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A más de dos años de haber dejado el poder, el expresidente Alberto Fernández afirma que va a seguir haciendo política “hasta que se muera” aunque sabe que hoy su rol es distinto. “Hay un tiempo que ya pasó: el tiempo en el que éramos candidatos, y espero que todos nosotros lo entendamos”, desliza en un extenso mano a mano en exclusiva con El Cronista, en su departamento en Puerto Madero.

Fernández reparte su tiempo entre lecturas y un paulatino regreso a su actividad como abogado. Dos guitarras y un Collie comparten el espacio con el expresidente. Diversas fotos -con Néstor Kirchner, el Pepe Mujica y sus hijos- decoran las repisas del reducido living donde tiene lugar la charla. A la distancia, junto al escritorio con vista al río, se cuela en el cuadro el último regalo a Francisquito, su hijo más pequeño, por su cumpleaños: una bicicleta.

“Hubo una estigmatización sobre mí, que no tiene nada que ver conmigo. Desde decir que era un alcohólico y vivía borracho, cuando soy abstemio. Hasta que era un mujeriego que llenaba la Casa de Gobierno de mujeres”, se defiende al ser consultado, en diversos momentos, sobre su situación judicial. Acusa al gobierno de Javier Milei de alimentar una operación de cancelación mediática en su contra para encubrir sus propias debilidades políticas.

Aunque asegura que se guarda para el libro que escribe toda la verdad sobre su vínculo con Cristina Kirchner, no elude la pregunta cuando se lo consulta sobre cómo analiza todo lo sucedido entre ambos. Piensa que el peronismo tiene una oportunidad el año próximo si se anima a dar un salto generacional. Apunta al gobernador Axel Kicillof, con quien mantiene el diálogo, pero también a otros,

Sobre Milei, se muestra tan crítico como mordaz: lo cataloga de “dogmático” y pone bajo cuestionamiento tanto su estilo como su plan económico. Narra, además, qué le advirtió al líder libertario en la intimidad del primer desayuno en Olivos y por qué se rió.

— ¿A qué dedica su tiempo hoy?

— Estoy retomando algunas cosas de mi perfil de abogado con alguna propuesta que tuve, con muchas dificultades, porque últimamente he quedado muy afectado por todo lo que me pasó. Soporté dos denuncias, y las dos son falsas. Y la verdad que me cuesta mucho recuperarme de eso, a cualquier ser humano le cuesta. Detrás, hay un proceso de cancelación como nunca vi en vida. Y bueno, todo eso claramente me ha hecho un daño enorme. Porque además yo pienso que el día de mañana Francisco va a crecer… Mi hijo mayor, que me conoce, no le presta atención a todo eso y se da cuenta que todo es una gran operación. Pero el más chiquito va a crecer y va a ver todas las cosas que se han dicho, y eso es lo que más me preocupa.

— Cuando habla de “operaciones”, ¿ve algún tipo de mano negra detrás de su condición hoy?

— El Gobierno claramente aprovechó una nota de Clarín, absolutamente intencionada. Clarín es dueño de un broker de seguros y quiso participar de un negocio enorme, que es el seguro del Estado. Entonces inventó una historia truculenta, totalmente falsa (que derivó en la causa Seguros). A partir de ahí, el Gobierno aprovechó eso y también lo de Fabiola (Yañez, la ex primera dama). Yo estoy seguro de que el Gobierno estuvo detrás de lo de Fabiola, para poder llevar adelante sus primeros meses. A mí me usaron para tapar la Ley Bases. Todo el escándalo mío sirvió, en gran medida, para eso. Y cada vez que Milei habla —el otro día se refirió a la carne por un posteo que yo subí—, toda su banda de trolls sale automáticamente a acusarme de golpeador. Es una constante. No tengo ninguna duda de que es así.

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— ¿Eso fue aumentando con el correr de los meses del gobierno de Milei a su entender?

Si, yo lo conozco a Milei de antes y es un ser desequilibrado. Cuando digo seriamente que hay que hacerle un estudio psiquiátrico y ver si está en condiciones de ejercer la Presidencia, lo digo con toda seriedad, no con fines golpistas, sino en defensa de la institución presidencial. Ese señor no está bien desde hace muchos años.

