Hace unos días estuve con Orun, un extraterrestre que sigue de cerca las economías de nuestro planeta. Tenía un interés especial en entender qué está pasando en la Argentina. Si bien ve un panorama alentador, hay algunas cosas que le resultan difíciles de comprender, sobre todo a la luz de las experiencias exitosas que, según él, tuvieron en Marte.

De entrada, me dijo que Argentina es un país extraordinario, con un potencial enorme gracias a su riqueza en recursos naturales: cobre, litio, energía y un sector agropecuario altamente competitivo. Su pregunta fue directa: ¿por qué, teniendo todos esos recursos, no logran desarrollarnos plenamente?

Mi respuesta también fue directa: la política y las políticas económicas. Le expliqué que tal vez estamos ante un punto de inflexión. Por primera vez en mucho tiempo, una parte importante de la dirigencia política parece comprender que explotar esos recursos requiere inversión privada, reglas claras y previsibilidad. Y que más inversión implica más producción, más exportaciones, más dólares y, finalmente, más recaudación genuina para el Estado. En ese sentido, las políticas económicas actuales —con reducción de impuestos distorsivos y mayor énfasis en la seguridad jurídica— parecen estar alineadas con ese objetivo.

Pero Orun no se conforma fácilmente. ¿Por qué pensás que esta vez va a ser diferente?, me preguntó. ¿No se intentó algo parecido en la década del noventa?

Es una objeción razonable. Mi respuesta fue que, después de muchos años de frustraciones, déficits fiscales persistentes y crisis recurrentes de deuda y de balanza de pagos, hoy parece existir una comprensión más extendida de que ese camino no es sostenible. Un elemento clave es que las provincias mineras y petroleras se han convertido en aliadas centrales del proceso. A diferencia del pasado, hoy ven en las regalías una fuente estable y duradera de ingresos fiscales.

“Entiendo”, dijo Orun. “Entonces es posible que la Argentina esté entrando en una etapa distinta. Pero ¿cómo puedo estar seguro de que esto sea duradero?

Ahí señalé, que mi entender, hay un cambio que fundamental: el compromiso explícito con el equilibrio fiscal. Durante décadas, el déficit fiscal fue el origen de buena parte de nuestros problemas macroeconómicos. Una y otra vez terminó en defaults, devaluaciones e inflación descontrolada. Hoy, el mensaje de que el Estado debe gastar solo lo que recauda parece estar calando tanto en la sociedad como en buena parte de la dirigencia política. Esa es una diferencia fundamental.

“Todo bien”, me dijo Orun, “pero además de estabilidad, ¿no hace falta que el crecimiento llegue a la gente y se sienta en el día a día?”

La verdad incómoda es que los economistas no sabemos demasiado sobre cómo se reactiva una economía que lleva muchos años estancada. Sabemos que, con estabilidad macroeconómica, más competencia, mercados laborales más flexibles y un mercado de capitales desarrollado, el crecimiento termina apareciendo. Pero también sabemos que ese proceso lleva tiempo y que la paciencia social es limitada.

Muchos países utilizan políticas de estímulo para acelerar la recuperación. Ese no parece ser el camino elegido por el actual gobierno. La apuesta es distinta: reducir el riesgo país, atraer capitales, aumentar la inversión y generar un círculo virtuoso de inversión, crecimiento, más empleo y mayor consumo. Es una apuesta que puede funcionar, aunque no está exenta de riesgos.

Orun entonces fue al punto que más le interesaba: “La inflación bajó mucho, pero desde hace meses se mantiene cerca del 2% mensual. ¿Es posible llegar a una inflación de un dígito anual?”

Le expliqué que su observación era muy acertada. En muchos países que tengan un proceso inflacionario de varios años, bajar la inflación de tasas de tres dígitos a niveles cercanos al 20% anual suele lograrse relativamente rápido si hay un programa consistente. El tramo final —pasar de inflación moderada a inflación baja— es siempre el más difícil. Así ocurrió, por ejemplo, en programas exitosos como los de Chile o Israel.

¿Por qué es tan difícil ese último tramo? No hay una sola explicación. La inercia inflacionaria suele ser más persistente con tasas de inflación más bajas y, además, los costos políticos de seguir ajustando pueden ser altos: cuando la inflación ya es relativamente baja, la sociedad valora menos reducciones marginales de algunas décimas por mes y no aceptan tan fácilmente los costos.

Orun quiso saber entonces cómo se logró la fuerte baja inicial de la inflación y qué podría venir hacia adelante. Le expliqué que en la primera etapa jugaron un papel central dos factores: el equilibrio fiscal, que se mantuvo a rajatabla, y el uso del tipo de cambio oficial como ancla nominal, primero con devaluaciones del 2% mensual y luego del 1%.

Cuando ese esquema mutó hacia otro de bandas cambiarias, la desaceleración de la inflación se frenó, y en los últimos meses incluso volvió a acelerarse. Además, durante gran parte del proceso, las tasas de interés reales fueron negativas, lo que indica que la política monetaria no fue contractiva.

“Pero, ¿no se decía que la base monetaria se mantenía constante?”, me interrumpió Orun.

Es cierto que se decía eso, pero se utilizaba un concepto poco habitual: la llamada “base monetaria amplia”, que incluye instrumentos financieros que no son dinero. Para la inflación, lo relevante es la cantidad de dinero que efectivamente circula en la economía —los agregados monetarios—, que muestran una fuerte correlación con la inflación. Al menos en nuestro planeta; no sé cómo será en Marte.

Hacia adelante, volver a usar el tipo de cambio como ancla nominal es riesgoso. Puede generar atraso cambiario y, eventualmente, un nuevo episodio de tensión cambiaria, como ya ocurrió en otras oportunidades. Por ahora no está claro cuál será la estrategia del Banco Central. Lo que sí se observa es una elevada volatilidad en las tasas de interés, algo que no suele ser una buena señal.

Orun me dejó con una reflexión interesante. “De nuestro diálogo surge que Argentina va por el buen camino y tiene los recursos para ser exitoso. Pero el camino es largo y desafiante. La clave hacia adelante es que las decisiones no solo deberían basarse en la pureza del modelo, sino también en la capacidad de aprender, adaptar y corregir sin perder el norte.” La seguimos en la próxima.