

Hay una pregunta que me hago cada vez con más frecuencia: ¿por qué la interacción médico-paciente sucede principalmente cuando ya hay un problema que resolver, y no para evitar la mayoría de los problemas de salud?
México registró en 2024 más de 192,000 muertes por enfermedades del corazón y 115,000 por diabetes. No son solo cifras: son padres, madres, personas en plena vida productiva que murieron de enfermedades que, en una proporción significativa de los casos, se desarrollaron durante décadas antes de que alguien pusiera atención y tratara de evitar su progreso. Enfermedades silenciosas, predecibles, con señales detectables mucho antes del desenlace.
Lo paradójico es que sabemos cómo actuar. Controlar el colesterol y dejar el sedentarismo y el tabaquismo puede bajar en cerca de 22% el riesgo de sufrir un infarto. Intervenir a tiempo en prediabetes con cambios de estilo de vida reduce en casi 60% la progresión a diabetes tipo 2. Y la Comisión Lancet 2024 estima que alrededor del 45% de los casos de demencia podrían prevenirse o retrasarse actuando sobre factores que sí podemos modificar. El conocimiento existe, la capacidad de actuar también.
Lo que falla, en mi opinión, es el modelo de salud prevalente: el paciente acude al médico hasta que aparecen los síntomas, a veces años después de que aparecen, el médico interviene para resolver el problema, y las aseguradoras y las dependencias de gobierno pagan siempre que el problema ya se haya manifestado. Todo el sistema, público y privado, está orientado a resolver y no a prevenir: se organiza alrededor del diagnóstico tardío, la hospitalización y el tratamiento de urgencia.
Esa decisión estructural tiene consecuencias enormes, pero de algún modo tiene sentido. Desde 1850, cuando el método científico empezó a aplicarse a la medicina, los médicos por fin pudieron intervenir en el proceso de la enfermedad. Con ello, la medicina “resolutiva” tomó un poder inmenso y la expectativa de vida casi se duplicó desde finales del siglo XIX hasta hoy. Con ese éxito, los sistemas de salud privilegiaron la curación de enfermedades, porque por fin teníamos el poder de hacerlo, y los médicos se entrenaron cada vez más rápido y mejor en identificar y resolver padecimientos.
El resultado, en el siglo XXI, es que resolvemos muy bien los problemas agudos (fracturas, urgencias abdominales, infartos, neumonías) pero seguimos con un déficit enorme en la curación de enfermedades crónicas: hipertensión, diabetes, demencias, artritis y muchas otras. Como la gente ya no muere de problemas agudos como antes, vive lo suficiente para desarrollar y acumular problemas crónicos.
Por eso el mayor gasto en salud ocurre en los últimos cinco a diez años de vida, cuando los padecimientos crónicos se sobreponen. Hemos logrado que el evento agudo de una enfermedad crónica no sea mortal, salvar a alguien de un infarto causado por años de colesterol alto, por ejemplo, pero el problema de fondo persiste, sigue dañando, y al llegar la siguiente crisis, volvemos a salvar al paciente sin resolver la causa.
Por eso la gente vive más, pero no necesariamente mejor. La última década de vida tiende a ser mala, a veces terrible: ahí la enfermedad se vuelve devastadora para el paciente y su familia, y golpea tanto la calidad de vida como la economía. Una hospitalización y tratamiento de un infarto pueden costar entre 40,000 y 120,000 dólares solo en el primer año. El manejo de la diabetes, a lo largo de la vida de un paciente, puede superar los 250,000 dólares.
Mientras no tengamos la capacidad de curar permanentemente los padecimientos crónicos, y honestamente, aunque la tuviéramos, la mejor alternativa es evitar que aparezcan en primera instancia. Prevenir o retrasar la enfermedad crónica, y comprimir esa última década de mala calidad de vida, cuesta una fracción y mejora dramáticamente tanto al paciente como a su familia.
La medicina de la longevidad seria no es una moda ni un servicio de élite disfrazado de ciencia. Se trata de extender la vida funcional libre de enfermedad, y se apoya sobre todo en el estilo de vida, no en medicamentos. El ejercicio, la nutrición, el sueño, el manejo del estrés y la calidad emocional y social de vida son las intervenciones más poderosas que existen para retrasar el envejecimiento. Hasta hoy, ningún medicamento, existente o en investigación, logra lo que logran estas cinco.
La transición demográfica que México ya vive hace urgente esta transformación. Cada vez hay más personas mayores de 65 años y menos población joven en proporción, y el sistema de salud ya muestra señales de presión. Si no cambiamos el modelo, los números apuntan a un escenario devastador, en el que los sistemas de salud no podrán con la magnitud de las enfermedades crónicas y la discapacidad que dejan.
No se trata de prometer que nadie va a enfermar. Se trata de cambiar la pregunta que la medicina le hace a cada persona: no “¿qué tienes?”, sino “¿qué riesgo cargas y cómo lo reducimos juntos, desde ahora?”
Esa es la diferencia entre una medicina que llega tarde y una que acompaña a tiempo
*El Dr. Javier Coindreau es director general y confundador del Centro de Ciencias Médicas de la Longevidad.













