fin del mundo”, señala.

Qué pasó con los tratados técnicos romanos
Prácticamente nada sobrevivió. De ingeniería civil no quedó ningún manual, y el tratado de Vitruvio, que es de arquitectura, dedica apenas diez líneas a un aparato nivelador y se limita a mencionar la existencia de otros instrumentos.
Los textos que llegaron lo hicieron por sucesivas copias medievales, en las que se priorizaban los documentos religiosos. Por eso Moreno Gallo defiende un método distinto: “por sus obras los conoceréis”, hay que examinar los restos sobre el terreno.
Cuándo se recuperó el nivel perdido
Las vías romanas estaban preparadas para carros, y no volvió a haber carreteras generalizadas hasta mediados del siglo XIX. En España, los grandes planes de obras públicas llegan con Isabel II, después de crearse la Escuela de Ingenieros de Caminos.
De aquel esplendor apenas queda rastro físico. “Lo que ha quedado de las carreteras romanas son pequeños fósiles que indican qué maravilla era aquello; pero ha quedado nada, cuatro trocitos”, lamenta. Su conclusión, tras años investigando, es de humildad: “cuanto más descubres, más lejos ves el fin”.












