La reforma tributaria: una promesa incumplida

La reforma tributaria está presente en cualquier discusión política importante, y no solo porque sea solo un título indudable y clásico que nos preocupa, sino también porque nos aterroriza apenas escuchamos hablar del tema, por ser un problema central y el dueño del futuro de nuestro país. Hasta ahora un problema sin solución.

Es “El tema. Y nuestra principal asignatura pendiente.

Pero, en realidad me pregunto, buceando la cuestión: ¿Sabemos de qué estamos hablando? Es que en realidad nunca se terminó de definir. Solo es un título. ¿Se sabe por dónde empezar a tratar bien el tema? ¿No será otra fantasía o ilusión de nuestros políticos de que una real reforma fiscal (o laboral) a nuestra medida y posibilidades hará que, “por arte de magia , se avance en soluciones de fondo? Puede ser, porque no.

Los tributos que importaría reformar no son tantos ni tampoco técnicamente tan difíciles de modificar.

Derogar o reducir el costo de cualquier recurso tributario siempre ha resultado casi imposible, a pesar del aparente acuerdo o coincidencia de nuestros políticos, que, a favor, han venido predicando en cuanta sesión legislativa, seminario, foro o debate acerca de la necesidad de bajar el peso y el costo tributario, sobretodo como un camino inexorable para quitar la enorme carga fiscal que pesa en las mochilas de las pymes, principales empleadoras y contribuyentes.

Esos aparentes acuerdos, sin embargo, no se han traducido en algo concreto, ni siquiera en cualquier otro tributo vigente de aquellos cientos o miles (nacionales, provinciales o municipales o laborales/previsionales, aduaneros) que existen. Promesas incumplidas, que no debemos naturalizar.

Cientos de normas tributarias fueron sancionados con la promesa pública de usar su recaudación para atender urgencias transitorias. Eran solo para la emergencia. Pasado el evento habría que haberlas dejado sin efecto, volver a bajar sus alícuotas, tarifas y precios públicos.

Los centrales son 5:

IVA, GANANCIAS (nacionales), INGRESOS BRUTOS (provinciales), TASAS (municipales) por prestación de servicios públicos y, finalmente, las CONTRIBUCIONES PATRONALES.

Si bien el propósito de la reforma fiscal es bajar los costos de estos tributos, (impuestos, tasas, contribuciones, tarifas), objetivo que no se debe perder de vista, no hay que ser muy avezado en estas cuestiones para darse cuenta de que esto aumentaría, aún más, el ya elevado déficit fiscal.

Sin éstos recursos perdidos por el fisco y ganados por los privados, la “reforma fiscal hace agua. Hundido, como en el jueguito de la batalla naval.

Casi trágico... pero inevitablemente tendremos que iniciar la desagradable tarea de pedir “abrir los cajones de los escritorios oficiales, sobre todo de los que tienen llaves o candados. Y comunicar que no los vuelvan a cerrar sin causa, sobre todo en vacaciones.

Porque aún asumiendo que bajar los costos de los impuestos es por donde se debería empezar, también habría que reducir al mismo el déficit fiscal para que Argentina sea un país que comience a crecer y que reciba inversiones privadas. Es el desafío.

Es verdad que existe una gigantesca y enmarañada cantidad de normas fiscales. Habrá que trabajar mucho.

Asumamos (no sé si para bien o para mal) que es “El partido que tenemos que jugar el próximo fin de semana, tal como el capitán de los Pumas (orgulloso y preocupado) comentaba ante su equipo antes del partido con los All Blacks. Lo demás, es tema menor.

Cuando vemos el comportamiento de estos recursos tributarios, y los confrontamos con otros países iguales o similares al nuestro no hay diferencias sustanciales, en IVA al 18%, IVA al 22%. Con Ganancias e Ingresos Brutos, pasa otro tanto. Son diferencias no insuperables.

A la actual estructura tributaria casi no se le puede tocar algo que realmente le sirva al sector empresario, también al sistema previsional, sindical o laboral.

Todos nos llenamos la boca diciendo al unísono: “A la Argentina le hace falta una profunda reforma tributaria. De lo contrario no habrá salida . Pero perdimos la cuenta de los años que llevamos esperando que “concretamente una propuesta, un plan, que surjan ideas nuevas.

Y aún cuando yo tampoco tengo ese plan, creo firmemente que hay que construirlo, hay que tenerlo; hay que comenzar por algo. Hay que comenzar en serio este debate. Hay que encontrar la punta del ovillo y comenzar a desenredar la madeja.

No alcanza con decir que hay que bajar los impuestos. No alcanza con decir que el sistema tributario es ineficiente, que es regresivo, o cosas parecidas.

Lamentablemente y aún con cierta vergüenza, tenemos que aceptar también que la economía en negro ha venido recuperando y rescatando la actividad económica del país en sus peores momentos, en casi todas sus crisis. Los dólares bajo el colchón han evitado el cierre de Pymes y con ello han salvado más fuentes de trabajo de lo que podemos imaginar. Particularmente y sin necesidad de ir más lejos, es lo que nos está pasando en estos días. Nos vuelve a pasar.

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