

El 12 abril de 1945, día en que Franklin Roosevelt murió y Harry Truman se encontró de un momento a otro con la responsabilidad de salvar al mundo libre como nuevo presidente de los Estados Unidos, llegó un cable a la Casa Blanca, remitido por el ex mandatario Herbert Hoover, que ofrecía colaboración. Contra todos los consejos de sus asesores demócratas y sus propios prejuicios (Truman consideraba que el republicano Hoover estaba a la derecha de Luis XIV), aceptó la oferta y ambos políticos, de ideología opuesta, formaron una alianza que evitó una catástrofe humanitaria en la Europa de posguerra, y movilizó comida de los países que la tenían en exceso a aquellos que enfrentaban una hambruna inminente.
A pesar de sus enormes diferencias, Truman y Hoover tenían un tema en común: Hablábamos sobre lo que significaba ser presidentes. La alianza se mantuvo en las décadas siguientes. Terminada la campaña electoral, se olvidan las críticas hirientes y los presidentes trabajan para el bien común. El Club de los Presidentes, fundado por Hoover y Truman hace 60 años, es el tema del reciente best seller homónimo escrito por Nancy Gibbs y Michael Duffy. The Presidents Club (Amazon) analiza el funcionamiento de los vínculos personales y la sociedad política entre los ex presidentes norteamericanos y el presidente en ejercicio.
El libro deja en claro que la institución presidencial es un bien superior a las diferencias entre presidentes. Describe los orígenes del primer club de presidentes del mundo desde su concepción, hasta su institucionalización como ámbito selecto de encuentro. La dinámica se renueva año a año en las famosas fotos de los presidentes, una costumbre que resulta completamente extraña en la Argentina, pero que se replica en otros países de América latina.
El club funciona como un espacio de retro-legitimación de los mandatarios salientes, de asistencia a la capacidad de gobierno del presidente en ejercicio y de apoyo a la valoración pública e histórica de la institución presidencial. Clinton y Obama tuvieron infinidad de desencuentros a nivel personal, pero en público el apoyo es permanente. Siempre que el presidente me llame para ir a jugar al golf y conversar, aunque esté nevando, allí estaré, sostiene Clinton en un pasaje. Y las mismas muestras de colaboración se repiten entre ex mandatarios de distinto partido, aunque sus subalternos -como sucede en la actualidad con los legisladores demócratas y republicanos-crucen acusaciones durísimas.
El libro tiene un enorme valor para analizar la trayectoria de las relaciones entre presidentes democráticos en la Argentina. Desde 1983 hasta hoy, los presidentes nunca promovieron un espacio de apoyo mutuo que supere las diferencias de estilos y legados. Arturo Frondizi estuvo ampliamente restringido en su espacio de diálogo y consulta durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Carlos Saúl Menem tuvo un trato cordial para con su antecesor pero hizo del huyeron del gobierno un lema para marcar permanentemente la incapacidad para gobernar de Alfonsín. Fernando De la Rúa acudió a Alfonsín y a Menem en pleno proceso de descomposición de su gobierno y luego se enfrascó en una disputa verbal con el líder de su partido y en una batalla política con su antecesor. Eduardo Duhalde y los Kirchner hicieron de los 90 y de figura de Menem el paradigma de la Argentina que había que dejar atrás. Ni siquiera el funeral del presidente Alfonsín logró reunir a los ex presidentes. Las razones están en la dinámica política que asiste al funcionamiento del presidencialismo en la Argentina. En este caso, la cultura política es la variable dependiente y no al revés.
Cada uno de los presidentes desde el retorno democrático llegó al cargo con la voluntad de iniciar un nuevo orden político. Desde la primavera democrática de Alfonsín, hasta la célebre frase de Néstor Kirchner que hacía referencia al sentido de reparación histórica de los jóvenes de los 70 (pertenezco a una generación diezmada), todos los presidentes hicieron de la refundación institucional del país un valor trascendente de sus gobiernos. Ninguno de los ex presidentes desde 1983 se retiró de la vida política. En todos los casos la voluntad individual de los presidentes se sobrepuso a los designios y a las potencialidades de la institución presidencial. El presidencialismo argentino descansa mucho más en las personas y su estilo de liderazgo que en las instituciones que construyen la presidencia.
De haber contado con un club de presidentes, tal vez la Argentina hubiera legitimado de otra manera ante la comunidad internacional su reclamo por la soberanía en Malvinas ante el comité de descolonización de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Incluso el Mercosur, cuyo futuro se debate actualmente, podría tener un consejo asesor conformado por ex presidentes de la región.
La Argentina hoy no cuenta con presidentes embajadores que prestigien el país en el exterior, fortalezcan lazos geopolíticos y asistan al presidente en ejercicio en causas nacionales de primer orden. En los próximos años habrá una nueva oportunidad para confirmar esta tendencia histórica o, por el contrario, inaugurar un tiempo de mayor celebración de nuestros ex presidentes.









