

Hay temas económicos que importan y hay otros que, prácticamente, definen el rumbo de México. Probablemente, hoy uno de los temas más relevantes para la economía mexicana es el futuro del T-MEC, porque más allá de aranceles, reglas de origen o política comercial, lo que realmente está en juego es el modelo económico de Norteamérica para los próximos años.
México se convirtió en una potencia manufacturera gracias a la integración regional. Hoy, más del 80% de nuestras exportaciones van hacia Estados Unidos. Sectores completos —como el automotriz, electrónico, aeroespacial y de dispositivos médicos— dependen de esa integración; justo por eso, la revisión del T-MEC es tan relevante.
La revisión de 2026 ya estaba prevista desde que se negoció el T-MEC para sustituir el viejo TLCAN. Lo que cambió fue el contexto político y económico global: cuando se firmó el tratado en 2020, el mundo era otro; vino la pandemia y eso transformó la lógica de la economía global. Las empresas se dieron cuenta de que las largas cadenas de suministro también podían ser extremadamente frágiles. Luego vino la guerra comercial entre Estados Unidos y China, después la guerra en Ucrania y, ahora, las tensiones en Medio Oriente; todo eso aceleró un cambio enorme.
Las empresas dejaron de buscar únicamente producir más barato; ahora también buscan producir más cerca, tener cadenas de suministro más seguras, reducir riesgos geopolíticos y depender menos de China. Ahí, México empezó a ganar muchísima relevancia porque tiene algo que muy pocos países pueden ofrecer al mismo tiempo: proximidad con Estados Unidos, costos relativamente competitivos, una base manufacturera bastante consolidada y acceso preferencial al mercado estadounidense. Por eso empezó el boom del nearshoring y, durante varios años, parecía que el país entraba en una especie de superciclo industrial; sin embargo, justo cuando eso empezaba a consolidarse, la incertidumbre política regresó.
El regreso de Donald Trump al poder volvió a poner sobre la mesa una agenda comercial mucho más agresiva y proteccionista.
Estados Unidos empezó nuevamente a hablar de aranceles, contenido regional, restricciones a China, presión sobre las cadenas de suministro y revisiones más estrictas al comercio internacional en general. Además, la relación bilateral comenzó a mezclarse cada vez más con temas de seguridad y migración: tráfico de drogas, frontera y cooperación en seguridad. Todo entró directamente a la conversación comercial y eso cambió por completo el ambiente para las empresas; el nearshoring seguía teniendo un potencial enorme, pero ahora acompañado de más incertidumbre política, ruido comercial y mayores riesgos regulatorios.
El checkpoint del 1 de julio
Ahora bien, ¿qué va a pasar el 1 de julio?
Algo muy importante de aclarar es que esta fecha no es un límite para romper el tratado, tampoco significa que ese día se vaya a renegociar todo de golpe. Más bien funciona como un checkpoint político importante: una especie de evaluación formal donde los tres países revisan cómo va funcionando el acuerdo y qué temas necesitan avanzar. De hecho, hoy el escenario más probable es que julio funcione más como una señal política positiva que como una fecha fatal. Es decir, probablemente no veremos una resolución final ese día, pero sí podríamos ver un mensaje conjunto diciendo: “Esto es lo que avanzamos, esto es lo que todavía falta y este es el marco general de negociación hacia adelante”. Esto significa que el escenario base hoy no parece ser de ruptura, sino de negociación continua.
¿Cómo llega Estados Unidos a esta revisión? Es innegable que nuestro vecino del norte sigue necesitando una Norteamérica integrada para competir, principalmente, contra China. Necesita manufactura cercana, asegurar el suministro de semiconductores, baterías, autos y componentes estratégicos; México es clave para ello.
Pero, al mismo tiempo, Washington también quiere usar esta revisión para presionar en temas estratégicos, especialmente en acero y aluminio, reglas de origen, contenido chino, seguridad y cooperación migratoria. Entonces, Estados Unidos está jugando un doble rol: por un lado, quiere preservar la integración regional, pero por el otro, busca renegociar ciertas condiciones de poder dentro de ella.
Estados Unidos sigue necesitando una Norteamérica integrada para competir, principalmente, contra China. Necesita manufactura cercana, asegurar el suministro de semiconductores, baterías, autos y componentes estratégicos; México es clave para ello.
Además, hay un factor político enorme: las elecciones intermedias de 2026 en Estados Unidos. Históricamente, los temas comerciales se vuelven mucho más sensibles conforme se acercan los comicios. Pero aquí hay algo muy interesante: aunque Trump mantiene un discurso duro en comercio y seguridad, políticamente tampoco llega en una posición perfecta. Sus niveles de aprobación se han venido debilitando en los últimos meses, especialmente en temas económicos como la inflación y el costo de vida. Esto importa porque una escalada comercial agresiva contra México también tendría costos para los consumidores y las empresas estadounidenses.