— Y sin embargo llegó al poder por el voto popular...

— Cuando fue el debate con (Sergio) Massa, la gente sintió que ahí había un ser espontáneo y un profesional de la política, y eligió al espontáneo. No quiero ser brutal en mi definición. Pero es un tipo sin escrúpulos, que dedica 17 horas por día a mandar tuits insultantes a los periodistas. En mis años de gobierno, nunca nadie fue silenciado, perseguido ni le quité la pauta publicitaria del Estado. Nunca silencié a nadie. Cuando sos Presidente, estás en el escenario de lo público, bancate las críticas. Y si no te gustan, tratá de contestar correctamente. No tenés que estar tratando de imbéciles, estúpidos a quien te litiga.

— ¿Piensa que Milei es un emergente del clima de Twitter o Twitter fue solo una herramienta que supo usar para poder empatizar con las frustraciones de una parte de la sociedad?

— Creo que es una gran simplificación eso. Como cuando decían que votaron a Milei en reacción a mi gobierno. Nadie toma cabal dimensión de lo que fue la pandemia, solo los que gobernamos. Trastocó la psicología social en un modo muy profundo, porque, de repente, todos vimos que podíamos morirnos atacados por un ser inesperado sobre el cual no teníamos ninguna forma de contrarrestar sus acciones. No teníamos remedios, vacunas, nada. Eso desesperó a mucha gente, y la derecha lo usó muy bien, en todo el mundo. Y además esa derecha encontró un líder mundial, que es un ser perverso para el mundo, llamado Donald Trump. ¿Por qué la Argentina iba a ser la excepción de eso?

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La pandemia, el escándalo del vacunatorio VIP y qué le reprochó Ginés González García hasta el final

— Habla de la pandemia de un modo negativo pero en algún momento aquella gestión de la emergencia le valió un 80% de popularidad. ¿Por qué ese activo terminó convirtiéndose en un revés para su gobierno?

— Primero que la pandemia fue utilizada políticamente. La derecha dice cosas insólitas. Dice que vivimos la cuarentena más larga del mundo y eso es falso, totalmente falso. Primero, porque nunca hubo cuarentena. Segundo, yo dictaba reglas generales, pero después cada jurisdicción hacía lo que creía. En Mendoza eran más permisivos. En Capital eran más permisivos aún. Y en Formosa eran infinitamente más estrictos. Cada uno hacía lo que entendía que tenía que hacer

— Usted ya explicó en otras entrevistas que entre la economía y la salud, priorizaba la segunda. ¿Se arrepintió en algún momento de esa decisión a la luz del costo posterior?

— Que la pandemia iba a tener un efecto económico negativo, era obvio. No podía ser de otra manera. El mundo cayó, la producción, el consumo, todo cayó. Ahora, en aquel momento había una lógica que era una teoría que se llamaba la teoría de la inmunidad de rebaño, la de (premier británico) Boris Johnson, que es la que me ofreció Macri, me llamó por teléfono para aconsejarme y me dijo: “Mirá, esto no tiene solución. Lo mejor es no parar la economía, no cerrar nada, y dejar que los que se tengan que contagiar, se contagien; los que se tengan que morir, se van a morir, y los que queden vivos ya van a estar inmunizados”. Todo esto fue al poco de empezar. Y ahí fue donde yo dije la frase que después se repitió mucho: entre la economía y la vida de la gente, elegí la vida de la gente. De la economía, me recupero. Pero una persona que se me muere no la puedo recuperar. Entonces traté de minimizar los daños. Cuando veo trabajos sobre la pandemia escritos en el mundo, Argentina está puesta en un lugar de privilegio, como de los países que mejor trataron la pandemia.

— Considerando esta impronta que usted mismo destaca, la salud sobre la economía, ¿qué sintió frente a la revelación del escándalo con Ginés González García y el vacunatorio VIP en esos meses?

