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El doloroso proceso de dejar atrás la adicción al impuesto inflacionario

La Argentina es un país adicto al impuesto inflacionario. La estadística de los últimos 50 años es una evidencia inapelable. Con la excepción de ciertos períodos de estabilidad, marcados por planes de desindexación como el Austral y la convertibilidad, el resto de sus días estuvieron marcados por el uso del atajo monetario. La emisión de pesos siempre fue el camino fácil para financiar al Estado, porque repartió su costo entre toda la sociedad. Apelar a la inflación siempre fue menos problemático que recaudar impuestos o que convencer al resto del mundo que nos financie. Desprenderse de esa fórmula, en cambio, es un desafío que genera lógicas resistencias.

Más allá de las necesidades que despertó la pandemia (donde la crisis económica fue global y la caída vertical de ingresos transformó el uso de la emisión en una receta inevitable), lo que sucedió durante varios gobiernos fue una inversión de la regla: en lugar de preguntarse si había fondos antes de habilitar un gasto, se permitió gastar a cuenta de un financiamiento al que nadie le ponía límite.

Cuando la sociedad se enfrenta a la decisión de un gobierno de sincerar los precios y cortar el vicio de la emisión (que solo conseguía restarle valor a la moneda), empiezan a aparecer los signos de la abstinencia. Es una reacción lógica y previsible. Pero es difícil resignar gastos que son políticamente correctos pero financieramente inviables. No es bueno detener la obra pública o cerrar organismo, pero es doloroso entender que ese Estado que todo absorbía vivía de la inflación, que es un impuesto que nos cobran a todos por igual, sin que nadie se preguntara si estamos en condiciones de defendernos de él o no.

Javier Milei

El lado positivo de este cambio es que pasa a haber una mayor valoración de los mecanismos genuinos de financiamiento público. El peso del costo tributario (que incluye tasas municipales e impuestos provinciales y nacionales) oscila entre el 35% y el 48%. Es un recurso que los contribuyentes no cuestionaban, porque recibían pesos "no genuinos" a través de otras políticas, como el subsidio a las tarifas o las reducciones tributarias excesivamente generosas. Reconstituir el impuestos a las Ganancias, por ejemplo, será duro. Sobre todo porque ahora cada asalariado empezará a medir que le entrega "de verdad" el Estado a cambio de su aporte.

El salto inflacionario de los últimos meses recortó también poder adquisitivo. Hay una percepción de que entregar pesos sin valor era un mecanismo ilusorio. Pero asumir el costo de esta transición, hasta alcanzar el necesario equilibrio entre ingresos y gastos, será un proceso difícil. Superar la adicción a la catarata de pesos requerirá mucho más que paciencia.

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Comentarios

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  • DNO

    Diego Navarro Ocampo

    Hace 5 minutos

    No deben hacerse más moratorias para jubilación, y se debe separar aquellos que cobran habiendo aportado de los que nunca lo hicieron y cobran la minima. Los que aportaron, cobraran la jubilacion que les corresponda con los ajustes de ley. Los otros, serán remunerados con otro criterio de ajuste y se extinguirán con el tiempo. UNICA FORMA JUSTA Y POSIBLE

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