Adolf Hitler dejó escrito en Mein Kampf su recetario: la propaganda debe dirigirse a las masas, limitarse a pocas ideas y repetirlas como consignas hasta que el último ciudadano las haya memorizado. Después Goebbels la perfeccionó, y la ciencia política le atribuye principios que hoy cualquier estratega de comunicación reconoce: simplificar, señalar a un solo enemigo, repetir sin descanso, apelar a la emoción antes que a la razón y adjudicarle al adversario los propios defectos. Antes de que alguien se rasgue las vestiduras, una aclaración honesta: aquí se comparan técnicas, no regímenes ni atrocidades.
La mecánica de la persuasión masiva no tiene ideología; la usa quien la estudia. Y en México hay alumnos muy aplicados.
- Primer principio: un solo enemigo. Durante años el relato fue limpio y eficaz: de un lado “el pueblo bueno”, del otro “la mafia del poder”, el “PRIAN”, los “conservadores”. Todo mal tenía un culpable con nombre y apellido partidista. Era una narrativa tan simple que cabía en una frase, que es precisamente el punto.
- Segundo principio: repetir hasta que se vuelva verdad. La mañanera diaria es, desde esta lógica, una obra maestra de la insistencia. Mismas consignas, mismos adversarios, mismas explicaciones, todos los días, a la misma hora. La repetición no necesita ser cierta; necesita ser constante.
- Tercer principio: la gran mentira, esa afirmación tan desmesurada que nadie imagina que alguien se atrevería a inventarla. “No somos iguales”. “Vamos a erradicar la corrupción”. “Los de antes no, nosotros sí”. Frases fundacionales, morales, absolutas. Y ahí es donde la realidad, esa aguafiestas, entra con una hoja de cálculo.
- Cuarto principio: atribuirle al adversario los propios defectos. Durante años se acusó a la oposición de simular, de reciclarse, de pactar con quien fuera por conservar el poder. Hoy la lista de candidatos es el espejo más incómodo que existe: reciclaje, simulación y pragmatismo puro, pero con otra etiqueta en el pecho.
Porque Morena acaba de definir a sus 17 coordinadores estatales rumbo a las gubernaturas de 2027, los nombres que encabezarán a la “Cuarta Transformación” en las urnas. Y si uno revisa de dónde vienen, el resultado es de una ironía casi poética: seis provienen de una trayectoria en el PAN, siete del PRI, uno del PRD, uno de Movimiento Ciudadano y únicamente dos de los partidos aliados. Léalo despacio: trece de diecisiete proceden del PAN o del PRI, es decir, de las dos mitades del “PRIAN” que se nos vendió como el origen de todos los males de la patria.
Los ejemplos tienen nombre. Cruz Pérez Cuéllar, coordinador en Chihuahua, militó en el PAN desde 1988, fue dirigente estatal de ese partido, pasó por Movimiento Ciudadano y desde 2018 es morenista. Pablo Gutiérrez Lazarus, en Campeche, gobernó Ciudad del Carmen bajo las siglas del PAN antes de regresar al mismo cargo con las de Morena. Jasmine Bugarín, en Nayarit, militó en el PRI antes de pasar por el Verde, y su llegada provocó protestas del morenismo fundador. Es decir, hasta los propios fieles de la primera hora sienten que les cambiaron la fila.
Y aquí está el verdadero hallazgo del fenómeno del gatopardismo: en Morena no cambió nada. No hay perfiles nuevos, no hay cuadros formados en el movimiento, no hay esa militancia de convicción que defiende a ultranza el proyecto desde la trinchera. Lo que hay es un gigantesco albergue de chapulines, políticos que saltan de siglas con la elegancia de quien cambia de camiseta según el marcador.
El enemigo único, curiosamente, terminó convertido en proveedor de talento. El “PRIAN” que había que derrotar resultó ser la cantera favorita del partido que prometió acabar con él.
La propaganda, nos enseñan sus propios manuales, funciona mientras el público tenga mala memoria y el discurso no choque con los hechos. El problema de la 4T es que ahora los hechos tienen credencial de elector, trayectoria pública y hemeroteca. Ya no hace falta ser opositor para notar la contradicción; basta con saber leer el currículum de quien aparece en el cartel.
Porque transformar, en el sentido que prometieron, era cambiar las prácticas, las personas y las reglas del juego. Lo que vemos es lo contrario: las mismas prácticas, las mismas personas y las mismas reglas, con distinto logotipo. Si esta es la “transformación”, conviene recordar el viejo refrán: cambia el collar, no el perro. Y mientras tanto, la consigna sigue sonando todas las mañanas, como dicta el manual, con la fe de quien sabe que repetir una frase mil veces no la vuelve verdadera, pero sí la vuelve cómoda.
*Es una opinión personal del autor que no refleja la postura de El Cronista México o sus dueños. El autor es director de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR México). Colaborador en Radio Colima en el Noticiero con Max Cortés: Datos con Valor. X e Instagram @Aivc2, TikTok @2aivc.