Hubo un período en el que la Armada Argentina ocupó un lugar central en el equilibrio militar de América Latina. A comienzos del siglo XX, y especialmente durante las décadas de 1920 y 1930, el país impulsó una importante modernización de su poder naval, con grandes acorazados, cruceros, destructores, submarinos y aviación naval.
Para 1937, una publicación del diario La Nación mostraba buena parte de aquella imponente fuerza. Lo más llamativo es que la flota todavía estaba en expansión, con nuevos buques destinados a incorporarse a la escuadra.
La Armada Argentina que sorprendía a América Latina
El crecimiento naval estuvo vinculado a la carrera armamentística entre Argentina, Brasil y Chile, que buscaban mantener el equilibrio de poder en la región. La incorporación de grandes unidades permitió a Argentina contar con una fuerza capaz de proyectar poder mucho más allá de sus costas.
Entre los principales buques se encontraban los acorazados ARA Rivadavia y ARA Moreno, construidos en Estados Unidos y convertidos en los grandes símbolos de la Armada.
Con más de 27.000 toneladas de desplazamiento a plena carga y una poderosa artillería, ambos representaban el núcleo de la flota de superficie argentina y estaban entre los buques de guerra más importantes de Sudamérica.
Los gigantes Rivadavia y Moreno
La construcción de los dos acorazados fue consecuencia de la competencia naval regional. Argentina buscaba mantener una posición de equilibrio frente a Brasil y Chile, que también desarrollaban importantes programas de construcción de buques.
El Rivadavia fue botado en 1911 y entró en servicio en 1915, mientras que el Moreno fue botado ese mismo año y completado posteriormente.
Ambos estaban fuertemente blindados y contaban con diez cañones de 305 milímetros distribuidos en cinco torres dobles. Durante décadas, fueron la máxima expresión del poder naval argentino.
Cruceros, destructores y submarinos
Pero la Armada no se limitaba a sus dos grandes acorazados. La flota también incluía cruceros, destructores, submarinos y unidades auxiliares, destinadas a tareas de combate, reconocimiento, escolta y defensa marítima.
Los destructores aportaban velocidad y capacidad para acompañar a los grandes buques, mientras que los submarinos incorporaban una nueva dimensión a la estrategia naval.
A esto se sumaba el desarrollo de la aviación naval, que permitió ampliar las tareas de reconocimiento y vigilancia sobre el extenso litoral marítimo argentino.
Una flota que todavía estaba en expansión
Uno de los aspectos más llamativos de aquel período es que la Armada Argentina todavía no había alcanzado su máximo desarrollo.
Mientras el Rivadavia y el Moreno continuaban siendo los principales gigantes de la escuadra, Argentina tenía nuevos proyectos en marcha. Entre ellos se encontraban cruceros y siete modernos destructores construidos en Europa, destinados a reforzar la flota.
El objetivo era mantener actualizada la Armada frente a los rápidos avances tecnológicos que estaban modificando las principales fuerzas navales del mundo.
Argentina, Brasil y Chile: la competencia naval
Durante las primeras décadas del siglo XX, Argentina, Brasil y Chile fueron las principales potencias navales de América Latina. La competencia entre los tres países impulsó enormes inversiones en acorazados, cruceros y otras unidades.
En ese contexto, Argentina logró construir una flota moderna y una infraestructura naval capaz de mantener y operar grandes buques de guerra.
El poder marítimo tenía además una importancia estratégica para un país con un extenso litoral y una economía fuertemente vinculada al comercio exterior.
El declive de los grandes acorazados
La importancia de los grandes acorazados comenzó a disminuir con los avances tecnológicos. La Primera Guerra Mundial y, posteriormente, la Segunda Guerra Mundial demostraron el creciente peso de los submarinos, la aviación naval y los portaaviones.
Los enormes buques que habían simbolizado el poder de las grandes potencias comenzaron a quedar progresivamente obsoletos.
Los Rivadavia y Moreno fueron retirados del servicio y finalmente vendidos como chatarra a comienzos de la década de 1950.
El legado de la gran Armada Argentina
La época de los grandes acorazados quedó atrás, pero aquella etapa marcó uno de los momentos de mayor expansión del poder naval argentino.
Durante décadas, Argentina contó con una fuerza capaz de competir con las principales armadas de Sudamérica y de incorporar algunos de los buques más avanzados disponibles en el mercado internacional.
El Rivadavia, el Moreno, los cruceros, destructores, submarinos y la aviación naval fueron parte de una época en la que Argentina buscó consolidarse como una potencia marítima regional y en la que el tamaño y la modernidad de una flota constituían un símbolo del poder de una nación.