Los síntomas se multiplican y la enfermedad se expresa en toda su magnitud cuando las urnas asoman en el horizonte. La inflación de casi 52% acumulada en los últimos doce meses activó la demanda en los dos extremos de la pirámide.
Por un lado, en aquellos que requieren dólares para llevar adelante su actividad, en los que tienen capacidad de ahorro o en los que simplemente buscan hacerse de la divisa estadounidense para protegerse ante la pérdida de poder adquisitivo de sus ingresos en pesos. Un grupo que, ante cada refuerzo impuesto al cepo por las autoridades nacionales, incrementa su ansiedad por cambiar la moneda argentina por billetes con la imagen de Washington y alimenta una brecha que orilla el 90% entre la paridad oficial y la que ofrece el mercado paralelo y los tipos de cambio financieros.
Y por el otro, en quienes habitan la Argentina pobre, esa franja que abarca ya a la mitad de la población y crece al ritmo de una suba de precios que corre por delante de los ingresos.
Gran parte de ese universo quedó bajo el paraguas de los programas sociales que lejos de generar inclusión crearon una dependencia de un pago que hoy resulta insuficiente para cubrir las necesidades mínimas. Así, retorna como un boomerang al poder, con piquetes motorizados por organizaciones de izquierda en tiempo de elecciones, cuando consideran que sus reclamos de más fondos y empleo tienen mayor oportunidad de ser atendidos. Todo pese al peligro que representa para la salud tener personas apiñadas y muchas de ellas sin barbijo mientras aún se suman contagios de coronavirus, un hecho que debería generar mayor prudencia, pese a algún mal ejemplo.
Son escenas opuestas pero que muestran historias paralelas de una misma película, en la que la inflación surge como un elemento central de un argumento complementado por la recesión, la pandemia y, en particular, el paso por las urnas. Y es que la línea electoral se supone relevante si se observa cómo se abandonó la austeridad fiscal de los primeros meses del año, creció el giro de utilidades del Banco Central al Tesoro y se disparó la emisión en el último bimestre, para atender la demanda creciente y llevar adelante un plan que mejore el humor social a la hora de emitir el voto.
Ese plan contempla, además de volcar dinero a la sociedad para alimentar el consumo, mantener al dólar quieto en la zona actual, inclusive al del mercado ilegal para que esos pesos no vayan a buscar ese destino. También acercar la inflación a un 2% mensual hasta fin de año, algo que según mostró el Índice de Precios Mayorista podría comenzar a verse a partir de este mismo mes. Y reforzar la licitación y colocación de títulos públicos para contribuir a que todo ello suceda.
Obtener financiamiento durante los próximos meses será clave para avanzar con la idea oficial, pero apenas mostrará otra escena de un largometraje que requerirá de más empleo, menos pobreza y una moneda más fuerte si se quiere empezar a vislumbrar su epílogo.