Cuando uno analiza la naturaleza de este proceso político, y advierte que lo que más resalta de él es el desafío que le tocó enfrentar a este Gobierno -el de atender una economía recibida en estado crítico-, uno nota que la situación se parece bastante a la que los médicos enfrentan cuando una persona ingresa muy mal herida a un hospital. Allí se inicia un proceso terapéutico que tiene varias etapas y que busca la restitución total de las capacidades vitales de ese paciente.
La primera etapa es la de la terapia intensiva, donde el objetivo no es curar, sino evitar la muerte. Hay poco margen para el error y el tiempo se vuelve el recurso más escaso. La prioridad es simplemente estabilizar los signos vitales del paciente. Los médicos de esa etapa tienen un perfil específico, son generalistas extremos: sabe un poco de todo, pero muy bien lo esencial. Tienen alta tolerancia al estrés y a la incertidumbre, capacidad de tomar decisiones rápidas con información incompleta y un sentido de la priorización brutal, ya que no todo se puede atender a la vez.
Esta etapa demanda determinación y firmeza, hay poco tiempo para discutir. Se acepta que algunas decisiones son malas, pero necesarias, y el error por inacción es peor que el error por exceso. Los protocolos que predominan son los de shock, las medidas son agresivas (drogas fuertes) y la comunicación es más vertical que deliberativa. Aquí no se debate el estilo de vida futuro del paciente, se evita que muera esa noche.
Javier Milei tiene un perfil muy compatible con lo que se necesita en la terapia intensiva. Y los resultados positivos del plan de estabilización de los signos vitales de la economía, parecen haber obedecido a esos atributos: conocimiento general de lo esencial, determinación para tomar decisiones, vocación de aplicar terapias de shock, más un sentido de priorización brutal y de comunicación vertical.

Luego viene la terapia Intermedia, que es un momento de estabilidad frágil. Donde el paciente ya no está en riesgo inmediato de muerte. Sigue débil, con órganos resentidos, pero las decisiones empiezan a tener efectos de mediano plazo. El objetivo en esta etapa es el de consolidar la estabilidad lograda en la terapia intensiva. Retirar progresivamente los soportes más invasivos y prevenir recaídas.
Para esta etapa se requiere un médico clínico hospitalario, y empiezan a intervenir, de manera coordinada, los diferentes especialistas. Hay menos urgencia, más planificación, capacidad de coordinar saberes (cardiología, nefrología, nutrición, etc.), y una lectura más fina de efectos secundarios. El equipo médico tiene como rasgos de carácter la prudencia, la capacidad de ajuste fino, y la escucha activa del paciente. Hay menor verticalismo y más trabajo en red.
En las etapas subsiguientes (sala común y la etapa de rehabilitación), las funciones vitales del paciente están estables, pero persisten daños acumulados y aparecen problemas crónicos. El objetivo del tratamiento aquí es corregir las causas profundas, recuperar -en lo posible- las capacidades vitales perdidas y pensar en la vida cotidiana del paciente. Aquí entran los especialistas: cardiólogos, endocrinólogos, gastroenterólogos, psiquiatras, etc. Médicos con alto conocimiento técnico en áreas acotadas, diagnósticos más precisos y tratamientos personalizados. Hay menos épica, más método, más paciencia, más atención a efectos distributivos del tratamiento y mayor diálogo con el paciente.
Si bien Milei opina y dice tener conocimiento sobre qué debería hacer el paciente en el futuro, su prioridad en los dos primeros años fue evitar la muerte del paciente (la hiperinflación). Decidió aplicar un ajuste fiscal de shock y comunicarlo con la brutalidad con la que se comunica este tipo de terapias a los familiares del paciente, sin empatía ni sensibilidad.
Pero lo interesante de la metáfora médica es que nos invita a preguntarnos si Milei será buen médico para las etapas subsiguiente, siendo que sus cualidades, rasgos y atributos son más compatibles con los que se requieren en la terapia intensiva de la economía y no tanto para las sucesivas etapas del tratamiento.
¿Tendrá Milei la prudencia, la capacidad de ajuste fino, la capacidad de escucha activa del paciente y la vocación de manejo menos verticalista y más de trabajo en red que se requiere en la terapia intermedia?
Y el interrogante se asocia no solo a los rasgos de la personalidad del Milei, sino también a sus conocimientos. Porque este es un médico que tiene una forma muy particular de pensar cómo se debe atender la salud general de un paciente. Un conocimiento médico que fue suficiente para atenderlo en la terapia intensiva pero que no queda claro si es un conocimiento apropiado para el resto de las etapas.
Para pensar esto último, resulta interesante repasar qué problemas ven en la salud de este paciente (la economía argentina) los CEOs e inversores que fueron consultados estos días en el marco del Foro Económico de Davos. Allí se destacaron 5 riesgos para la economía argentina: 1) deficiencia en los servicios públicos y en los programas de protección social (infraestructura, educación, pensiones), 2) falta de oportunidades económicas o desempleo, 3) desaceleración económica (recesión o estancamiento), 4) desigualdad social, y 5) polarización social.
Para la mayoría de ellos (los primeros tres), el conocimiento médico de Milei cree que los resolverá solo el mercado, sin necesidad de políticas estatales activas para resolverlos o para acelerar su resolución. Para los últimos dos, el conocimiento médico de Milei o lo relativiza (la desigualdad -la justicia social es un robo-), o los fomenta (la polarización social).
Está claro que el Milei ha sido funcional y exitoso para la etapa de la terapia intensiva de esta economía. Pero ¿será Milei un buen médico, y sus conocimientos apropiados, para poder avanzar en el sendero de recuperación de este paciente maltrecho en las sucesivas etapas del tratamiento? El tiempo y los resultados lo dirán.
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