— Me dolió, me dolió. Hay que explicar un poco las cosas ya que en un momento se ven de un modo, pero con más distancia en el tiempo se ven de otro. Me acuerdo que viajé a México y, en una de las (conferencias) mañaneras con Andrés Manuel López Obrador, me preguntaron por lo de Ginés. Y yo dije que francamente el único pecado que cometió Ginés fue decir que se adelanten en la cola. Porque Ginés no le dio vacunas a gente que no necesitaba vacunas. Era toda gente que estaba en edad de riesgo para recibirla, gente mayor de 60 años. El “error”, si se le puede llamar así, fue adelantar turnos. Pero Ginés no le dio vacunas a gente que no las necesitaba, sino a personas que, por distintos motivos, requerían vacunarse antes. Lo que hacía era mandarte al Posadas para vacunarte. En algunos casos, en vez de eso, decía: “vení acá (al ministerio) y te vacunamos”.

— En el caso del periodista Horacio Verbitsky, quien destapa todo con su revelación, se da la particularidad que no tenía un rol institucional que cumplir que justificara esa prioridad...

— Horacio tenía casi 80 años y estaba en una situación de riesgo extremo. Lo polémico fue lo que hizo Horacio, eso hay que preguntárselo a él. Incluso dijo que tenía una relación con Ginés que no era tal. Horacio tenía casi ochenta años y estaba en una situación de riesgo extremo.

— ¿Entendió González García en ese momento que se tenía que ir del Gobierno?

— Lo que él me decía era: “no me dejaste explicar nada”. Y yo le decía que lo iban a matar mediáticamente. Ginés fue el más grande sanitarista que ha dado la Argentina, no tengo ninguna duda. Doy gracias a Dios de que haya sido mi ministro cuando empezó la pandemia. Pero en ese momento se vivía una locura, y lo que iban a hacer era lapidarlo. Pedirle que se corriera fue para preservarlo, no para perjudicarlo. Los medios actúan como manipuladores de la cabeza humana de un modo impresionante: de repente tenés una marea que va contra alguien, y ese alguien solo puede exponerse a ser linchado. Yo lo que traté fue de preservarlo. Solo tengo gratitud con Ginés, pero lo iban a linchar.

— Mirando en retrospectiva, no obstante, su salida del poder quedó más asociada a la crisis de la economía que a la gestión de la pandemia...

— Pasa como en el fútbol: podés hacer un partido extraordinario, pero si en el último minuto te hacen un gol, todo termina siendo un desastre. Y acá pasó un poco eso. Yo creo que el problema no fue la inflación en sí, sino una causa previa: la sequía. La sequía le sacó a la Argentina u$s 20.000 millones y al Estado, u$s7.000 millones. Con esos recursos, hubiéramos podido crecer y contener la inflación. Pero de repente ese dinero desapareció del mercado, y eso nos dejó sin margen. La inflación se volvió un problema muy serio. Para mí, endeudarse no era una opción, porque ya teníamos dificultades para pagar la deuda existente. Entonces, la gente se quedó con esa última etapa, y eso termina opacando el resto del gobierno.

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Qué piensa de Cristina Kirchner, las trabas a su gobierno y en qué coincide con Milei

— ¿Cree que ese contexto de dificultades económicas le allanó a Milei el camino para aplicar su programa económico?

— No. Yo creo que hubo otro elemento que influyó mucho, y fueron las disputas dentro del Gobierno. La gente ve esas disputas —como también las ve ahora en el gobierno de Milei— como peleas de palacio, muy lejanas a su realidad. Y eso cansa, porque da la sensación de que son peleas por el poder. A mí me hablaban todo el tiempo de internas, de conflictos, de diferencias de criterio. Puede ser que las hubiera, pero hacia afuera eso se percibía como una lucha de poder, y eso afectó mucho.

— ¿Esas diferencias con Cristina Kirchner, entonces vicepresidenta, y el sector que le respondía lo paralizaron a la hora de gobernar?

