El interés creado de volverse keynesiano

De repente, todos se vuelven keynesianos. O, mejor dicho, abiertamente keynesianos.

Quedan insistiendo en el discurso ideológico falaz y fantasioso del libre mercado sólo aquellos cuya función es vender socialmente este cuentito. Pero las estructuras de poder económico que los sustentan no dejan de salir corriendo a los brazos de la ayuda económica del Estado.

El riesgo sistémico y la amenaza de una pérdida intensa y rápida del valor de las reservas de riqueza privadas hacen que prevalezca el "pragmatismo". Nada nuevo para Keynes que planteó que las economías capitalistas de mercado eran inherentemente inestables, que sólo rara y brevemente podrían llegar al pleno empleo sin la actuación del Estado. Y que también tendería a una injusta concentración de la riqueza.

Sus críticos libremercadistas sólo pueden culpar por estos resultados inherentes del capitalismo a “la corrupción de los políticos y a la “ineficacia de la actuación estatal como simples verdades, mirando siempre para el otro lado las corrupciones y ineficiencias de algunos agentes privados que cotidianamente son noticias.

La historia real del capitalismo, claro, siempre fue otra. El Estado siempre estuvo presente fuertemente, y detrás estuvo la gran actividad privada. Por eso, rápidamente exigieron y aceptaron la “ineficiente y corrupta ayuda estatal.

La intervención estatal es un hecho de la historia del capitalismo: así funciona. No tiene sentido cuestionarla salvo que se proponga discutir al propio capitalismo. Pero aceptándolo, lo que sí tiene sentido discutir es cómo será esa intervención estatal. Cuando se producen grandes crisis es cuando se implora abiertamente la intervención estatal…

Por ejemplo, en diciembre de 2007, antes de la quiebra de Lehman Brothers, los balances de los bancos centrales de los Estados Unidos, la zona del euro, Japón y China totalizaban activos del orden de 5 billones de dólares. En marzo de 2020, este monto alcanzó u$s 21,6 billones. Por lo tanto, en poco más de una década, los bancos centrales de estas economías han cuadruplicado sus medios de pago. El miedo a la desorganización violenta de los mercados libres era mayor que el miedo a la inflación. Esto, como sabemos, no pareció sorprender a los economistas convencionales.

La política "no convencional" posterior a 2008 tenía la intención de evitar una caída generalizada de los precios de los activos financieros, lo que podría agravar aún más la crisis financiera que luego se describió como la mayor desde 1929. En retrospectiva, parece no haber dudas de que la estrategia fue muy exitosa. Sin embargo, el coraje de los banqueros centrales se limitó al incumplimiento de las "buenas prácticas" que garantizan la "coherencia intertemporal" de la política monetaria. Poco importó, y casi nada se hizo, por sus efectos secundarios negativos, que amplió el desequilibrio distributivo: sólo hubo Keynes para ricos y especuladores financieros.

Ahora, la historia se repite con la pandemia de Covid-19. La "máquina de hacer dinero" de los estados nacionales comenzó a utilizarse nuevamente. En Estados Unidos, la Reserva Federal reanudó la compra de activos de intermediarios financieros y del Tesoro, y anunció la extensión de su apoyo a empresas no financieras, gobiernos locales y familias. Todos los pacientes serán tratados en el hospital de la Reserva Federal: algunos en camillas esparcidas en los pasillos y otros en lujosas habitaciones individuales. Su director, Jerome Powell, ignoró los manuales de Economía Monetaria y a los ideólogos mediáticos del libremercado antiestatal, y asignó u$s 2,3 billones adicionales en varios fondos de inversión financiera, inclusive u$s 850.000 millones para respaldar algunos bonos de dudosa calidad. Y seguramente, mucho más vendrá…

La velocidad de la reciente intervención de la Reserva Federal también es impresionante. Su balance general creció más del 50% en dos meses, llegando a u$s 6,6 billones (32% del PIB) a fines de abril de 2020. Para ponerlo en perspectiva: en los años inmediatamente anteriores a la crisis financiera mundial de 2007-2009, sus activos eran entre u$s 750.000 y 900.000 millones, entre 4.8% y 5.5% del PBI. Esta proporción se ha más que cuadruplicado en una década—y el crecimiento mensual relativo más intenso ocurrió con el advenimiento de la reciente pandemia.

Lo más llamativo es por qué si la visión dominante sostiene que el Estado no debe intervenir, cuando surgen crisis acepta que el Estado intervenga. Más llamativo aún, es que si aún se acepta que el Estado intervenga, se confía en esta intervención. Es decir, ¿por qué agentes económicos y sociales que sostienen permanentemente que el Estado es ineficiente en su accionar aceptan el riesgo de su intervención?

La explicación, en realidad, es muy simple: el proceso de constitución de la organización social capitalista estuvo directamente relacionado con la centralización del poder estatal. Como muestran en obras fundamentales Karl Polanyi (La gran transformación), Fernand Braudel (Civilización material, economía y capitalismo) y Norbert Elias (El proceso de civilización), los Estados nacionales modernos crearon las condiciones objetivas para que pudiera prosperar la ‘búsqueda individual de ganancias’. La acción del Estado fue mucho más que la simple garantía de derechos de propiedad y seguridad personal; es el marco de la propia existencia de la sociedad de mercado capitalista. Y esto autores, entre otros, han mostrado que cuánto más compleja se ha vuelto la sociedad de mercado, más visible se ha vuelto la mano del Estado.

Los ideólogos del libre mercado hacen una lectura fantasiosa de la dinámica histórica del capitalismo bajo la cual la actuación estatal va en contra de la búsqueda individual de riqueza—para así limitar esa actuación sólo para los grandes actores privados. Pero ante grandes crisis, el relato ideológico del ‘libre mercado’ se convierte en una ficción totalmente insustentable porque solo la actuación fuerte y abierta del Estado puede recomponer la economía capitalista. Es decir, las grandes crisis hacen imposible negar el verdadero funcionamiento ‘de la economía de mercado’.

Así, esta pandemia de coronavirus solo reafirma la profunda verdad de que en el capitalismo las reglas del juego se inventan y se transforman a partir de la compleja interacción entre los poderes estatales, los intereses privados y las presiones sociales. En tiempos de crisis, los estados no tienen tiempo para perderse en palabrerías fabulosas, y se reinventan actuando fuerte y decididamente en la economía, tanto a nivel nacional, donde monopolizan el poder en todas sus dimensiones, como a nivel internacional, donde buscan imponerse sobre otros.

Los actores privados aceptan este Estado intervencionista porque lo único seguro en este contexto es que nadie quiere perecer abrazado a la teoría del libre mercado. Saben que son ciertas estas palabras de Keynes: “son las ideas, no los intereses creados, lo peligroso para el bien o para el mal .

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