De hecho, varias encuestas recientes muestran que la narrativa negativa hacia México en Estados Unidos está mucho más ligada a temas de seguridad y migración que, específicamente, al comercio en sí. Incluso el apoyo político a medidas agresivas, como tarifas generalizadas contra México, parece haber perdido fuerza recientemente entre los votantes estadounidenses. Esto abre espacio para una revisión más constructiva del T-MEC, sobre todo si la conversación se mantiene enfocada en la competitividad regional, las cadenas de suministro, la manufactura norteamericana y los costos para el consumidor estadounidense.
A fin de cuentas, Estados Unidos necesita que Norteamérica siga funcionando como una plataforma competitiva frente a China.
La postura de México y el factor Canadá
Por otra parte, México llega a esta revisión con un objetivo muy claro: reducir la incertidumbre lo más rápido posible. Gran parte del potencial económico del país depende precisamente de que las empresas tengan claridad sobre el futuro del tratado. Cuando las corporaciones no saben qué va a pasar con los aranceles, con las reglas de origen o con el acceso al mercado, muchos proyectos simplemente se frenan; no necesariamente cancelan inversiones, pero sí las posponen.
Esto ya se ha visto parcialmente en algunos sectores manufactureros. Por ello, México tiene incentivos para acelerar acuerdos, sobre todo porque el crecimiento económico se ha desacelerado recientemente, la inversión privada ha perdido fuerza y el proceso de relocalización necesita certidumbre para consolidarse. También es cierto que el país llega con varios retos, tales como las tensiones en energía, las disputas laborales, la presión sobre el contenido chino y la seguridad.
¿Y qué pasa con Canadá? Es el último actor, pero no el menos importante. Canadá parece mucho más cómodo tomando una postura cautelosa. La lógica canadiense es interesante: muchos creen que, después de las elecciones intermedias en Estados Unidos, Washington podría perder fuerza política y negociar desde una posición menos agresiva; por ende, Canadá no tiene prisa. Además, ha buscado diversificar sus relaciones comerciales con Europa y Asia para reducir la dependencia de Estados Unidos —esta es una de sus principales prioridades.
El balance de riesgos
Bajo este contexto, surge entre los participantes del mercado la pregunta: incluso si la revisión del T-MEC se vuelve larga o si algunos aranceles se mantienen, ¿México sigue siendo atractivo? La respuesta, por ahora, parece ser que sí. Dada la coyuntura actual, las empresas buscan el menor riesgo posible, cadenas de suministro más eficientes y la mejor plataforma disponible para producir cerca de Estados Unidos; ahí, México sigue teniendo ventajas difíciles de replicar.
- Primero: La integración manufacturera ya existe. No se está construyendo una relación comercial desde cero; las cadenas de suministro en sectores como el automotriz, electrónica, dispositivos médicos, aeroespacial, maquinaria y componentes industriales llevan décadas funcionando y no se reemplazan fácilmente.
- Segundo: La ubicación geográfica importa mucho más hoy que hace diez años. Tras la pandemia y las tensiones geopolíticas recientes, las empresas valoran más producir cerca de su mercado final. México tiene una ventaja enorme frente a los competidores asiáticos.
- Tercero: Aunque existe incertidumbre comercial, México sigue enfrentando una presión arancelaria relativamente menor frente a otros países, especialmente si se le compara con China.
Esto es lo que realmente importa para las decisiones de inversión. En un mundo cada vez más proteccionista, la competitividad ya no se mide solamente por costos laborales; también son relevantes la estabilidad de acceso al mercado, la logística, los tiempos de entrega, la seguridad de suministro y el riesgo geopolítico.
Bajo esta lógica, México sigue siendo una de las plataformas manufactureras más competitivas para abastecer a Estados Unidos, pero eso no significa que no exista riesgo. Las negociaciones pueden generar volatilidad, algunas inversiones podrían retrasarse y ciertos sectores enfrentarán más presión. Sin embargo, el punto crucial es que la historia estructural de integración de Norteamérica sigue viva. Mientras Estados Unidos busque reducir su dependencia de China, México continuará ocupando un lugar estratégico dentro de esta transformación global.
Por ahora, todo apunta a un proceso continuo de negociación dentro de un marco donde la continuidad del tratado siga siendo el escenario central.
* Miriam Acuña es economista en jefe de GBM.


















