
Chacarita es, desde hace rato, el epicentro de una mutación silenciosa. Allí donde antes mandaba el silencio de los talleres, de la industria, hoy el pulso lo marcan las aperturas gastronómicas. Un verdadero polo culinario que pretende marcarle la cancha a su vecino Palermo. La última novedad, de hace solo unos meses, no busca inventar la pólvora, sino algo mucho más difícil: limpiar el ruido, el bochinche.
Es que Bochinche (Santos Dumont 4056, CABA) se trata de una lectura de la herencia ítalo-argentina que se despoja del kitsch del mantel a cuadros para sentarse a la mesa del hoy. Acá, la nostalgia no es un insumo, es apenas un eco, reinterpretando sabores clásicos con técnica y gusto.

Detrás de los fuegos está Gaspar Natiello. Su CV tiene el rigor de la vieja guardia (Gato Dumas) pero su muñeca se terminó de pulir en esa nueva cocina porteña que aprendió a respetar el producto.
La carta es un ejercicio de síntesis. No hay barroco ni malabares innecesarios: cinco o seis entradas —entre las que se destacan el vitel toné de entraña con endivias y la faina con zucchini y stracciatella— y una serie de 10 platos de pastas inolvidables: se amasan cada día en un ritual que es tanto un oficio como una declaración de principios.

¿Qué pedir? Hay lugar para los clásicos: pesto amatriciana o pomodoro con albóndigas. Lo que conocemos, hecho con la precisión de quien sabe que en lo simple no hay dónde esconderse. Pero también hay combinaciones que elevan la apuesta, como el binomio de cerdo y langostinos en los canelones o la potencia de productos de estación como una pasta de chitarra con arvejas y stracciatella que te la voglio dire.
Donde la propuesta se pone realmente lúdica es en los dulces. Hay una intención declarada de recuperar esos hits del recetario rioplatense —a la doña Petrona— que el fine dining olvidó en el camino. Los famosos huevos quimbo —un tesoro almibarado que sobrevive a fuerza de memoria familiar— acá están hechos con un almíbar de naranja que lo envuelve todo. La torta chajá —el emblema de las celebraciones argentas— revisitada bajo una estética contemporánea, pero con el mismo corazón de siempre.

Este nuevo rincón de Chacarita es, en definitiva, un restaurante de barrio con aspiraciones de permanencia. Un lugar diseñado para la rotación lógica: comer bien y, sobre todo, tener ganas de volver la semana que viene. Sin artificios, sin poses, solo cocina real.
“Bochinche sale de una idea simple: hacer el lugar al que me gustaría ir a comer. Un restaurante relajado, sin poses, donde la pasta se haga en el local todos los días y se coma bien, sin libreto italiano”, explica Natiello, chef y socio fundador.