— Sí, claro. Me complicó. Hoy lo tengo claro, pero en ese momento no lo percibía de la misma manera. Igual, no es algo sobre lo que quiera profundizar ahora. Cristina no está pasando un buen momento, y en este momento lo que yo tengo que hacer es estar a su lado. Yo no soy de los que creen que la lealtad con lealtad se paga. La lealtad es un valor que se tiene o no se tiene, y yo la tengo. Y no voy a hacer nada para que la pateen. Además, creo que muchas de estas situaciones tienen más que ver con la condición humana que con decisiones políticas en sí. Pero si vos me decís “¿ella se dispuso a voltearte?”, yo creo que tiene que ver con su naturaleza. En su lógica, alguien es su amigo, si está de acuerdo con ella; si no, pasa a ser su enemigo. No es mi forma de ver las cosas, es la de ella

— Con el diario del lunes, ¿volvería a aceptar ese ofrecimiento de encabezar la fórmula con Cristina en mayo de 2019?

— Mirá, yo le insistía mucho para que fuera ella la candidata, pero no quiero hablar de eso. ¿Arrepentirme? No. Sí tengo algunos conflictos internos que me quedaron, pero los voy a resolver. No creo que estas cosas se resuelvan hablando públicamente. Creo que hay que resolverlas en silencio, por el bien de todos. Porque cuando escucho a compañeros hablar —a favor de Cristina, en contra mío, o en contra de los dos— siento que todo eso no ayuda. No sirve decir esas cosas.

— Volviendo a la economía del final de su gestión: ¿se pudo hacer algo diferente desde el plan de gobierno para poner tope al déficit?

— Cuando firmamos el acuerdo con el Fondo, una de las mayores discusiones que tenía en ese entonces fue porque nos comprometimos a una reducción y estábamos convencidos de la necesidad de hacerlo pese a que había una parte (del Gobierno) que decía que el déficit fiscal no era importante. Yo decía que sí lo era. Me ponían como ejemplo a Japón, pero no se puede comparar la economía argentina con la japonesa. La diferencia con Milei es que él propone el equilibrio fiscal, y en eso yo no tengo diferencias: eso hay que hacerlo. El problema es cómo lo hacés. Nosotros firmamos un acuerdo con el Fondo que planteaba lograr ese equilibrio a lo largo de cuatro años, no de un año para el otro. Y que iba a ser producto del crecimiento. Para que haya crecimiento, el Fondo no podía exigir recortes en salud, educación, ciencia u obra pública, y todo eso siguió funcionando hasta el último día. Mi idea era: si la economía crece, recaudamos más, y así el déficit se va corrigiendo gradualmente. Pero nunca acepté hacerlo de golpe, como hizo Macri o como propone ahora Milei. Eso, para mí, es una ficción.

— ¿Recuerda qué pensó cuándo lo conoció a Milei?

— Lo crucé por primera vez antes de que se hiciera conocido públicamente, en un programa de Mauro Viale. Antes de salir al aire, Mauro me preguntó qué pensaba de él y le dije que era liberal y que, aunque tenía diferencias, respetaba sus ideas. Cuando le preguntaron a él por mí, me llenó de elogios y me agradeció que lo hubiera definido como liberal. Después, Guillermo Nielsen me llamó para decirme que Milei quería almorzar conmigo porque me admiraba. Acepté, fue un almuerzo olvidable, y ahí ya me di cuenta cómo era. Muchos años después, en el desayuno en Olivos (diciembre de 2023, tras ganar el balotaje) me contó todo lo que lamentablemente hizo después. Cuando terminó, le dije: “Javier, ¿sabés cuál es el mejor país del mundo? El teórico, porque en teoría todo funciona”. Él se rió. Le expliqué que no era un chiste y lo que significa que la Argentina consume el 75% de lo que produce: cuando ajustás, bajás la producción, generás desempleo y pobreza. Pero él insiste. Y ahí aparece su peor condición: es un dogmático. Los dogmas los acepto en la religión, no en las ciencias.

— En el último intercambio que tuvieron hace unos días por Twitter, usted habló del “verso de la libertad”, ¿a qué aludía?

— Te doy un ejemplo con la carne. Argentina fue perdiendo producción ganadera, pero aun así tenemos carne y capacidad exportadora. La discusión histórica con el campo fue siempre la misma: exporten lo que los argentinos no necesitan, pero garanticen abasto interno a precios razonables. Si liberás totalmente las exportaciones, sin retenciones ni regulación, el precio internacional se traslada al mercado local. Entonces te dicen: “Si querés que venda en Argentina, pagame lo mismo que en Francia o China”. Y así terminás teniendo el problema que hoy tenés.

