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El corto plazo: el ruido bélico
El formidable salto del crudo presiona toda la curva de tasas, tanto cortas como largas, en la medida en que el mercado incorpora una prima de riesgo inflacionario.
En este contexto, los metales preciosos sufren el impacto de mayores yields, activos con carry negativo por costo de almacenamiento, están sufriendo el embate de las yields: tanto el oro como la plata exhiben un claro signo negativo y no capitalizan el sesgo risk-off de Wall Street desde el inicio del conflicto.

Análisis.La posguerra energética y la oportunidad que Argentina no puede perder
abre en nueva pestañaLa suba de tasas, particularmente en el tramo corto, deteriora el atractivo relativo de estos activos, profundizando la negativización del trade.
En paralelo, el equity global ha registrado jornadas adversas, con un equity norteamericano que, sin dejar de caer, muestra overperformance frente a mercados emergentes, los cuales reaccionan con mayor beta en un contexto claramente dominado por el risk-off hasta tanto se despeje la incertidumbre geopolítica.
Uno de los principales beneficiarios de este entorno ha sido el dólar. En episodios de incrementos de volatilidad como el actual, el flujo se canaliza hacia la moneda estadounidense, generando una reversión parcial del rally que muchas divisas habían mostrado a comienzos de año.
Esta dinámica probablemente persista mientras dure la corrección asociada al conflicto. Resulta particularmente relevante que, en este episodio, ni bonos del Tesoro funcionan como refugio, por el contrario, están siendo castigados ante la incorporación de una prima inflacionaria vinculada al shock petrolero.

Tampoco los metales preciosos están cumpliendo ese rol defensivo. En este marco, la única estrategia es reducir riesgo y dolarizarse parcialmente. Sin embargo, este fenómeno debería interpretarse como transitorio, salvo que el mercado comience a asignar una probabilidad significativa a un conflicto prolongado, escenario que por el momento sigue siendo de baja probabilidad.
El largo plazo: un paradigma licuatorio que no debiera alterarse
Independientemente del ruido bélico actual, aspecto que debiera concluirse en breve, las señales que hoy entrega el equity estadounidense empiezan a delinear un escenario de valuaciones exigentes y pérdida progresiva de momentum.
El rally que dominó los últimos años muestra claros signos de fatiga, y los resultados de la Mega 7 lejos estuvieron de sorprender.
Las métricas recientes ya no replican la combinación de crecimiento acelerado y expansión de márgenes que caracterizó a trimestres anteriores, consolidando un sesgo menos constructivo para el Nasdaq en la comparación intramercado.

Bajo este marco, no resulta forzado anticipar que 2026 vuelva a mostrar una underperformance relativa del mercado accionario norteamericano frente a las acciones emergentes una vez que estas últimas se recuperen del selloff ocasionado por la guerra.
A la vez, los episodios de volatilidad en metales preciosos no parecen haber alterado el régimen monetario subyacente: la persistencia de un dólar estructuralmente débil y la continuidad del rally en commodities siguen configurando un entorno históricamente favorable para los emergentes.
Desde una lógica de reflación global, pareciera tener sentido privilegiar equity emergente por sobre Estados Unidos.
En este contexto, la fragilidad del dólar aparece cada vez menos como un fenómeno pasajero y más como un rasgo estructural del ciclo actual. Incluso incorporando el ruido generado por recientes episodios de estrés, el consenso en Wall Street continúa interpretando el escenario bajo una narrativa claramente reflacionaria, sin evidencias de ruptura respecto del patrón observado en 2025.
Un dólar depreciado sigue siendo un componente central del equilibrio global, impactando directamente sobre flujos de capital, valuaciones de activos y construcción de carteras a escala internacional.

Desde el ángulo de valuaciones relativas, el argumento es igualmente potente. Desde los mínimos de 2009, los mercados emergentes acumularon un rezago significativo frente al equity estadounidense, una brecha difícil de sostener indefinidamente. En fases de transición monetaria y financiera, estas divergencias tienden a cerrarse mediante procesos de reversión.
El contraste con un mercado norteamericano que exhibe señales de madurez y múltiplos tensos refuerza esta lectura. En este marco, 2026 podría consolidarse como otro año particularmente favorable para las acciones emergentes, profundizando una dinámica que ya comenzó a manifestarse en 2025.
Si persisten la liquidez global elevada y el dólar débil, los emergentes aparecen bien posicionados para seguir captando flujos de carteras que buscan diversificación más allá de Estados Unidos.
Guerra aparte, el arranque del año muestra un sesgo marcadamente positivo para el segmento emergente, apoyado en fuerzas estructurales que se vienen gestando desde hace años y que hoy confluyen con mayor sincronía. Un canal central es el vínculo histórico entre bolsas emergentes y commodities.
A medida que se profundiza la licuación del dólar crece la probabilidad de que el rally ya visible en metales preciosos se extienda al resto de las materias primas.

La lógica es directa: en entornos de abundante liquidez y deterioro de las monedas fiduciarias, los commodities funcionan como reserva de valor, y dado su peso específico en muchas economías emergentes, una mejora en términos de intercambio suele traducirse en mayor dinamismo bursátil.
Desde el plano monetario, el cambio de Chairman en la Fed no implica, hasta ahora, alteraciones sustanciales en la configuración de la curva estadounidense. Guerra aparte, ni el tramo corto ni el largo reflejan un quiebre del paradigma vigente.
De cara a 2026, el mercado continúa construyendo precios bajo la premisa de continuidad expansiva. La convergencia entre señales políticas explícitas y una narrativa pro-crecimiento refuerza la expectativa de un entorno de liquidez abundante.
Un contexto de inflación contenida, termina de consolidar un esquema claramente laxo, aun sin anunciar formalmente un nuevo ciclo de easing. A pesar de los saltos ocurridos como consecuencia del rally del petróleo, aspecto que debiera corregirse en breve, el nivel actual de tasas difícilmente pueda interpretarse como una restricción efectiva para la actividad.
La propia forma de la curva lo valida: el tramo corto permanecerá estable una vez disipado el ruido bélico, con expectativas bien ancladas, mientras que el extremo largo exhibe una presión moderada. En una lectura más amplia, el régimen de tasas estadounidense no muestra rupturas estructurales, y 2026 podría incluso avanzar hacia algún esquema de coordinación implícita entre la Reserva Federal y el Banco de Japón en torno al control de la curva.
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