Cada vez que alguien le hace una pregunta a un chatbot, en algún lugar del mundo una turbina gira un poco más rápido, una línea de alta tensión transporta más electricidad y una mina extrae toneladas adicionales de minerales.

La inteligencia artificial suele contarse como una historia de software, algoritmos y modelos cada vez más sofisticados. Pero detrás de esa narrativa existe otra realidad menos visible: la infraestructura física que sostiene el boom de la IA se está convirtiendo en uno de los mayores motores de demanda de energía y materias primas del planeta.

Mientras empresas como Microsoft, Amazon, Google y Meta compiten por construir más centros de datos y entrenar modelos más potentes, crece una carrera global por asegurar electricidad, cobre, uranio, litio, tierras raras y agua.

Para muchos analistas, el verdadero cuello de botella de la revolución tecnológica ya no está en los chips, sino en los recursos necesarios para alimentarlos.

La carrera por la electricidad: el combustible silencioso de la inteligencia artificial

Antes de hablar de minerales, hay que hablar de energía. Los centros de datos son el corazón de la IA moderna y consumen cantidades cada vez mayores de electricidad.

La Agencia Internacional de Energía (IEA) proyecta que el consumo eléctrico global de los data centers podría alcanzar 945 teravatios-hora (TWh) en 2030 y superar los 1.200 TWh en 2035. En Estados Unidos, el Lawrence Berkeley National Laboratory estima que la demanda eléctrica de estas instalaciones podría representar hasta el 12% del consumo de ese país hacia 2028.

El desafío no consiste únicamente en generar energía. También hay que transportarla. Redes eléctricas saturadas, transformadores con años de demora y nuevas líneas de transmisión se convirtieron en piezas tan estratégicas como los propios chips.

Por eso las grandes tecnológicas están desembolsando cifras históricas. Morgan Stanley calcula que las big tech invertirán más de un billón de dólares entre 2025 y 2026 en infraestructura relacionada con IA, buena parte destinada a proyectos energéticos.

El fenómeno también está impulsando al uranio. Una encuesta realizada por Uranium.io entre inversores institucionales mostró que casi dos tercios consideran que la demanda energética asociada a la IA será un factor estructural para el mercado nuclear durante la próxima década. La expectativa predominante es que los precios continúen subiendo debido a una oferta que tarda años en expandirse.

La razón es simple: abrir una nueva mina de uranio puede requerir entre una y dos décadas, mientras que la construcción de centros de datos avanza a una velocidad mucho mayor.

Las tierras raras son uno de los elementos más importantes para el desarrollo de la IA.Shutterstock / ChatGPT

Cobre, litio y tierras raras: los minerales sin los que la IA no funciona

Si existe un metal que resume el auge de la inteligencia artificial, ese es el cobre.

Todo centro de datos necesita enormes cantidades de cableado, transformadores, sistemas de refrigeración, infraestructura eléctrica y redes de transmisión. Nada de eso funciona sin cobre.

La consultora Wood Mackenzie estima que el mercado ya enfrenta déficits crecientes de cobre refinado. La propia IEA advirtió que las minas actualmente operativas o en desarrollo apenas podrán cubrir alrededor del 70% de la demanda prevista para 2035.

JPMorgan calcula que solamente los centros de datos vinculados a IA agregarán más de 100.000 toneladas adicionales de demanda anual de cobre en los próximos años. Mientras tanto, interrupciones productivas en grandes minas de Indonesia y la República Democrática del Congo han reducido la oferta mundial.

El problema es estructural: desarrollar una nueva mina de cobre suele demandar entre 15 y 20 años desde el descubrimiento hasta la producción comercial. La consecuencia es un mercado cada vez más ajustado y precios que ya alcanzaron máximos históricos.

El litio también encontró un nuevo motor de crecimiento. Hasta hace poco, la demanda estaba dominada por la industria de los vehículos eléctricos. Ahora se suma otro comprador de enorme escala: los sistemas de almacenamiento energético que utilizan baterías para respaldar el funcionamiento de los centros de datos.

A esto se agregan las llamadas tierras raras, un conjunto de minerales fundamentales para la fabricación de componentes avanzados. Elementos como neodimio, praseodimio, terbio y disprosio participan en la producción de equipos electrónicos, sistemas ópticos y tecnologías utilizadas en semiconductores de última generación.

Aquí aparece además un componente geopolítico clave: China controla cerca del 70% de la producción mundial de tierras raras y aproximadamente el 90% de la capacidad global de refinado.

El recurso más olvidado: el agua y la oportunidad para América Latina

Existe otro recurso esencial que empieza a generar preocupación: el agua.

Los servidores de alta densidad generan enormes cantidades de calor y requieren sistemas de refrigeración cada vez más sofisticados. Investigaciones académicas estiman que los centros de datos consumirán decenas de miles de millones de litros de agua por año, una cifra que podría multiplicarse varias veces hacia el final de la década.

Este escenario abre una oportunidad particular para América Latina, una región que concentra buena parte de los recursos que demanda la nueva economía digital.

Argentina aparece entre los casos más relevantes. El país cuenta con importantes reservas de litio, proyectos de cobre de escala mundial y una de las mayores reservas de gas no convencional gracias a Vaca Muerta.

Incluso comienza a tomar forma una idea que hasta hace poco parecía lejana: utilizar el gas de Vaca Muerta para alimentar centros de datos y convertir energía local en procesamiento digital, una estrategia conocida como “Gas to Digital”.

Durante años, la economía digital dio la impresión de ser una actividad casi inmaterial. El avance de la inteligencia artificial está demostrando exactamente lo contrario. Detrás de cada modelo, cada chatbot y cada sistema de IA existe una gigantesca infraestructura física que consume energía, agua y recursos naturales a una escala cada vez mayor.

La revolución tecnológica del siglo 21 no solo se juega en laboratorios y centros de investigación. También se define en minas de cobre, yacimientos de uranio, plantas eléctricas, reservas de litio y redes de transmisión. Porque el futuro de la inteligencia artificial, al menos por ahora, sigue dependiendo de recursos muy tangibles.