La dificultad para alcanzar un acuerdo de paz entre Irán y Estados Unidos no cambiaría el escenario base, aunque sí introduciría ruido en los tiempos de convergencia. Una eventual tregua entre ambos países no haría más que validar un proceso que ya se viene priceando en los activos: la progresiva descompresión de un evento geopolítico que ha dominado completamente la dinámica global en las últimas semanas, aun cuando la apertura inmediata de este lunes pudiera ser en rojo.
El punto central nunca habría sido la tregua en sí misma, sino su implicancia sobre el verdadero nodo del sistema: el Estrecho de Ormuz, un canal que podría eventualmente normalizarse, aunque por el momento permanezca bajo amenaza de disrupción.
En la medida en que el mercado comience a percibir una normalización, incluso parcial, de ese flujo energético, el petróleo perdería su principal driver alcista y, con él, empezaría a desarmarse la estructura inflacionaria construida durante el conflicto. Sin embargo, es posible que ese punto todavía no haya sido alcanzado, especialmente tras negociaciones que, por ahora, no terminan de consolidarse.
Más temprano que tarde, el conflicto tendería a encaminarse hacia una resolución y, en ese contexto, el crudo debería comenzar a ceder, mientras el equity global podría iniciar un rally significativo.
Este comportamiento no sería casual: reflejaría que el mercado habría sobre reaccionado al shock inicial, extrapolando un escenario de disrupción prolongada que luego tendería a corregirse.
Para dimensionar el eventual giro, conviene recordar el patrón dominante en la fase más aguda del conflicto. El petróleo habría actuado como un impuesto global, elevando break-evens, empujando tasas al alza y castigando directamente a los activos de duration larga.
En paralelo, los metales preciosos, lejos de funcionar como refugio, habrían sido liquidados, reafirmando su carácter de activos con carry negativo en contextos de tasas en ascenso.
La contracara de ese régimen habría sido clara: el complejo energético liderando la performance global al capturar el shock. Ese esquema comenzaría a invertirse en la medida en que se valide una descompresión del conflicto.
Una eventual tregua introduciría un cambio de signo en las rotaciones: todo lo favorecido por la guerra quedaría expuesto a correcciones, mientras que los activos castigados encontrarían espacio para rebotes potencialmente violentos. En este marco, el concepto clave seguiría siendo uno: short covering.
El mercado habría construido posicionamientos extremos en torno a un escenario de inflación persistente y tasas elevadas. Si ese escenario comenzara a desarmarse, la reversión difícilmente sería marginal: tendería a ser abrupta. Y la primera señal de ese proceso probablemente emergería en la curva de tasas.
Las tasas, que habrían incorporado una prima inflacionaria significativa, tenderían a comprimir en la medida en que se valide la descompresión del conflicto. La caída de break-evens, particularmente en el tramo corto, reconfiguraría el pricing de la Reserva Federal, desplazándolo desde un sesgo hawkish hacia uno potencialmente más dovish.
Este punto sería central: el mercado habría sobredimensionado la persistencia del shock inflacionario. Si el petróleo efectivamente ingresara en una trayectoria descendente, aun cuando todavía no estemos ahí, el episodio debería leerse como transitorio y no estructural. Bajo este diagnóstico, lo que estaría en juego sería el retorno al régimen macro que dominaba a comienzos de 2026: licuación del dólar, reflación global y compresión de primas de riesgo.
En ese contexto, el dólar podría estar cerca de encontrar un techo táctico. La demanda de safe haven que lo sostuvo durante el evento bélico tendería a diluirse, dando lugar a una fase de debilidad relativa. Los commodities acompañarían esta dinámica.
El petróleo, que llegó a niveles extremos, ya insinuaría cierta corrección, y sería razonable esperar continuidad en ese proceso si la normalización en Ormuz avanzara.
En paralelo, los metales preciosos, castigados por la suba de tasas, podrían encontrar un entorno más favorable ante la compresión de rendimientos, especialmente en el tramo corto. El cuadro general comenzaría, gradualmente, a parecerse nuevamente al de inicios de año.
El equity global, por su parte, volvería a posicionarse como el principal vehículo de la reflación. Durante el conflicto, el deterioro habría sido significativo pero heterogéneo: algunos emergentes, como Argentina y Brasil, habrían logrado incluso overperformear a Estados Unidos. Este dato no sería menor.
En un escenario de normalización, el rebote tendería a ser generalizado, aunque con sesgo hacia emergentes, donde Brasil podría continuar liderando dada la preferencia estructural del capital internacional.
En definitiva, el mercado estaría viviendo una transición clásica: desde un régimen dominado por el miedo, la inflación y la disrupción energética, hacia otro caracterizado nuevamente por liquidez, compresión de tasas y búsqueda de riesgo.
La guerra, que en su momento pareció redefinir el equilibrio global, terminaría revelándose como lo que probablemente siempre fue: un shock intenso, pero transitorio.
El final aún no estaría plenamente confirmado, pero el mercado ya comenzaría a operar en esa dirección. Todavía no se habría calmado el demonio, pero la trayectoria parecería, al menos por ahora, consistente con ese desenlace y muy a pesar de los ruidos de los próximos días.