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— ¿Usted cree que el pensamiento dogmático le impide al Gobierno hacerse eco de las críticas que recibe o que le falta sensibilidad social?

No, no le falta: no tiene nada de sensibilidad. Ni siquiera esta explicación que estamos dando, que entre nosotros suena como una obviedad, parece ser entendida. Ustedes me están escuchando y piensan: “Está diciendo cosas obvias”. Hay un sociólogo americano, (Peter) Berger, que a mí me gustaba mucho leer. En uno de sus libros decía algo que me quedó grabado: la mayor muestra de decrepitud de una sociedad es cuando la sociedad discute lo obvio. Y eso es lo que está pasando.

— ¿Y eso en qué lugar nos deja o nos describe como sociedad hoy?

— La Argentina es una sociedad claramente partida en dos, hace muchos años que pasa esto. A veces me preguntan cuándo sentí que fallé en mi gobierno: al no poder terminar con esa lógica de “si no estás conmigo, sos mi enemigo”. El otro día un chico en Twitter me escribió que si no hubiera hablado con “los enemigos” me habría ido mejor. Le pregunté a quién se refería y me dijo: Rodríguez Larreta. Y yo le dije: ¿Rodríguez Larreta es mi enemigo? No piensa como yo, pero no es mi enemigo.

— ¿Esa lógica de amigos-enemigos no la alimentó también el kirchnerismo a la hora de construir poder?

— No, está en todos lados. Primero surge del anti-peronismo. El anti-peronismo existe y es muy fuerte en esa lógica. Fue brutal: incluso hubo una norma que prohibía mencionar a Perón, a Evita, cantar la marcha o usar cualquier referencia al peronismo. Fueron 18 años de proscripción y después una persecución permanente.

Elecciones 2027: el presente del peronismo y quién debe ser el candidato

— ¿Cómo ve hoy al peronismo posicionado de cara a las elecciones de 2027?

Lo veo tomando conciencia, de a poco, de que tiene un rol histórico. Y también de que tiene que entender que una de las demandas sociales es un recambio generacional de la dirigencia.

— ¿Y para eso qué hace falta?

— Hace falta una construcción nueva. El mundo de hoy no es el de Néstor (Kirchner), mucho menos el de Perón, ni siquiera es el de Cristina. Cristina tenía a Obama, que, a la luz de Trump, hoy parece un encanto. Igual hubo tensiones, pero por otros motivos, no por las que vemos ahora. Trump, objetivamente, representa el gobierno de las corporaciones, como Milei. No es un gobierno de la democracia. Por eso desprecian la democracia y el Estado de derecho. Es un fenómeno muy grave.

— ¿El peronismo tiene que encontrar un nuevo candidato que vuelva a generar confianza para tener una oportunidad el año que viene?

— Sí, estamos pensando en 2027, pero cuando hablo de recambio generacional no me refiero a buscar un desconocido que aparezca de la nada. Para eso ya está Milei. Si siguen votando desconocidos que hablan contra la política, van a aparecer más Milei. Lo que digo es otra cosa: hay dirigentes en las provincias que tienen que dar el salto nacional. Gente como (el intendente de Avellaneda, Jorge) Ferraresi, (el ministro de Infraestructura bonaerense, Gabriel) Katopodis o Axel (Kicillof), que podría ser un buen Presidente. El recambio no es improvisar, sino proyectar dirigentes que ya demostraron gestión.

— ¿Habla seguido con el gobernador Axel Kicillof?

—Sí, cuando tengo que hablar, hablo. No es que hable todo el tiempo, pero cuando hace falta, sí. Lo que digo es que muchas veces los nombres que aparecen tienen que ver con el Conurbano, pero hay dirigentes en otros lugares. Por ejemplo, Francisco Echarren, tres veces intendente de Castelli: educado, preparado, honesto. Ser intendente de un lugar chico donde todos te conocen es incluso más difícil que gobernar una ciudad grande. Y también hay gobernadores muy buenos, con mucho potencial.

