En esta noticia

Sentirse parte de un país y sentirse orgulloso de él no son exactamente lo mismo. Arthur Schopenhauer se detuvo en esa diferencia para formular una de sus críticas más duras al orgullo nacional. La pregunta que sostiene su argumento es sencilla: ¿puede alguien considerar un mérito propio el hecho de pertenecer a una nación?

La frase aparece en Aforismos sobre la sabiduría de la vida, incluido en Parerga y paralipómena, obra publicada originalmente en 1851 y editada en España en 2009 por Editorial Trotta. Allí, Schopenhauer examina el valor que las personas creen tener y el que esperan que otros les reconozcan. Antes de hablar de la nación, distingue dos maneras de relacionarse con la propia imagen: el orgullo y la vanidad.

Qué diferencia hay entre el orgullo y la vanidad

Para Schopenhauer, el orgullo parte de una convicción sobre el propio valor. La vanidad, en cambio, busca despertar esa convicción en los demás: necesita su reconocimiento y, en cierto modo, espera encontrar allí una confirmación de sí misma.

Esa distinción prepara su crítica. Una persona puede sentirse orgullosa de una capacidad que desarrolló, de un conocimiento que adquirió o de algo que hizo. En esos casos, puede señalar una cualidad o una acción propia. La nacionalidad, sostiene Schopenhauer, es diferente: no describe una capacidad individual, sino una pertenencia compartida con millones de personas.

Es justamente en ese contexto donde escribe: “La especie más barata del orgullo es el orgullo nacional”.

Arthus Schopenhauer, un filósofo pesimista que encontró refugio en la fe. (Imagen: archivo)
Arthus Schopenhauer, un filósofo pesimista que encontró refugio en la fe. (Imagen: archivo)

Por qué Schopenhauer llama “barato” a ese orgullo por la nacionalidad

El adjetivo no se refiere al valor de un país. Schopenhauer llama “barato” a ese orgullo porque, según su razonamiento, permite atribuirse una cualidad sin haber hecho nada para obtenerla. La pertenencia a una nación puede ser importante para la identidad de alguien, pero no constituye, por sí sola, un logro personal.

El filósofo va más lejos: afirma que quien recurre al orgullo nacional revela una falta de cualidades individuales de las que podría sentirse orgulloso. Es una conclusión deliberadamente áspera. Conviene leerla como parte de su argumento, no como una descripción comprobada de todas las personas que expresan apego por su país.

Su crítica, por lo tanto, no exige confundir sentimientos distintos. Querer el lugar donde se vive, sentirse ligado a su historia o celebrar un logro colectivo no equivale necesariamente a presentarlo como prueba del propio valor. Schopenhauer apunta contra ese paso: convertir la pertenencia en un mérito individual.

El riesgo de no ver los defectos propios

En las líneas siguientes, Schopenhauer introduce una consecuencia de ese mecanismo. Sostiene que una persona con méritos propios puede reconocer con claridad las fallas de su nación. En cambio, quien ha depositado en ella su última razón para sentirse orgulloso tenderá a defender incluso sus errores.

Ahí la reflexión deja de ser solo una provocación sobre el orgullo nacional. Si alguien siente que una crítica a su país disminuye su propio valor, puede responder como si tuviera que defenderse a sí mismo. La identificación con un grupo vuelve más difícil separar el afecto por ese grupo del juicio sobre lo que hace.

Schopenhauer escribió el pasaje con una dureza que admite discusión. Pero la pregunta que deja abierta es más amplia que su ataque al orgullo nacional: cuando una persona dice estar orgullosa de algo, ¿habla de lo que hizo, de lo que es o de aquello a lo que pertenece?