Las pantallas de la City porteña reflejaron en las últimas horas un un dato que, hasta hace poco, parecía una utopía financiera. El riesgo país, ese índice que obsesionó a los argentinos durante décadas, finalmente perforó el piso de los 500 puntos básicos. Este hito no es solo un número simbólico, sino la confirmación de un cambio de ciclo en la percepción que el mundo tiene sobre la solvencia local.

Para entender la magnitud del evento, primero hay que ir a lo básico. El índice, elaborado técnicamente por el banco JP Morgan bajo el nombre de EMBI (Emerging Markets Bond Index), funciona como un termómetro de la desconfianza. Mide la sobretasa que debe pagar un bono argentino en comparación con un bono del Tesoro de los Estados Unidos, considerado el activo “libre de riesgo” por excelencia.

La matemática es simple: cada 100 puntos básicos equivalen a un 1% de interés extra. Si el rendimiento del bono estadounidense a 10 años ronda el 4% y el riesgo país de Argentina se ubica en 500 puntos (5%), significa que el Estado argentino debería convalidar una tasa del 9% anual para emitir nueva deuda. Al bajar de esa barrera, el costo del dinero se desploma.

¿Por qué es tan relevante que haya quebrado los 500 puntos? Porque es el umbral que los analistas y banqueros de inversión consideran la “zona de acceso”. Por encima de ese nivel, las tasas son prohibitivas y el mercado de crédito voluntario permanece cerrado. Por debajo, se abre la ventanilla internacional para volver a colocar deuda soberana a tasas razonables.

Este nuevo escenario es música para los oídos del equipo económico. La posibilidad de acceder a los mercados internacionales es la llave maestra para el “roll over” de la deuda. En términos sencillos, permite refinanciar vencimientos de capital tomando nueva deuda a plazos más largos y tasas menores, evitando el estrés de tener que usar reservas del Banco Central para pagar cada vencimiento.

Imagen ilustrativa (IA)

La baja del índice “no fue magia”. Responde a la consolidación del superávit fiscal y a una acumulación de reservas que tranquilizó a los tenedores de bonos. En la actualidad, el mercado ya no se pregunta si Argentina va a pagar, sino cuánto pueden apreciarse sus activos. La compresión del “spread” (la diferencia de tasas) refleja que el miedo a un default se ha disipado casi por completo.

Pero el beneficio no es exclusivo del Estado. Cuando el riesgo soberano cae, arrastra consigo el costo de financiamiento para el sector privado. Grandes empresas locales, que hasta ayer debían pagar tasas de dos dígitos en dólares, ahora pueden salir a buscar capital más barato para invertir en Vaca Muerta, minería o infraestructura, apalancando la economía real.

El recorrido del índice fue vertiginoso. De navegar por encima de los 2.000 puntos en momentos de máxima incertidumbre política, pasó a testear ahora la zona de los 400 y pico. Esta compresión agresiva del riesgo alinea a la Argentina con sus pares de la región, sacándola del pelotón de los “distressed” (activos en problemas) para ubicarla en el radar del dinero institucional.

Sin embargo, los expertos piden cautela: remarcan que el riesgo país es una foto, no una película, y es altamente sensible a los shocks externos. Si bien hoy se celebra la ruptura de los 500 puntos, sostenerse en estos niveles exige mantener la disciplina fiscal a rajatabla. El mercado financiero presta, pero al primer síntoma de desorden, la sobretasa vuelve a dispararse.

En definitiva, perforar los 500 puntos significa que Argentina dejó de ser un paria financiero para convertirse en un sujeto de crédito viable. Es el primer paso para normalizar la economía, salir de la emergencia financiera permanente y empezar a operar con las mismas reglas de juego que el resto del mundo desarrollado.