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Las causas judiciales en su contra, Adorni y la chicana a Toto Caputo: “No está ni para las infantiles...”

— ¿Qué le pasa por la cabeza cuando ve a Manuel Adorni como jefe de Gabinete, un cargo que usted también ocupó?

—Adorni es un personaje menor, intrascendente, que ha cometido barbaridades: jets privados, casas con plata que tiene que explicar él. Pero mientras eso pasaba, Milei se fue a Estados Unidos en medio de un conflicto mundial a decir que era “el presidente más sionista del mundo” y que íbamos a ganar la guerra. Fue a firmar un acuerdo con Trump que nadie conoce, pidiéndole el fibrón prestado como souvenir. Patético. Y después se va a Israel, cuando le recomiendan que no lo haga, a festejar mientras Argentina está pasando todo lo que está pasando.

— ¿Usted sugiere que hablar de Adorni desvía también la atención del ministro de Economía, Luis Caputo?

—Y sí, porque Milei está abrazado a esa política económica. Es lo mismo que pasó con Macri: le das el manejo de la economía a alguien que maneja mesas de dinero y lo que hacés es tomar deuda impagable con el Fondo, bonos a cien años...

— Milei repite aquella frase de Macri de que Luis Caputo es el “Messi de las finanzas”, ¿qué jugador sería para usted?

—No está ni para las infantiles de Argentinos Juniors.

— Durante la última semana hubo novedades en dos de las causas en las que usted está involucrado: Casación debe definir qué pasa ahora con la causa Seguros y quedó a un paso del juicio en el expediente iniciado por Fabiola Yañez...

—Soy de los que creen que quien fue funcionario público tiene que dar todas las explicaciones que le pidan. No tengo problema con eso. Lo único que pido es que no seamos solo los peronistas los que tengamos que explicar todo. La causa de los seguros es un delirio: era una medida de política económica para que el dinero del Estado quedara dentro del Estado, para poder usarlo en política monetaria. Lo transformaron en delito. Un delirio absoluto.

—La Justicia plantea que por su rol como Presidente usted facilitó el armado de un negocio paralelo con su secretaria y el marido de su secretaria, un broker, como enlaces...

—A mí me empezaron indagando por administración fraudulenta y me terminaron procesando por negociaciones incompatibles, y me dicen que cometí ese delito porque nombré a mi secretaria, que estaba casada con un broker. Pero cuando yo nombré a mi secretaria, esa norma no existía. Y siguió un trámite donde intervino Nación Seguros, el Banco Nación, la Superintendencia de Seguros, la Oficina de Contrataciones del Estado, la SIGEN, el Ministerio de Economía, la Secretaría de Hacienda, la Dirección de Jurídicos de la Jefatura de Gabinete, la Secretaría Legal y Técnica. No es que una cosa que yo saqué entre gallos y medianoche sin que nadie se entere... Y tardó un año y medio en tramitar todo eso. Todo un disparate esa causa, todo un disparate.

—Y respecto a la causa donde Yañez lo acusa de violencia de género...

—Durante un año y pico estuve discutiendo que mi enemistad con el juez (Ercolini) que me estaba procesando era conocida. Al cabo de un año y medio, la Justicia me dijo “tiene razón en sospechar sobre la imparcialidad, así que vamos a recusarlo”. Entonces todo lo que hizo Ercolini tiene que entrar en duda también.

—Pero ahora el juez que le rechaza el pedido de nulidad es Daniel Rafecas, su candidato fallido a la Procuración...

—Tengo mucho respeto por él. Pero puedo estar en disidencia con un fallo. Eso no quita y yo no dudo de su probidad ni de su honestidad. Puedo tener un criterio diferente, sí. Puedo decirte que creo que se equivocó, pero no lo voy a descalificar.

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— ¿Siente que le queda algo pendiente en la política?

Voy a hacer política hasta que me muera. Empecé a los catorce años. Lo que sí creo es que hay un tiempo que ya pasó: el tiempo en el que éramos candidatos. Hoy mi rol es otro: hablo con todo el mundo, doy mi opinión...

— ¿Y lo escuchan?

— Creo que muchas veces sí