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La postal en Casa Rosada no dejó margen para las sutilezas. Javier Milei, junto a la ministra Sandra Pettovello, exhibió la visita de James J. Heckman como un triunfo diplomático e intelectual. Un Premio Nobel de Economía de la Universidad de Chicago (meca histórica del libre mercado) aterrizando en Buenos Aires para bendecir el mayor experimento libertario del planeta. Durante su paso por la cumbre “Vientos de Cambio”, Heckman entregó los títulos que el oficialismo esperaba: celebró el coraje para desregular la economía, pidió mayor flexibilidad laboral y disparó contra los intereses de la “política fundamental del peronismo” y el sindicalismo. Cierre perfecto para el relato.

Pero la lectura de sus propios aportes académicos plantea una contradicción ineludible.

Para entender la verdadera dimensión de esta tensión, es necesario volver a la arquitectura de su obra. Heckman no es un filósofo moral del libre mercado ni un teórico de pizarrón. Es un cirujano de los datos. El premio “Nobel” (en realidad, el Premio de Ciencias Económicas del Banco de Suecia en Memoria de Alfred Nobel) que obtuvo en el año 2000 premió la solución a un problema central de la disciplina: el sesgo de selección muestral. En su seminal artículo de 1979 en el jornal Econometrica, demostró que los modelos tradicionales estaban estadísticamente distorsionados porque ignoraban las variables inobservables que determinan por qué ciertos individuos logran ingresar al mercado laboral y otros quedan excluidos.

Esa obsesión por identificar lo que la economía clásica no veía lo condujo a su hallazgo más disruptivo: la desigualdad estructural no es un accidente que el mercado corrija por sí solo, sino una falla que nace en la primera infancia. Aquí es donde su obra colisiona con el reduccionismo libertario, que asume agentes libres compitiendo en igualdad de condiciones. A través de estudios longitudinales, como The Effects of Cognitive and Noncognitive Abilities on Labor Market Outcomes (Heckman, Stixrud & Urzua, 2006), probó que el éxito económico depende tanto del intelecto como de las habilidades “no cognitivas” tales como perseverancia, autocontrol o estabilidad emocional. El corolario de esta evidencia, formalizado en The Technology of Skill Formation (Cunha & Heckman, 2007), es letal para la ortodoxia del laissez-faire: estas habilidades emergen mediante un proceso de “complementariedad dinámica”, donde las capacidades adquiridas tempranamente potencian el aprendizaje futuro. Las ventanas de oportunidad neurológicas y conductuales se cierran rápido. Si el Estado se retira y el entorno familiar primario es deficitario, el mercado desregulado no funciona como un igualador de oportunidades, sino como un mecanismo eficiente para procesar y amplificar esa desigualdad de origen.

Entonces, ¿por qué el autor de estos hallazgos aplaude la agenda de una administración que promete dinamitar el Estado?

Las teorías de Heckman contra las políticas de Milei

La respuesta reside en cómo Heckman concibe la eficiencia del gasto público. En su exhaustivo trabajo The Economics and Econometrics of Active Labor Market Programs (Heckman, LaLonde & Smith, 1999), evaluó los programas estatales de capacitación para adultos desempleados o jóvenes marginados, concluyendo que su impacto es marginal o estadísticamente nulo. La formulación que lleva su nombre (la célebre “Curva de Heckman”) demuestra gráficamente que la tasa de retorno de la inversión pública decae de manera abrupta a medida que el individuo envejece.

Intentar compensar con subsidios, planes sociales o cursos de oficios a un joven de 18 años que sufrió privaciones cognitivas y afectivas en sus primeros mil días de vida no solo es ineficaz para su inserción laboral, sino financieramente ruinoso para la capitalización social que busca el Estado. Su respaldo a la desregulación no es una claudicación ante el anarcocapitalismo, sino un rechazo frontal a la política social reparatoria y burocrática. Su vasta literatura de evaluación de impacto empírico (como sus análisis sobre el Perry Preschool Program (Heckman et al., 2010) o el experimento de estimulación temprana en Jamaica (Gertler, Heckman et al., 2014) demuestra que el gasto estatal tradicional, basado en transferencias asistenciales de ingresos o capacitación laboral para adultos, tiene tasas de retorno económico cercanas a cero.

Heckman también apoya la desregulación pero por motivos muy diferentes.Gage Skidmore

Heckman detesta al Estado paquidérmico y capturado por intereses corporativos porque malgasta recursos intentando remediar en la adultez las fallas que debió prevenir en la cuna. Sus modelos econométricos prueban que las políticas públicas justificadas no son aquellas sustentadas en un imperativo moral, sino las de alta tasa de retorno. Y la evidencia es clara: las intervenciones tempranas y focalizadas, como los programas de bajo costo orientados a mejorar la interacción de los padres vulnerables con sus hijos (algo que él mismo destacó en su entrevista con El Cronista), generan retornos sociales de hasta el 10% anual por cada dólar invertido, incrementando la productividad futura y reduciendo drásticamente la criminalidad.

Heckman aplaude el programa de Milei porque los datos le indican que desarmar una economía cerrada y corporativa es condición indispensable para crecer. Le da la bienvenida a la motosierra cuando corta los peajes de la vieja política. Pero su paso por Buenos Aires deja una advertencia escrita en sus propios números. Liberar las fuerzas productivas requiere, en simultáneo, de un Estado inteligente y activo que invierta estratégicamente donde el mercado es estructuralmente ciego (“predistribución” en lugar de “redistribución”). Si en el afán por sostener el déficit cero el ajuste arrasa con esa ventana crítica de los primeros mil días de vida, el modelo fallará desde su base. Y el fracaso no será un capricho de la oposición política: será la confirmación palpable del Nobel que fueron a celebrar.