

Aitor Cabo Rivera (*)
España es una península rodeada de mar, pero no una nación marítima.
Durante siglos los mapas españoles se dibujaron desde la cubierta de un puente. El horizonte era una carretera líquida que unía imperios, comercio y conocimiento. Hoy, sin embargo, los barcos siguen pasando frente a sus costas, pero casi ninguno es español.
Hace apenas treinta años la bandera española aún estaba presente en buques petroleros, quimiqueros, cargueros y ferries. Existía una carrera profesional completa: alumno, oficial, capitán, inspector, armador. El mar era una industria.

Hoy España es una potencia portuaria, pero no naviera. Sus puertos baten récords históricos, mueven mercancías de medio mundo y son escala estratégica entre continentes. Sin embargo, cada vez menos buques operan bajo su bandera.
No es un problema de capacidad técnica, ni de formación. No es siquiera un problema salarial. Es un problema de sistema porque mientras otros países entendieron que un barco compite globalmente, España siguió regulándolo localmente.
El mundo diseñó registros marítimos pensados para operar las 24 horas del día los 365 días del año, pero en España se aplican estructuras administrativas pensadas para el territorio.
Mientras el armador necesita previsibilidad a 20 años, en España aún depende de interpretaciones. El resultado es simple: la empresa española navega, pero bajo otra bandera.
Malta, Madeira, Chipre o Bahamas no ganaron la batalla por pagar menos, la ganaron por ofrecer algo mucho más valioso como es la certeza.
Un barco es una inversión de cientos de millones y no puede depender del criterio del inspector de turno, del puerto concreto o del ministerio correspondiente. Y así ocurrió algo silencioso: España dejó de perder barcos y empezó a perder marinos. Porque cuando desaparece la flota, desaparece la profesión. Y cuando desaparece la profesión, desaparece la cultura marítima.

España sigue mirando al mar, pero ya no vive de él. Lo contempla, lo disfruta, lo exporta en folletos turísticos, pero no lo gobierna económicamente.
La paradoja es evidente: es un nodo logístico global sin soberanía naval comercial.
Frente a este escenario, recuperar una marina mercante no es nostalgia, es estrategia.
Un país que no controla su transporte marítimo depende siempre de otro para sostener su economía.

Las crisis energéticas, las pandemias y los bloqueos logísticos ya lo demostraron. No se trata de subvencionar barcos, sino de entender que el mar no es infraestructura, es industria.
Hasta que no exista un marco pensado para competir en el mundo, no para gestionar dentro de un despacho, la bandera española seguirá siendo un símbolo, pero no una elección empresarial.
(*) Experto en seguridad operacional y gestión de buques.









