La economía de Javier Milei cerró el 2025 con una tensión creciente entre el alivio inmediato del bolsillo por el alza de las importaciones y sectores de la industria que crujen por la caída del consumo y falta de condiciones para competir.
Mientras el Gobierno nacional acentúa la apertura de las importaciones para combatir la inflación y disciplinar los precios internos, especialistas y sectores industriales advierten sobre un “costo sistémico” que trasciende la etiqueta de un producto.
La mira está puesta en la pérdida de empleos y el desmantelamiento de capacidades productivas que, rara vez se recuperan.
El despliegue de la apertura
Para entender el escenario actual, es necesario desglosar la estrategia oficial. Según Federico Bernini, economista de la UBA, la apertura no es un fenómeno uniforme, sino un proceso de tres etapas.

La primera fue la normalización de pagos y el fin de las SIRA (permisos de importación), una medida que, aunque necesaria para la operatividad de las empresas que requieren insumos, eliminó la barrera no arancelaria que protegía a la industria local.
El segundo proceso es la baja selectiva de aranceles. Aquí es donde surge el conflicto de intereses. El Gobierno redujo impuestos a la importación de insumos (como plásticos y fertilizantes), lo que mejora la competitividad del campo y la industria. Sin embargo, también lo hizo en bienes finales como electrodomésticos, celulares e indumentaria.
“Estos últimos impactan directamente en la producción local y son los sectores que más pérdida de empleo sufren”, advierte Bernini. El tercer acto —aún pendiente— son los acuerdos comerciales internacionales, que podrían abrir mercados para las exportaciones argentinas pero que demoran años en materializarse.
Impacto colateral
Las cifras de empleo revelan la magnitud del impacto de la apertura, sin embargo, la industria argentina no es un bloque monolítico y hoy se divide en tres realidades distintas, describió Bernini:
- Sectores competitivos: Como la industria alimentaria, que resiste la apertura sin mayores sobresaltos.
- Sectores dependientes del mercado interno: Como los insumos para la construcción, hoy golpeados por el parate de la obra pública.
- Sectores sensibles: Textiles y electrodomésticos, que enfrentan la “tormenta perfecta” de caída de consumo y competencia externa.
Hasta el segundo trimestre del año, la industria registró una pérdida de 35.000 empleos formales, cifra que asciende a 125.000 si se incluye el trabajo informal y cuentapropista.
Fabián Medina, economista con una visión crítica de la desindustrialización, eleva la apuesta y señala que los puestos perdidos en industria y construcción están siendo “reemplazados” por un aumento de monotributistas que, en muchos casos, son trabajadores de plataformas con ingresos y protecciones muy inferiores a sus empleos anteriores.
El riesgo del “atraso cambiario” y la falta de red
Uno de los puntos de mayor consenso entre los analistas es que una apertura comercial no puede ser exitosa si no se acompaña de una macroeconomía equilibrada. Ricardo Delgado, director de la consultora Analytica, sostiene que la liberalización es beneficiosa para el consumidor, pero advierte sobre un peligro inminente: “No podés atrasar el tipo de cambio y abrir a la vez de manera abrupta porque generás una dislocación de recursos muy compleja”.
Para Delgado, el Gobierno está optando por un camino “disruptivo” en lugar de uno “transicional”. Citando al economista de Harvard, Dani Rodrik, destacó que los países exitosos han implementado programas de reconversión y recalificación de mano de obra.
En Argentina, la ausencia de estas políticas —que el Gobierno nacional descarta en su rechazo a las “políticas sectoriales”— deja a las empresas libradas a su suerte frente a costos que no controlan, como la logística, los impuestos y la energía.
Experiencia internacional
Desde una perspectiva comparativa Fadda refleja que el éxito o fracaso de las políticas de comercio depende del “acompañamiento” estatal.

En el caso de México (NAFTA), logró precios bajos pero a cambio de una reconversión industrial con un costo social altísimo. Brasil (Años 90), sufrió cierres masivos por una apertura rápida sin políticas de transición.
Chile y Perú, en cambio, son los ejemplos positivos, donde la apertura fue de la mano con políticas de promoción exportadora que sostuvieron a sectores estratégicos.
“El equilibrio entre apertura y protección no es un punto fijo, es un proceso. La apertura genera eficiencia, pero también expone fragilidades; la protección amortigua shocks, pero también perpetúa ineficiencias", explicó.
El desafío para 2026, agregó, es coordinar estabilidad macro, productividad interna e instituciones modernas que “permitan fiscalizar ex post sin frenar el comercio”.
¿Lo barato sale caro?
La encrucijada estratégica que enfrenta el equipo económico que lidera Luis Caputo es clara: ¿Se prioriza el precio bajo del presente o la capacidad de producir riqueza en el futuro?.

En una crítica constructiva Fadda plantea que se privilegia la variable del precio como ancla inflacionaria, ignorando que la destrucción de la industria no solo significa desempleo, sino también menor recaudación fiscal y una mayor presión sobre el gasto social en el mediano plazo.
“El mundo ya no discute apertura o protección, discute poder”, dijo Fadda y aseguró que “el riesgo para Argentina no es abrir la economía, sino abrirla sin un proyecto nacional que defina qué sectores queremos defender, cuáles transformar y en qué cadenas globales queremos jugar".
Hasta ahora tanto los analistas como los empresarios no ven señales de medidas sectoriales. Toda la expectativa está puesta en la estabilidad, la mejora del tipo de cambio real y las reformas -laboral y tributaria- que pueden generar competitividad al bajar costos. Aun así, reconocen que el efecto no será inmediato.
Este escenario deja lugar a las provincias; algunas como Córdoba o La Pampa intentan cubrir el “hueco” nacional fomentando la innovación y la calidad. Aun así, el dilema se profundiza de cara al 2026 y la capacidad de la apertura para motorizar una nueva competitividad o firmar el acta de defunción de la estructura productiva.
Pese a sus controversias, junto con la construcción y el comercio, las industrias más golpeadas por el boom importador son el principal motor del empleo formal; el Gran Buenos Aires se identifica como es una de las zonas más críticas por la destrucción de su tejido productivo.














