La dolarización puede ser una trampa mortal

La frustración que generan la infranqueable inflación y las altas tasas de interés han puesto nuevamente la dolarización de la economía en el centro del tapete. A primera vista es una alternativa seductora, ya que como por arte de magia se frena la inflación de un día para otro. Pero la dolarización también puede ser una trampa mortal, plagada de obstáculos impensados que van apareciendo a lo largo del tiempo y que nos pueden llevar a maldecir de acá algunos años esa idea como apresurada y cortoplacista.

Algunos podrán decir que de hecho gran parte de la economía ya está dolarizada, y que el Peso queda relegado solo para las transacciones del día a día. Después de todo, la mayor parte de los ahorros están en dólares, y muchos afuera del país, mientras que muchos los precios ya están atados al dólar. Entonces, ¿porqué no dar el último paso, deshacerse del peso y dolarizar totalmente la economía?

Porque ese paso es riesgoso debido a que tener una moneda propia tiene ventajas importantes. No por casualidad, la mayor parte de los países prefieren tenerla. Entre otras razones, porque poseer una moneda permite utilizar la tasa de interés para hacer políticas monetarias anticíclicas, o sea poder estimular la economía cuando está en recesión o para ponerle el freno cuando está "recalentada", y porque permite utilizar el tipo de cambio para que funcione como un instrumento que ayude a equilibrar las cuentas externas.

Argentina ya tuvo una cuasi dolarización durante los años de la convertibilidad, y esa experiencia terminó mal. Hacia fines de los años noventa la economía enfrentó un agudo atraso cambiario y entró en una fuerte recesión. Al tener un régimen de convertibilidad no existía la posibilidad de tener política monetaria y cambiaria. De haber tenido esa posibilidad se hubiera bajado la tasa de interés para estimular la economía y depreciado la moneda para corregir el atraso cambiario. Pero el Banco Central estaba atado de pies y manos por las reglas de convertibilidad.

La tasa de interés de nuestro país la definía la Reserva Federal de Estados Unidos, a la que poco le importaba lo que pasaba en la Argentina, mientras que como no se podía devaluar, la única forma de mejorar la competitividad cambiaria era con bien una baja de precios y salarios (que era imposible). Al final, la solución fue tirar la convertibilidad por la borda y devaluar, algo que obviamente hubiera sido imposible si la economía hubiera estado dolarizada.

Pero el verdadero talón de Aquiles de una dolarización es la falta de un prestamista de última instancia para el sistema bancario, que es indispensable para evitar una corrida.

En la crisis de Lehman en el 2008 hubo un gran número de bancos e instituciones financieras en EEUU, Europa y el Reino Unido que sufrieron problemas de solvencia y corrían un serio peligro de enfrentar una corrida. ¿Qué hicieron la Reserva Federal, el Banco Central Europeo  (BCE) y el Banco de Inglaterra? Emitieron moneda y le dieron toda la liquidez que fuera necesaria.

Lo mismo pasó en Grecia, un país en el que tanto el Estado como los bancos estaban quebrados y sin embargo no hubo una fuerte salida de depósitos. En Grecia la moneda es el Euro, que por supuesto el país no puede emitir. Pero al estar dentro de la zona del Euro, el BCE actuó como prestamista de última instancia y le dio liquidez a los bancos, lo que evitó la corrida y mantuvo el funcionamiento del sistema de pagos.

Si Grecia hubiera hecho la Eurorización en forma unilateral (como sería el caso en la Argentina), sin un acuerdo con el BCE, la corrida hubiera sido letal y seguramente hubiera tenido que abandonar el Euro, adoptar una nueva moneda y devaluar.

Muchos se preguntan qué hubiera pasado en España o Portugal si el BCE no hubiera estado ahí para darle todos los euros que fueran necesarios para darle tranquilidad a los depositantes. La respuesta es obvia, hubiera habido una corrida.

Si la Argentina adoptara una dolarización o alguna variante de la convertibilidad lo haría en forma unilateral y por lo tanto los bancos no tendrían un prestamista de última instancia. Ello implicaría que el sistema bancario sería altamente vulnerable y los bancos prestarían aún menos de lo que prestan hoy.

Argentina hoy tiene muchos problemas, pero uno de los que no tiene es justamente el riesgo de una corrida bancaria; y eso se debe a que el Banco Central puede emitir pesos para financiar una posible fuga de depósitos.

Por último, los adeptos de la dolarización pueden argumentar que el nuevo régimen podría servir de "ancla" para poder llevar adelante reformas estructurales. Por ejemplo, debería ayudar a que se baje el déficit fiscal, porque al no tener moneda habrá menos posibilidades de financiamiento. Y también a lograr una flexibilización del mercado laboral porque habría pocas posibilidades de afectar el salario real vía inflación, con lo cual los gremios deberían estar más dispuestos a un marco laboral más flexible para evitar potenciales despidos.

Sin embargo, una de las enseñanzas de los años de la convertibilidad es que el régimen monetario no ayudó demasiado a llevar adelante reformas estructurales o a imponer la disciplina fiscal. Los salarios, especialmente los del sector público, no mostraron flexibilidad a la baja cuando era necesario, al mismo tiempo que no sirvió para bajar el gasto público en momentos en que el país lo necesitaba en forma urgente.

En conclusión. No hay duda de que con una dolarización la inflación bajaría muy rápido a niveles internacionales. Pero no podemos enceguecernos nuevamente con la esperanza de encontrar soluciones mágicas para tema complejas y otra vez priorizar el cortoplacismo. Volver a construir una moneda confiable es difícil, tiene costos y lleva tiempo, como lo muestran las experiencias de países como Chile, Colombia y Brasil, que lo hicieron. Sin embargo, cuando se consigue, ayuda a tener una economía más sólida que favorezca el crecimiento de largo plazo.

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