Martes  26 de Marzo de 2019

El camino inestable de la economía argentina

El camino inestable de la economía argentina

MARTIN GUZMAN

Economista. Economics. División Columbia Business School.

La economía argentina sigue profundizando sus problemas. En 2018, el PIB cayó 2,5% y la tasa de inflación anual ascendió a 47,6%. Tanto el desempleo como la pobreza continúan creciendo. La tendencia es de estancamiento; en cuatro de los últimos siete años el país experimentó una caída del producto. La economía viene enfrentando deficiencias estructurales que le impiden alcanzar un sendero de crecimiento económico sostenido.

El volumen de exportaciones en 2018 fue igual al de 2005, mientras que el de importaciones más que se duplicó en ese mismo período. Para que las cuentas pudiesen cerrar sin caer en una crisis de balanza de pagos, era necesario transformar esa dinámica.

Pero en sus primeros tres años, el gobierno de Mauricio Macri no logró resolver los problemas estructurales de la economía. La promesa de que el nuevo modelo económico generaría un influjo de inversiones externas que redundaría en incrementos sostenidos en la productividad no se hizo realidad, y el país terminó sufriendo en 2018 una crisis cambiaria y profundizando problemas.

La respuesta del Gobierno a la crisis fue la de acudir al Fondo Monetario Internacional (FMI), con quien se acordó un programa de préstamos por u$s 57.000 millones (el más grande en su historia) que incluyó un nuevo programa macroeconómico. Pero la calma nunca llegó.

Desde el acuerdo inicial con el Fondo de junio del año pasado, los términos cambiaron varias veces. Inicialmente, la gestión de Cambiemos anunció que los fondos no serían gastados sino que tan solo estarían disponibles para que la señal de un gobierno con más liquidez restaurase la confianza de los mercados. Pero no hubo shock de confianza. Cuando la segunda corrida cambiaria golpeó, se acordó que el dinero del FMI se usaría para cumplir con los pagos de deuda en 2019. Pero tampoco se disiparon las dudas. Y tan solo unos días atrás, cuando los temores de otra corrida contra el peso volvieron a la escena, el FMI autorizó al Banco Central (BCRA) a vender hasta u$s 9600 millones de sus reservas de moneda extranjera.

Mirando hacia delante, la situación es delicada. La sostenibilidad de la deuda pública, que en buena parte está denominada en moneda extranjera, ya ha sido puesta en duda. El mismo FMI se ha referido a la posición de la deuda del país como "sostenible pero no con alta probabilidad". Y aunque el test realmente importante de la sostenibilidad se va a dar en 2020, hay otras preocupaciones inmediatas.

Por lo pronto, el programa macroeconómico de políticas fiscal y monetaria contractivas que se está implementando va a alargar la recesión. Y lo que es particularmente preocupante es que, tal como ocurrió antes de la crisis cambiaria, el nuevo plan macroeconómico no parece dar cuenta de las características del proceso inflacionario y de las otras fuerzas que vienen profundizando los desequilibrios macroeconómicos.

Si hay dos lecciones que las autoridades deberían haber aprendido es que, primero, en las condiciones actuales lo sensato es asumir que el proceso inflacionario va a exhibir persistencia, aún si la política monetaria es muy contractiva; y segundo, que es estéril luchar contra una inflación crónica apelando a la tasa de interés como instrumento.

Hay razones fundamentales para ambas premisas. Con una realidad más dura, el conflicto distributivo se ha intensificado. Como era esperable, las negociaciones salariales vienen incluyendo demandas por recuperar el poder adquisitivo perdido el año anterior.

Y en el contexto actual, las expectativas de inflación no van a estar gobernadas por los anuncios de política monetaria. Esto último debería ser especialmente obvio para un gobierno que le pifió a las metas de inflación anunciadas para 2016, 2017 y 2018 por 15, 7,8 y 32,6 puntos porcentuales, respectivamente. De hecho, los últimos meses han mostrado que los precios siguen creciendo a pesar del programa de contracción monetaria.

La otra cara de la nueva realidad es que los mercados no van a permitir otro episodio de apreciación sostenida del tipo de cambio real en el futuro cercano. Para una economía que continuará sufriendo inflación, esto quiere decir que seguirá habiendo presiones hacia la depreciación del peso, las que a su vez seguirán alimentando las presiones inflacionarias, y así sucesivamente. Romper este círculo vicioso no es trivial, precisamente porque requiere que el país resuelva su conflicto distributivo, un desafío complicado si el tamaño de la torta no crece.

Sin embargo, y a pesar del fracaso de la estrategia anterior, el BCRA continúa apelando a una política de tasas de interés altas para frenar las presiones a la depreciación del peso. Mientras que algo suficientemente agresivo tenía que hacerse para frenar la corrida cambiaria de septiembre del año pasado, el enfoque ha ido demasiado lejos. No solamente está contribuyendo a una recesión más profunda, sino que además está sembrando las raíces de otra crisis cambiaria. Y en este contexto, ceder a la tentación de vender reservas cambiarias en el año de elecciones para contener más efectivamente las presiones sobre el peso aumentaría la fragilidad de la economía.

El próximo año la deuda pública estará en el centro de la escena. Si al momento de regresar a los mercados financieros internacionales no ha habido un cambio en las perspectivas de la economía, las disyuntivas se tornarán aún más intensas. Validar costos crecientes de refinanciamiento de la deuda sería fatal para la economía, pues forzaría al país a destinar una porción mayor de sus ya estancados ingresos de divisas para cumplir con pagos de deuda.

En ese escenario, el país se enfrentaría, una vez más, con dos opciones nada agradables: o quedar atrapado en una espiral de mayores pagos de deuda, más austeridad, y más recesión; o reestructurar la deuda para evitar salir de esa espiral, bajo marcos que harían al proceso doloroso e incierto.

Lo positivo es que el país no está quebrado. Si la economía se recuperase, podría evitar una nueva crisis de deuda. Y allí reside la premisa clave para salir de este embrollo: en las circunstancias actuales, no hay forma de alcanzar la estabilidad si la economía no crece.

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